Feminismo barrial, el tan temido; por Alma Karla Sandoval

Alma Karla Sandoval se suma al estudio del feminismo barrial desde su entorno mexicano en esta entrega.

Es el de la calle, el de me cuidan mis amigas, no la policía, el del rap y la cumbia feminazi, el de “¿qué me ves, pendejo?”, “masita la que tienes en los dientes”. También el de los zulos[1], los cinturones de miseria, las comunas, las favelas, las barracas. Un feminismo armado-bastardo que teoriza sin cuarto propio. Es el feminismo que deviene de los bordes de Gloria Anzaldúa y su carta a una escritora tercermundista, el que pone la mierda en el papel, el de la joven argentina, Belén López Peiró, autora de Por que volvías cada verano, quien denuncia por violación a su tío, un violento comisario, y gana, lo condenan a diez años por violación. El feminismo barrial es el de las chicas de Ecatepec que escriben, bailan, cantan, dibujan, ofrendan arte en las calles donde levantan a las adolescentes o las descuartizan, las que sobreviven, lo saben: son vidas que resurgen.

    Olfateé el feminismo barrial leyendo el texto de Dahlia de la Cerda en Tsunami 2, el cual me llevó a los libros de la española Itziar Ziga, Un zulo propio y Devenir perra. En Barcelona coincidí con María Galindo cuya obra, Feminismo bastardo, confirmó algunas de mis intuiciones porque de cara a los feminismos que este capitalismo tan gore como narcisista intenta cooptar, las resistencias están claras con todo y  los caballos de Troya que separan la lucha insistiendo en que el borrado de mujeres es una amenaza pospandémica o que, para empeorar el debate, este no existe, sin olvidar, claro, la enmarañada discusión sobre si las mujeres trans lo son o tratan de secuestrar el único movimiento que ha revolucionado en verdad al mundo durante los últimos trescientos años: el feminismo que siendo uno es varios y en ello radica su potencia.

      El barrio es vecindad, fortaleza como espacio comunitario feminista, acuerpa, rearma, restructura; es ruidoso, es una fiesta, es un grito, no un congreso académico con todas bien vestidas. En el barrio se lucha, se miden fuerzas, se dan alianzas y así se crece. No se es esclava porque ahí no solo se sobrevive, es un ecosistema social que les ha permitido a las mujeres mutar en grupo, es decir, revelar otra forma de ser mujer sin proponérselo, respondiendo a la violencia estructural de su entorno con la fuerza de la creatividad, el caradurismo o valemadrismo junto con la pachanga que permite recuperar las calles, vencer el miedo porque, como asegura Dhalia de la Cerda:

[…] Porque cada vez que alguien me pregunta por qué veo cosas que otras feministas no ven, cómo es que consigo llegar a ciertas conclusiones o tener tanta claridad mental y pulcritud de pensamiento contesto: porque me sobra barrio. Es verdad. Las que emergemos de los zulos, las que sabemos que la desigualdad se puede analogar con una sopa de fideo tenemos la claridad mental que no dan los libros. Tenemos la claridad mental que te da rifártela en la vida loca. Jamás será lo mismo aprender de desigualdad social leyendo a Marx mientras comes tres veces al día, que trabajando doce horas para comer dos. La experiencia orgánica es la experiencia orgánica. Y no es anecdótico, es político porque las personas nos hemos tragado tanto el cuento de la blanquitud y el aspiracionismo burgués que los lugares que reinvidicamos siempre tienen que ver con lugares que nos den caché […] Para mí es importante que se sepa que viví en un barrio y que sentada debajo de un mural de la virgen de Guadalupe escuchando a mi amiga contar cómo su tío abusaba de ella, mientras de fondo sonaban Los Temerarios.[2]

      Esos vínculos periféricos desarticulan los cautiverios que la dictadura del narcotráfico impone con el terror a contarnos nuestras cosas que casi siempre son tragedias. Escribo mientras Culiacán arde como si México fuera Siria.  Así que la dictadura en lo privado y lo público se ensancha, ese poder que los sujetos endriagos[3] detentan, aunque las morras ya no se van con ellos, desaprenden a endiosar lo que las buchonas persiguen a costa de sí mismas: el dinero, el poder, el amor romántico sacrificándolo todo o la idea de embarazarse para retener a uno de esos hombres que trafican en cada uno de los bordes de muerte de nuestra geografía. Las morras, protagonistas del feminismo barrial, primero son de ellas y al último de ellas, trabajan, crean en colectivas cuyo eje es la autodefensa sin eufemismos, se saben organizar, protegerse, advertirse y ganarse el sustento con la dignidad de sus cuerpas emancipadas. No es fácil, por eso protestan juntas, inventan negocios, cooperativas, son como las “nenis”, pero sin el glamour heteronormado o el blanqueamiento neocolonial.  El poder de este feminismo radica en la traición al aspiracionismo, al querer ser blanca como sea, cueste lo que cueste.

     Ante esas inercias, María Galindo le propone a una chica argentina que le preguntó sobre bibliografía feminista:

Te propongo que tomes un bus o el metro y te sientes en cualquier sitio gastado y dejes que te penetren por el culo los verbos de quienes antes se sentaron allí en busca de algo que nunca encontraron; verbos como desear, verbos como buscar; verbos como esperar. Que leas y experimentes el asiento hasta que te pique el ano de tanto entenderlo. Descubrirás que los objetos tienen vida, acumulan historia y conocimiento que hay que aprender a develar.

     Te propongo que leas la vida, la realidad, el barrio, los ojos de las mujeres, sus bocas, sus ropas, sus uñas. Te propongo que leas los objetos que conforman la arquitectura de nuestra vida cotidiana, la bolsa del mercado, su olor y su desgaste, la cafetera, la cocina, el piso de la entrada.[4]

     Buenas propuestas porque el feminismo barrial hace en tanto piensa, siente y crea. Contrapone la vida en las fronteras ya no entre una cultura y otra, como Anzaldúa explicó, sino entre la vida y muerte, la necropolítica cotidiana de Culiacán, Ecatepec, Iztapalapa o cualquier obro barrio de otra provincia. Están asesinando a once mujeres al día en este país y las chicas de los barrios, las morras, son quienes más claro lo entienden, por eso se arman con la fuga de la Tatuana que en otro libro ya expliqué, pero repaso ahora porque viene a cuento: para saber quién es ella hay ir leyendo a Miguel Ángel Asturias, nobel guatemalteco tan polémico como olvidado. Le dieron el premio en 1967 porque todos sus libros son joyas, empezando por Leyendas de Guatemala, donde encontramos la de la Tatuana, mujer vendida a su maestro, un gurú de los caminos. Por azares coloniales, siempre los mismos, los dos son condenados a morir quemados en la plaza mayor. Antes, el hechicero le tatúa a la joven un barco en el brazo, le dice: “Mi voluntad es que seas libre como mi pensamiento; traza este barquito en el muro, en el suelo, en el aire, donde quieras, cierra los ojos, entra en él y vete…” La Tatuana escapó de la prisión, de la muerte trazando el dibujo de dicha embarcación y luego abordándolo.  Cada uno de esos trazos son los que Gilles Deleuze llamó líneas de fuga, desplazamientos en la trayectoria de una narrativa que escapa de una línea de fuerza o poder, es decir, cambios de patrones, deconstrucción de rumbos impuestos, libertades posibles desde el arte entendiendo la enseñanza como un ejercicio de pedagogías que no prescinden de él porque enseñar es una actividad artística en tanto nos marca. Esa huella indeleble es un probable dispositivo de salvación, hay que mostrar cómo funciona para huir del mar sangriento en el cual, como en una escena dantesca, flotan cadáveres entre la bruma de nuestros duelos suspendidos. Si ese es el único horizonte por ahora, urgen barquitos de más Tatuanas en los muros, en los suelos, en los aires, en las aguas del vientre, entre las piernas. Invoquemos esa hipnosis para que otras construyan embarcaciones que no han de quemar. Logremos que se fuguen. Necesitamos vivas a nuestras estudiantes, aunque ellas son quienes nos están enseñando a resistir. A veces nuestros ojos adulcentristas impiden que repliquemos las prácticas más creativas como un rap, una canción burlona cuyo título es “Cumbia feminazi”, obras de teatro en las esquinas donde levantan muchachas, no todo son las Lastesis ahora mismo se están multiplicando acciones de este tipo y seguro es que desde el feminismo barrial hay mucha gente documentándolas, como en el libro Vida que resurge en las orillas, experiencias del taller mujeres, arte y política en Ecatepec, coordinado por Manuel Amador y Rafael Mondragón.

      También identifico subramas de esta corriente como la que bautizó Claudia Korol, “El feminismo compañero” que con su permiso renombraré como “feminismo entre ñeras” que según la misma Korol, son quienes no hacen del individualismo posmoderno una moda, sino que se buscan y nos buscamos para sabernos cerca. “Que nos encontramos en muchas esquinas y nos reconocemos en el modo de abrazarnos. Las feministas compañeras que andamos los barrios, los juzgados, las plazas, las casas, los comedores populares, los piquetes, las huertas, los campos, las cárceles, las comisarías, las radios, los periódicos. Somos las que decimos y gritamos que no estamos solas. Que si tocan a una nos tocan a todas, somos el cuerpo del Ni Una Menos que se vino gestando en esta larga historia de más de un siglo”.[5]

       A continuación, una linda historia barrial de la rapera Obeja Negra que Erika P. Bucio cuenta en el diario Reforma:

El miedo de crecer y habitar en Ciudad Juárez empujó a Susana Molina al rap y a nombrarse Obeja Negra. Así, con «B», por brava, bichota y pertenecer a los Batallones Femeninos con otras cantantes.

El feminicidio y la impunidad, el asedio del narcotráfico en la ciudad fronteriza a donde el ex Presidente Felipe Calderón envió a la Policía Federal y a los militares en su guerra contra el crimen organizado, marcó su temprana juventud.

Susana, muy joven, con 20 años, se unió a un círculo de formación política donde conoció a sus compas de Socialismo o Barbarie, y con esa propuesta política-artística es que su voz y su palabra subieron al escenario.

Batallones Femeninos surgió en 2009 con las raperas de Ciudad Juárez, a partir de un grupo amplio de mujeres para hacer frente a la militarización y el feminicidio. Y, de ser corista con Socialismo o Barbarie, se empoderó junto a sus demás compañeras, provenientes todas de otros grupos mixtos de hip-hop, como Lady Liz, Dilema y Siniestra.

Las unió una canción que escribieron y produjeron juntas: Dulce Tormento: «Les pediré imaginar por un momento / derretirse al sol cubiertos por la arena del desierto. / Escucha atento, es la frontera donde la vida pasa, gira, a nadie espera; / tiros de gracia y en la sien».

La clara demostración de que, en una escena dominada por hombres, podían como mujeres articular la crítica.

Desafiaban los toques de queda para rapear en parques y plazas públicas, rebeldes a «un gobierno que, si no las desaparecía, las quería temerosas en sus casas».

Obeja Negra dice que ir de un lado a otro de la ciudad para los ensayos era como cruzar un campo minado por los posibles retenes o revisiones irregulares simplemente por su aspecto, además de soportar abusos de los militares.

Con el rap, ese miedo se convirtió en algo liberador.

«Se dieron cuenta que no iba a ser sencillo pararnos», cuenta en entrevista. Y ahí estuvieron sus madres y amigas para apoyarlas.

Ahora radicada en Ecatepec, ex trabajadora de la maquila, Obeja Negra es elocuente: «El rap crece como los hongos». Y crece, precisa, a pesar de las condiciones adversas en sectores marginados y olvidados por un sistema que alimenta su precariedad.[6]

     Otra de las preguntas de Susana Molina es, “¿y qué hacemos con las vivas?, ¿qué vamos a hacer con nosotras? Para empezar, seguir juntas, rebeldes, cuidándonos desde una neojerarquización de los vínculos que nos haga entender de una vez por todas que, o luchamos juntas o nos siguen matando por separado. Eso de matar también es simbólico porque aniquilan tu convicción desde el odio en las redes sociales, desde la maquinaria tecnopropagandista donde la demonización de las “feministas vandálicas”, de las “malas mujeres” debe erradicarse como si fuera una enfermedad. Así lo demuestra la “La cumbia feminazi” con lo que denuncia Renee Goust en versos que son útiles, en conjunto, como  argumento creativo para muchas que no saben qué decir cuando les cuelgan la letra escarlata, la “F”, en su pecho.

Sin deber y sin temer,
tan solo por ser mujer
valiente y poco frágil,
un incógnito virtual,
por quererme provocar,
me dijo feminazi.

¿Qué se debe responder?
Poco insulto puede haber
que llegue a compararse.
mientras él se pavoneó
Recordé un sabio consejo:
ignora al ignorante.

Pero le dije: qué poca.
Ay, pero qué poca.
Qué poca madurez mental debes tener.
Ay, ay, ay, qué poca, ay, pero qué poca, poca, poca.

Qué poca sensibilidad hay que tener
para tomar algo tan cruel
tan históricamente hiriente
y pretender usarlo para imponerse.

Ya mero le atinaste casi
al apodarme feminazi,
pero un detalle te falló
quien camina por las calles con miedo soy yo.[7]

   ¿Y qué decir de “La canción sin miedo” de Vivir Quintana que nombra a algunas de las mujeres cuyos feminicidios se perpetraron con más saña? Se puede pensar mucho, es verdad, porque se le habla al señor presidente que es como todos esos señores asesinos por palabra, obra u omisión:

Que tiemble el Estado, los cielos, las calles.
Que tiemblen los jueces y los judiciales.
Hoy a las mujeres nos quitan la calma.
Nos sembraron miedo, nos crecieron alas.

A cada minuto, de cada semana
nos roban amigas, nos matan hermanas
destrozan sus cuerpos, los desaparecen
no olvide sus nombres, por favor, señor presidente

Por todas las compas marchando en Reforma,
por todas las morras peleando en Sonora,
por las comandantas luchando por Chiapas,
por todas las madres buscando en Tijuana.

Cantamos sin miedo, pedimos justicia,
gritamos por cada desaparecida.
Que resuene fuerte «¡nos queremos vivas!»
Que caiga con fuerza el feminicida.

     Igualmente podemos celebrar las alas que nos crecen cuando cantamos juntas desde un “ñerismo” a prueba de vigilancias de control dentro de las mismas familias. Tengo una tía muy atenta a las fotos que subo en Facebook para pescar algún día una donde me esté abrazando con una mujer, la tome de la mano o la bese y ella brinque de alegría para confirmar su hipótesis de que soy lesbiana y, por lo tanto, todo lo que he escrito sobre feminismo no vale nada, lo he hecho sólo por eso (lo cual no estaría mal) pero no, es porque miro desde otros zulos que no son los catalanes. Lamento decepcionar, como decía, a mi tía estólida cada mañana debido a mi preferencia sexual, pues subo imágenes con gente de todo tipo y me compadezco de su envidia, pero no de su vigilancia patriarcal, una ceguera muy peligrosa por ser cómplice de cada feminicida suelto, aunque no nos guste escucharlo y el feminismo barrial exponga parte de la responsabilidad de la sociedad mexicana que mira hacia otro lado, que no quiere, “ni Dios lo mande”, cantar:

 Soy Claudia, soy Esther y soy Teresa.
Soy Ingrid, soy Fabiola y soy Valeria.
Soy la niña que subiste por la fuerza.
Soy la madre que ahora llora por sus muertas
y soy esta que te hará pagar las cuentas.

    A eso sí le tienen miedo, a nuestra genealogía de la rabia digna que se está gestando como beba mutante que será maremoto: la quinta ola. Ya lo apuntó la poeta Laura Freitas: “El útero es del tamaño de un puño”.


[1] Según el diccionario Oxford: “Agujero o habitáculo oculto, generalmente subterráneo y de dimensiones reducidas, que se usa para esconder a alguien o algo.”

[2] Jauregui, Gabriela. Tsunami 2. 2018. CDMX: Sexto Piso, p.65.

[3] Según Wikipedia: El endriago (palabra formada probablemente del cruce de hidria –hidra– y drago –dragón-) es un personaje literario consistente en un monstruo cruce de hombre, hidra (serpiente de varias cabezas) y dragón. Se caracteriza también por una gran estatura, ligereza de movimientos y condición bestial. Es uno de los enemigos a los que se tiene que enfrentar Amadís de Gaula; su naturaleza infernal está precisada en la descripción que se hace de su muerte en la novela: “Antes que el alma le saliese, salió de su boca el diablo, fue por el aire con muy gran tronido”. Este personaje mitológico lo utiliza Sayak Valencia en Capitalismo gore para referirse a los hombres jóvenes que en ciudades fronterizas trabajan para los carteles de la droga: sicarios, halcones, felones, secuestradores, etc.  

[4] Galindo, María. Feminismo bastardo 2021. CDMX: Mantis, p. 46.

[5] Korol, Claudia. “El feminismo compañero de las feministas compañeras” en el número “Feminismos”,Revista de la Universidad de México. No. 854. Noviembre, 2019. CDMX: Nueva época.

[6] Se puede leer en este enlace: https://www.reforma.com/aplicacioneslibre/preacceso/articulo/default.aspx?__rval=1&urlredirect=https://www.reforma.com/la-garra-feminista-del-rap/ar2432605?referer=–7d616165662f3a3a6262623b727a7a7279703b767a783b786d3a–

Consultado el 5 de enero de 2023.

[7] Ver en https://www.youtube.com/watch?v=bE-gSdqya7A

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