“La fiesta del tedio”, una novela de Elisa Rodríguez Court; por Elena Villamandos

Presentamos una reseña literaria de “La fiesta del tedio”, una novela de Elisa Rodríguez Court; por Elena Villamandos. Novela finalista del IV Premio Internacional de Narrativa “Novelas Ejemplares” y publicada por el Gobierno de Canarias en la colección Agustín Espinosa.

Dibujarse en el desamor desde la página en blanco

“Lo que voy a escribir ya debe estar, sin duda y de algún modo, escrito en mí. Tengo que copiarme”

Arranco esta reseña con una de las citas que podemos encontrar en las páginas preliminares del libro. La cita pertenece a Clarice Linspector y la saco a colación porque “La fiesta del tedio”, además de contener la narración de un desamor, es un homenaje evidente a esta escritora, ya que muchas de las experiencias que su personaje expresa se construyen en base, no solo a los sucesos vividos, sino también a la lectura de Clarice, de ahí que Elisa le dedique la obra.

La autora comienza diciendo:

“Supe y no supe lo que iba a ocurrir. Me he dado cuenta después de tomar el tiempo en mis manos.”

Estas primeras frases son importantes, reflejan el punto de vista a través del que se construye la historia, ubicando el presente del personaje en una especie de universo atemporal, una página en blanco, que le sirve de observatorio desde el que puede trasladarse al pasado y gestionar un proceso tan complicado para muchos como es la aceptación de la rutina en la pareja y el hastío en el que se cae cuando el desamor nos aparta el velo de los ojos. En este sentido la novela funciona como una novela anti romántica, desprovista completamente de cualquier atractivo asociado a los procesos del enamoramiento. Toda esa emoción de los primeros encuentros, ese ruborizarse, esa torpeza en la que caemos por culpa de la droga del amor, no la vamos a encontrar en este texto o, en caso de encontrarla, se nos aparece intelectualizada en extremo, analizada minuciosamente, vista desde el prisma del que está de vuelta, integrada en la totalidad de un proceso de aprendizaje global y diría, sin exagerar, que de laboratorio. Es pues una obra madura, introspectiva, donde la narración se va construyendo a base de retazos de memoria, lo que hace que las transiciones temporales sean coherentes y dinámicas pues, tal y como sugiere Elisa, la memoria no se nos muestra de manera lineal, se va saltando en la mente de recuerdo en recuerdo, de escena en escena, siguiendo un orden supuestamente aleatorio pero que, tomando en cuenta la propia percepción, no lo es pues priorizamos y conectamos según nuestra propia manera de relacionarnos con los acontecimientos.

“Suele suceder: dos personas se enamoran. Una tiene algo que falta a la otra, de modo que aprenden a sumar y las diferencias son aparentemente irrisorias. Con el tiempo, sin embargo, en momentos límite regresa cada cual a sí mismo. Las aguas terminan obedeciendo al imperativo de sus orígenes.”

Como en un laboratorio, a Elisa el desamor le sirve de materia base para el autoconocimiento. Lo hace emerger a la luz de la conciencia y lo vuelve a nombrar empleando para ello el lenguaje interno. Toda la obra es una especie de soliloquio a través del cual su experiencia vital se transforma en el barro que su intelecto moldea dándole la forma que necesita para poder gestionar la deconstrucción amorosa, una estrategia enormemente constructivista que permite al personaje asimilar el conocimiento de sí misma y de los demás.

Es muy interesante la reflexión que se hace en torno a cómo el olvido nos permite fabricar una memoria paralela, el olvido como agente creativo y de reposición subjetiva de los hechos.

“El olvido, escribo hoy en esta habitación blanca, va tejiendo su propia memoria”

El argumento del libro es, en apariencia, bastante sencillo. La narradora protagonista (no se la nombra en ningún momento), se encuentra después de años (tampoco se concreta cuántos), en una habitación. De la habitación en la que se halla solo sabemos que es toda blanca, paredes muebles, todo, y sobre lo que allí hace tampoco sabemos nada más que está recordando y a la vez escribiendo su vida en común con su antigua pareja.  En este espacio y tiempo cero la protagonista asigna un lenguaje para aquello que extrae de su recuerdo sobre la relación y sobre las diferencias entre ellos, y va abriendo, como si de la caja de Pandora se tratase, diferentes secuencias de su convivencia en el chalet de su ex, formando un tapiz, una especie de puzle en el que las piezas van encajando de manera natural por sí solas. Pero el resultado, más que una historia externa producto de lo que podríamos llamar una crónica testimonial en primera persona, es un paisaje interno, la auto contemplación frente al espejo de los hechos vividos. Y esto, diría yo que es lo que hace de este libro una pieza única y muy innovadora, su manera de dibujarse a sí misma desde lo que se observa afuera, un autorretrato escudriñando al otro donde el lenguaje interior logra el efecto de un prismático.

El escenario donde el personaje escribe, por otro lado, no ha podido ser más acertado. Como ya dije antes, una habitación minimalista completamente blanca con un enorme ventanal por donde entra la luz, evoca indiscutiblemente las páginas del cuaderno en las que ella, la protagonista, recompone, en una simbiosis perpetua entre memoria y lenguaje, su pasada historia de amor y su inevitable deterioro. También este escenario simboliza el olvido, el tiempo cero a partir del cual aflora la memoria y la luz de la conciencia que ilumina su mente, la lucidez, en definitiva. Además, esta escenografía le sirve a Elisa como contrapunto al gusto de él, de la expareja de su protagonista, por la penumbra.

“La realidad es inalcanzable porque todo es lenguaje, escribo entre las paredes de mi habitación blanca. Vivimos a través de narraciones y la vida es una ficción más entre otras ficciones posibles.”

Esta es tan solo una de las tantas afirmaciones de las que el libro está lleno. Conclusiones decisivas extraídas de esa actividad mental y emocional en la que el personaje se halla inmerso y que hacen que cada página tenga al menos un párrafo contundente y lleno de sabiduría que podría subrayarse y guardarse como una cita digna de mención. No olvidemos que ya en su novela anterior, “Dime quién fui”, Elisa hace uso de las citas de sus muchas lecturas para explicar los procesos internos de sus personajes, siempre en esa especie de viaje a contracorriente con el tiempo y el olvido pero, mientras en su novela anterior, el deterioro iba unido al proceso natural de la vejez, en este caso Elisa centra su atención en el deterioro en las relaciones humanas, en concreto, en las relaciones de pareja, llegando al punto de partida de eso a lo que llamamos desamor, a partir de ahí comienza a diseccionarlo, un auténtico cadáver exquisito.

“Miro en mi interior. Supe y no supe del inevitable fracaso de nuestra relación amorosa. Supe y no supe que lo sabía, porque ignoré ciertas percepciones que no me interesaba registrar. Mientras se producía el estrechamiento de mi conciencia, iban disolviéndose mis certezas.”

Me gusta comparar el trabajo de escritura de Elisa con el de una alquimista. Ella construye párrafos donde reflexiona sobre el tiempo, sobre la madurez y la juventud, sobre la repetición de los comportamientos humanos en las distintas etapas de la vida y luego saca una afirmación perentoria en una sola frase que es como un diamante en bruto, la materia prima intelectual de todo lo observado que describió anteriormente y sucede como cuando se destila el alcohol o como cuando se saca un metal precioso por la síntesis de los otros metales, en definitiva, un verdadero trabajo de alquimia con el lenguaje.

Acabo la reseña de este libro que además fue finalista del IV Premio Internacional de Narrativa “Novelas Ejemplares” y fue, más tarde publicado por el Gobierno de Canarias en la colección Agustín Espinosa, con una de esas soberbias conclusiones suyas:

“El deseo de buscarles un comienzo y un final a las historias parece ser fatal para la verdad. Un principio y un final unifican, pero la unión debe establecerse de otra manera, creo. ¿Dónde queda, si no, lo inenarrable, aquello que se omite y todo lo que aún está por decir?

 © Elena Villamandos

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