‘Hammam de mujeres’ de Verónica Aranda, por Francisco José Martínez Morán

Pocas poetas del panorama actual consiguen lo que Verónica Aranda (Madrid, 1982) logra a través de sus versos: una conjunción perfecta de sensualidad, pensamiento clarividente y perfección verbal.

Francisco José Martínez Morán

Pocas poetas del panorama actual consiguen lo que Verónica Aranda (Madrid, 1982) logra a través de sus versos: una conjunción perfecta de sensualidad, pensamiento clarividente y perfección verbal. La apabullante riqueza expresiva de sus textos, su impecable factura técnica y su aparente claridad en lo complejo sirven de vehículo expresivo para un universo cosmopolita y sugeridor en el que tan pronto se dan cita los paisajes naturales y humanos de la India como se presentan, cargados de simbolismo y sabiduría, los espacios íntimos de Japón o Lisboa. Quien lee Postal de olvido, Tatuaje, Café Hafa, o Dibujar una isla se adentra en un territorio sensorial inolvidable, en un sutilísimo mapa de afectos en el que perderse por el mero placer de hacer de la lectura vida y de la vida, música de la palabra.

En los diez poemas de Hammam de mujeres (continuación natural de Café Hafa y Humo de té, a los que aquí se añaden nuevos matices de sororidad y profundización feminista) Aranda vuelve a dar buena muestra de su maestría poética, pero también del dominio narrativo que dota a sus poemas de un ambiente lleno de recodos laberínticos, casi borgianos, e identificaciones en infinitos espejos encontrados: A este hamam se llega / por un adarve misterioso, dicen los dos primeros versos de la colección, como en un cuento que solo en los oídos más afortunados puede llegar a instilarse… y desde entonces, de la mano de la poesía, nos ubicamos en el corazón mismo de un universo que solo se brinda a nuestra mirada; formamos parte (desde ese punto en el que la realidad se fusiona con la armonía del verbo y de la piel hecha líquido incesante) de un secreto tan innombrable como la eternidad. Somos, línea a línea, vapor y luz, caricia líquida que se derrama al ritmo una voz única, personalísima, inconfundible.

                                                                                                   Francisco José Martínez Morán

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