Entre Zaratustra y Sara Trasto. Una lectura de «Yo amaba a Toshiro Mifune», de Tina Suárez Rojas. Por Antonio Arroyo Silva

Antonio Arroyo Silva escribe sobre la poética de Tina Suárez Rojas, una crítica que abarca años de lectura. Te invitamos a seguir este recorrido literario por su obra poética.

Cuando leí Así habló Zaratustra, de Nietzsche, me acordé del comienzo de Altazor, del poeta chileno Vicente Huidobro. De ahí me vino la idea o la intuición de que realmente Huidobro estaba inaugurando para el lenguaje poético del español la visión del filósofo alemán. No había descubierto la pólvora, pues así me lo confirmó mi amigo el poeta chileno de origen serbio Andrés Morales Milosevic, que había presentado hacía años, en Barcelona, una tesis doctoral relacionada con dicho tema.

Esto vino a propósito de una reseña que estaba realizando del poemario En off[i], de la poeta chilena Astrid Fugellie Gezan cuya primera parte se titula «Asteriza» que viene a ser nada menos que la parte correspondiente femenina de Altazor, según nos cuenta ella en el poemario mencionado. Asteriza vela durante una noche el cadáver de su ex marido y rehace en este diálogo interior con la muerte su condición femenina de mujer maltratada, es decir, ese desierto afectivo al cual había caído, de la misma manera que Altazor, su alter ego. Nada que ver con Cinco años con Mario de Delibes, por supuesto.

Todo esto que digo ya lo escribí y publiqué en mi libro de ensayo La palabra devagar, en Idea-Aguere en 2012. Ahora, no sé qué vasos comunicantes conectan estas ideas previas con la obra poética de Tina Suárez Rojas. Así habló Sara Trasto con un tono ya no trágico como el de Astrid, sino más bien rompedor, llegando al sarcasmo en toda su plenitud. Pero, además, Tina es capaz de vestir a sus yoes poéticos de pistoleras de las novelas del Oeste que tan de moda puso Marcial Lafuente Estefanía en la época de mayor represión franquista, más que para entretener, para meter en las mentes de los lectores la supremacía del macho ibérico. Aunque, está claro, nuestra poeta lo hace felizmente usando un ritmo y una progresión muy cercanas al Juan Gelman de  Los poemas de Sydney West. Así, Tina Suárez le da un carpetazo a este estereotipo, creando a June Evon.

Tina Suárez Rojas es una iconoclasta de la tradición poética

Tina Suárez Rojas es una iconoclasta de la tradición poética –no en vano –y, sobre todo, de la poesía al uso, tan llena de estereotipos, la mayoría relacionados con el tema de la mujer. Si la Asteriza de Astrid es trasunta femenina de Altazor, Sara Trasto lo es, digamos, del Zaratustra nietzscheano, esta vez con un componente irónico dentro del marco de la parodia. La autora utiliza un mecanismo de la parodia que podemos denominar imitación diferencial y, al mismo tiempo, la intertextualidad; es decir, la referencia directa a ciertos textos que nuestra poeta quiere confrontar. Es lógico; en esa parodia, en ese juego de  echar abajo por los estereotipos es necesario decírselo a la cara a esos poemas, a esos versos. Por supuesto, para llegar a tal estado de creación es necesario dominar los recursos poéticos y toda una tradición literaria.

Y, como el corazón de Tina Suárez Rojas (tal el de los poetas que lo son) es un cubo de Rubik desordenado, nos viene ahora con su nuevo poemario Yo amaba a Toshiro Mifune, publicado por la Viceconsejería de Cultura y Deportes en la Biblioteca Básica Canaria.

Y, como el corazón de Tina Suárez Rojas (tal el de los poetas que lo son) es un cubo de Rubik desordenado, nos viene ahora con su nuevo poemario Yo amaba a Toshiro Mifune, publicado por la Viceconsejería de Cultura y Deportes en la Biblioteca Básica Canaria.

Dentro del estilo que caracteriza a Tina, nos encontramos con una variable, el hipotético amor a un actor emblemático como Toshiro Mifune que, por otra parte, viene a representar una fusión de dos formas de patriarcado imperante: el oriental y el occidental. Si repasamos aquella película en que un personaje japonés y uno norteamericano luchan en una isla desierta por la supervivencia y, como no, por imponer su manera de civilización, creo que entenderíamos un libro, que como el anterior parece un cubo de Rubik desordenado y, por eso, nuestra poeta parece invitarnos a indagar no ya en la búsqueda de la pieza que le falta al poemario (que no le falta ninguna), sino a buscar el propio desorden que pueda tener el  lector en su propia vida.

Fijémonos en el poema «Rashômon (1950, Akhira Kurosawa)», sobre todo en el último fragmento:

De ti a menudo me viene el recuerdo

de esa ráfaga brutal que escarcha a traición

las flores del ciruelo.

De mí habrás hecho un caso curioso,

un chascarrillo para la ocasión, ese

con que entretener a tus doctos comensales,

una anécdota chispeante sobre aquella garganta

que abandonaste.

La chica que amaba a Toshiro Mifune.

Nos parece que a partir de este poema, que está casi en la conclusión del libro, se articula todo lo demás. Esa cuadratura del círculo que simboliza el corazón-cubo de Rubik gira hacia adelante, hacia atrás y no encuentra el orden predeterminado; pero precisamente ese es el orden que nos propone la poeta, el caos al que se ve abocada desde su Poética que antecede al libro:

Amo

la desapacible belleza de la poesía.

Nos encontramos con un dominio absoluto de la Cultura que ella misma subvierte con las mejores armas que domina: la palabra, el ritmo y los distintos lenguajes que aquí se hacen uno con el objetivo que vengo exponiendo. De ahí una escena cinematográfica que no desdeña, por supuesto, la narratividad «al salir del cine» que nos trae escenas ficticias del actor japonés mezcladas con la vida real, como si fueran una sola. Como esas mujeres que se enamoran de los personajes. El cine dentro del cine, la poesía dentro de la poesía.

De esta manera podemos tirar de los hilos que nuestra Ariadna-Tina le tiende, no ya al Teseo-Toshiro, cuyo objetivo es encontrar la luz para salir del laberinto; sino a aquellos que ven el contrapunto de sombras dentro de una historia mal contada.

Este hilo comienza en el primer poema:

Se condenará a ser poeta. Caerá en las garras

de las fabulaciones.

Será una tímida homicida.

Y termina como comienza, con una idea que vengo diciendo casi desde el principio de estas notas: la poesía, más que un estado de gracia, es una condena. Y la poeta «será una tímida homicida». Una imagen insólita e inesperada de Tina Suárez.

Muchos prologuistas de esta y de otras obras de Tina resaltan, además de muchas cosas que vengo diciendo –yo a mi modo de entender la poesía— que hay una permanente indagación en el lenguaje. Muy cierto, pero, además, el que escribe ve algo más profundo; es decir, algo muy propio de nuestra poeta y, por encima de todas las estrecheces doctrinales y confesionales, en su poesía hay espíritu. Esta poesía es espíritu en cuanto a espiración y, por tanto, voz: No es la expresión, precisamente, de algo sentimental, sino, como dice Claudio Rodríguez, «es un espíritu expresado que puede modificarte». La poesía es un habla que se escribe y que se canta. En el proceso de la escritura interviene y queda ahí, en el verso, la respiración, la voz, el espíritu.

Dice Jorge Rodríguez Padrón  en Fragmentos para Claudio Rodríguez [ii] que existe una carencia evidente de la poesía española con respecto al griego y de ahí que al hablar de espíritu, alma…lo asociemos a una creencia religiosa concreta y no como un acto de fe que es toda la poesía, la buena poesía, como la que estamos abordando. La palabra espíritu en griego hace alusión al aire pneuma, no a algo ultraterreno. Hace alusión en este caso, a esa voz tan particular y única de Tina Suárez Rojas. Voz y respiración, que vemos y apreciamos a lo largo de todo Yo amaba a Toshiro Mifune.

Desde ese lado en que te ubicas, qué bien

vas ondulando los versos calmosamente

con la misma cadencia con que expande

su arcano poemas el universo.

Tus verbos levitan en celeste prosodia

giran las esferas sobre tus circunstancias

y en el orden metafísico de tus cuartillas

cada poema es una estrella con luz propia.

Dice Jorge que la sintaxis es la semántica del verso. Está claro, no la sintaxis gramatical, sino la respiración que conduce la expresión hacia el sentido propio: no ya el choque entre un estereotipo y su subversión, sino a una imagen otra.

Todo esto que vengo diciendo afecta (cómo no) al tratamiento de los temas, especialmente el tema del amor y su trasunto: la soledad. En principio se podría decir que el punto de vista no es romántico, sino rayano en el existencialismo; pero a la luz del ensayo del mismo Jorge Rodríguez Padrón, En la patria perdida[iii], nos da mucho que pensar. Nuestro crítico argumenta, junto con Luis Cernuda, que el llamado Romanticismo español (y francés), salvo excepciones, no es más que una continuación del Enciclopedismo. El Romanticismo surge como una oposición radical a los planteamientos anteriores, no solo en cuanto a temas y contenidos en general, sino en cuanto a expresión. Es decir, una rebeldía total desde las raíces. Así apreciamos cómo la propuesta romántica resume su pregonada rebeldía, por ejemplo, en la sustitución de unos conceptos por otros manteniendo los mismos esquemas («qué es mi Dios: la Libertad…» de Espronceda), dejando los llamados sentimientos en una cuestión asertiva; es decir, cómoda para la comprensión general. Digamos pedagógica. El verdadero romanticismo, según nuestros autores, se da en Alemania y en Gran Bretaña (Hölderlin, Wordsworth…). La rebeldía se manifiesta en el lenguaje y, por tanto, en el tratamiento de los temas. Tengo la certeza de que este es el punto de partida de la poética de Tina Suárez Rojas. Esa sintaxis traducida a  respiración que transforma el mundo a través de la visión y coloquialismo de Tina. En el poema «Caníbales» en ese territorio que nuestra poeta llama «de las sábanas», símbolo también del poema, se habla del desgaste de la carnalidad del amor y, por tanto, del desgaste de la carnalidad del poema: «El deseo se desgasta en cada asedio/ se va acogiendo al silencio se entenebra en la grisalla».

En cuanto a la soledad, véase el poema «De solitudine (II)» donde establece que «No es que no pueda con la soledad. / Lo que no soporto es estar conmigo».

Se trata de la disgregación del yo lírico; pero también de la marginalidad del poeta y, como no, de la mujer poeta: «Después todo sucederá. / Vendrá Pavese y tendrá tus ojos», dice en la última parte del libro «Aerogramas», donde concluye el poemario a modo de recolección de todos los temas y motivos anteriores. Vendrá Pavese y tendrá los ojos de la chica que amaba a Toshiro Mifune. Después, tendrá los ojos de ustedes, lectores.


[i]  Editoial La Trastienda, Chile, 2011.

[ii] JRP, Ed. Mercurio, LPGC, 2014.

[iii] JRP, Huerga y Fierro, Madrid, 2013.

Tina Suárez Rojas

(Las Palmas de Gran Canaria, 1971). Licenciada en Filología Hispánica y profesora de Lengua Castellana y Literatura.

Es autora de: Huellas de Gorgona, Pronóstico reservado, Una mujer anda suelta, Que me corten la cabeza, El principio activo de la oblicuidad, La voz tomada, Los ponientes, Las cosas no tienen mamá, Blas y Catalina tras el Genio de la Ciencia, Brevísima relación de la destrucción de June Evon, Delirografías de un pequeño Dios, Así habló Sara Trasto, Mi corazón es un cubo de Rubik desordenado, Hambre para mañana, Yo amaba a Toshiro Mifune y Cotidianitud, entre otros.

En su trayectoria literaria destacan galardones tales como el Premio de Poesía “Tomás Morales” 1996, el Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Las Palmas” 1997, el Premio Internacional de Poesía “Gabriel Celaya” 1999, el Premio “Carmen Conde” de Poesía 2002 y el Premio Internacional de Poesía “Odón Betanzos” 2004.

       Ha participado como ponente y como poeta en numerosos encuentros literarios y recitales. Destacadas revistas literarias nacionales e internacionales han recogido sus versos y ha sido traducida al italiano y al portugués.

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