La isla plana, de Lydia Na

Ella es un personaje contradictorio, el envase de mil dicotomías contenidas en una sola mente, en un solo cuerpo… materialista y espiritual, abúlica y entusiasta, engañosamente tranquila, espejismo de una ira latente siempre a punto de estallar, ella es masculino y femenino en un todo… ella eres tú.

  Los tambores baten en tu mente. Hoy, de nuevo, has madrugado. Son las 7 de la mañana, todo es oscuro. Tu mente está fresca, lista para escribir y reflejar de alguna manera las ideas que te vienen en la noche, ya que mientras duermes tu mente ha seguido trabajando sin descanso, sin tregua. Recuerdos, reminiscencias, ensoñaciones, sensaciones que tu mente enlaza, retuerce y modifica…

   Ante ti aparece el lugar, lo llevas dentro desde siempre. Esa vieja isla que actúa como espejo de tu alma, devolviéndote tus vivencias en una nueva forma nunca intuida, un nuevo orden y significado que nunca hubieses sospechado que eras capaz de crear hasta que te pusiste delante del teclado y lo empezaste a escribir.

   Ella es un personaje contradictorio, el envase de mil dicotomías contenidas en una sola mente, en un solo cuerpo… materialista y espiritual, abúlica y entusiasta, engañosamente tranquila, espejismo de una ira latente siempre a punto de estallar, ella es masculino y femenino en un todo… ella eres tú. Tu protagonista eres tú, hay en ella gran parte de ti. La novela que empezaste antes que empezase tu reclusión y la reclusión del mundo podría calificarse de eso que llaman ahora autoficción, pero no estás del todo segura…

   Ella se llama Lydia como tú, tiene tu mismo aspecto físico, tus reacciones, la has destinado a vivir parte de tus vivencias… pero ella también es autónoma, su historia durante esos días que la has invitado a la isla es su propia historia, aunque su viaje de autodescubrimiento e iniciación simbolice en muchas maneras y formas el tuyo propio y tu propia declaración artística y estética… ella te conoce bien. Conoce tu miedo, tu inseguridad, tu felicidad, tus ansias de soledad y tu amor-odio a la humanidad. Conoce tus sentimientos y los de muchos otros. Sueña tus mismos sueños, aunque en su vida esos sueños y acontecimientos son engranajes que conforman una maquinaria universal dotada de un orden y significado… la casualidad no existe, todo tiene su razón de ser, al contrario que en la vida humana real, al contrario que en tu propia vida. Y, naturalmente, no puedes dejar de envidiarla. Planteamiento, nudo y desenlace son los tics de tus inicios como guionista de cine, los mismos que reflejas en todos tus relatos, quizá sea tu búsqueda desesperada de un orden y un significado en tu vida, en ese Universo que te rebasa por el que te mueves y por el que sientes un rendido amor.

   Y la isla sigue estando ahí. Tabarca, La Isla Plana. Ése es el título de la novela, La Isla Plana. Un añorado lugar de tu infancia que has cambiado y retorcido a tu gusto, modificando su geografía y algunos acontecimientos temporales para adaptarlos a tus recuerdos más antiguos y a tus más secretas ensoñaciones. Hasta poseerla y hacerla del todo tuya hasta el extremo de obviar y omitir su nombre real, Tabarca, para que no aparezca en ningún momento de la historia, ya que en el Universo paralelo que has creado ese topónimo ha perdido para siempre su razón de ser.

   La isla, la real, está dotada de una geografía muy curiosa. Un anverso habitado, el pueblo propiamente dicho, y un reverso vacío, una llanura salpicada de no más de tres o cuatro construcciones humanas, las dos partes conectadas por un itsmo muy estrecho en cuyos ambos lados se sitúan el puerto y la playa. Y naturalmente, el que más atrae a tu protagonista y a tu creatividad es el reverso vacío, el que puedes llenar de ti, de los terrores, visiones y fantasmas de tu subconsciente. Su parte más oriental, ese conglomerado de arrecifes y escollos más allá del cementerio, más allá del reino de la muerte, punta que mira hacia el mar abierto y desde la que, si cierras los ojos y te dejas transportar, puedes llegar a tocar el mismísimo Universo.

   Todo tu mundo está en la isla, es la isla. Es tu odisea mental, tu propia odisea introspectiva en el espacio y en el tiempo creada desde esa comprensión derivada de tu propia autoobservación e investigación interior. Y en esta odisea mágica Jung te ha ayudado mucho, podrías decir que ha sido tu guía. Habías leído mucho sobre él, pero ahora lo necesitabas. Entraste en su obra completa a partir de su Psicología y Alquimia en un momento en el que buscabas textos alquímicos para documentarte sobre el concepto del Rebis, el Divino Andrógino, el ser humano completo del que necesitabas saber para dar forma a tu Isla. Y tras este volumen te iniciaste en el resto de su obra, te adentraste en los conceptos de inconsciente colectivo, sincronicidad, cuaternidad… introdujiste todas estas ideas en tu isla, a la vez que el mundo y tú os adentrabais cada vez más en este incierto y neblinoso periodo de confinamiento. Confinamiento físico y también mental… ¿O más bien todos estos conceptos que has aprendido estaban ya allí, en la isla, y que tú hiciste fue simplemente descubrirlos? No lo sabes y te da igual. Esa es la magia de crear mundos, de ser el demiurgo de tus propios sueños.

   Unas líneas más atrás habías hablado de autoficción. Pero ahora sabes que eso no es del todo cierto. Más bien has roto los límites de la realidad, al final te has elevado sobre ti misma para materializar una historia fantástica sin ningún tipo de censura interior, una obra que inconscientemente has preñado de tus simbolismos particulares y que, ahora, cuando la relees, descubres que excede los límites de cualquier catalogación. Y sabes que esa mezcla, ese eclecticismo, también forma parte de ti. También eres tú. Es tu primera novela y estás medianamente satisfecha, por lo menos tienes la seguridad de haber plasmado todo aquello que querías contar cuando empezaste a escribirla.

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