«Jaimillo y el Monobloco» de Claudio Rodríguez Morales; por Paulo Villanueva Reyes

Un espectro recorre el texto. Los recuerdos de un escritor queriendo darles sentido. Hasta con los andamios a la vista, porque el relato acerca de una novela inconclusa se parece a una construcción en proceso, cuando aún las paredes no están fijadas y una ventana pueda ir allí, como decían los planos (mentales), o bien no tener ventanas, o hasta solo ser ventanas.

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«Jaimillo y el Monobloco» de Claudio Rodríguez Morales.

Claudio Rodríguez nos permite recorrer su relato de manera libre, no nos impone reglas. Nos cuenta sus intentos y hasta sus propios fracasos. Uno no puede sino empatizar con esos intentos, pues, de eso va escribir y vivir, de intentarlo, una y otra vez.

Un espectro recorre el texto. Los recuerdos de un escritor queriendo darles sentido. Hasta con los andamios a la vista, porque el relato acerca de una novela inconclusa se parece a una construcción en proceso, cuando aún las paredes no están fijadas y una ventana pueda ir allí, como decían los planos (mentales), o bien no tener ventanas, o hasta solo ser ventanas. En Ministro 294, el personaje Tío Viejo recorre el texto, y sus huellas son de color azul, el del lápiz pasta que se va acabando mientras el autor esculpe las escenas sobre la hoja en blanco, que más tarde pretende ser pasada en limpio. Pero, qué es una novela inconclusa sino un elefante blanco. Una vez creo haber visto uno en Osorno. Un elefante blanco. Dicen iba a ser un hospital o qué sé yo, mi memoria ya no es la misma. La de Claudio Rodríguez, su memoria, quiere salir a flote y construir la vida de Tío Viejo, de sus andanzas en Valparaíso, pero la memoria es frágil, y los recuerdos los debe completar el mismo lector. Y no resulta difícil, pues uno como lector siempre ha tenido un tío, uno como Tío Viejo, y siempre ha habido un dinero perdido. Recuerdo una bolsa de plástico llena de escudos, esos billetes que antecedieron al peso, y que mi abuelo materno juntó sin decirle a nadie su ubicación, por lo que no fue posible cambiarlos a pesos cuando el plazo terminó. Y para cuando los encontramos en unas bolsas viejas, solo eran recuerdos. Destinos frustrados que no llegaron a término. Porque ese dinero ya no lo era, sino que papel viejo con dibujos y números. Claudio Rodríguez nos permite recorrer su relato de manera libre, no nos impone reglas. Nos cuenta sus intentos y hasta sus propios fracasos. Uno no puede sino empatizar con esos intentos, pues, de eso va escribir y vivir, de intentarlo, una y otra vez.

Paulo Villanueva Reyes

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