«Encuentro con Rodrigo Lira», cuento de Iván Cabrera Cartaya

Iván Cabrera Cartaya dialoga con el poeta suicida chileno Rodrigo Lira, a su vez transformado en personaje de ficción por Bolaño en su cuento «Encuentro con Rodrigo Lira». ¿Ficción de ficción es igual a realidad?

ENCUENTRO CON RODRIGO LIRA

Sí, lo sé, no hace falta que me lo recuerden: el joven poeta Rodrigo Lira ya no existe. Todos lo queríamos rabiosamente, hablo de mis amigos a los veinte años, cuando lo leíamos sin ningún orden en la universidad, todo sucede sin orden en la universidad; pero se suicidó, con solo treinta dos, tal vez (lo he pensado muchas veces) aterrorizado por la esquizofrenia y una «conciencia torturada», así debe decirse, y que nadie se atreva a cambiar ese adjetivo; aunque solo sea por aburrimiento. Rodrigo era demasiado frágil y vivía dentro de una placenta o medusa de soledad que imagino espantosa y supongo flotando como un globo, inmenso y brillante, sobre el cielo de Santiago las noches en que los militares se olvidaban de las estrellas y de la madrugada austral, esas mismas que el viejo Neruda adolescente y enamorado estuvo midiendo a golpe de lágrima.

            También hay que contar con el dolor sin fondo que provocó, la violencia y la tenacidad empresarial de un golpe militar sellado por el diablo, o por alguien mucho peor que el diablo, para que Salvador Allende se pegase un tiro en la Casa de la Moneda, con toda la dignidad y la nobleza de este y el otro mundo. Un golpe de estado estudiado en despachos remotos, imprevisto, inevitable; pero necesario para que ganen siempre los mismos, los dueños de ese norte industrioso e inclemente; para que ninguna esperanza, luz, milagro económico sean posibles en Chile ni en el segundo, tercer o cuarto mundo, ese que ni siquiera sube al pódium y le dan, como en las Olimpiadas, el diploma de los estafados y proscritos de la tierra.

            Lira, que tiene un apellido griego y musical, sáfico y órfico, ya no está: se fugó por una esquina del escenario que de repente se quedó a oscuras; pero a veces me acuerdo de él y leo algún poema suyo. Entonces, como el perro de aguas al comienzo del Fausto, se me aparece en medio de la niebla y la escarcha, nada más salir de casa, cuando digo su nombre en voz baja o vuelvo a recitar entre dientes uno de sus versos. Antes de acercarme y saludarlo, pienso que esa lluvia que lo ha empapado cayó hace muchos años y muy lejos de aquí.

            Entonces me acompaña, no me deja solo. Es tranquilo, amable, obsequioso, de una cortesía que te desarma y ya no se usa. Todavía es de noche, pero vamos caminando juntos hasta la cafetería de mi barrio. Por suerte, acaban de abrir, no hay nadie y el camarero, tatuado y grueso, con el pelo grasiento, sale a la puerta a fumar y a cagarse en su trabajo, como hacemos todos, un sábado más sin relieve alguno. Le pido el periódico y dos cafés y me mira como si estuviera loco. Claro, caigo en la cuenta de que no ha visto a Rodrigo, de que no puede verlo o de que no le da la gana servirle café ni ninguna otra cosa a un sudaca izquierdoso de mierda. Los proletarios de mi barrio son gente seria, muy de derechas, y adoran a las personas que van bien vestidas y se dan los lujos que por rango, apostura o pretensiones merecen.

            Creo que por eso ha ignorado a Rodrigo y a mí me pone lo que pido de mala gana, diciéndome «mi niño» con ironía o cinismo, sin extenderse con bromas de parroquiano habitual que sí gasta impunemente con los otros. Por fin, Lira y yo nos quedamos solos en la terraza del bar; solos, pero rodeados de mesas y sillas vacías que son igual que una guardia pretoriana o testigos de cargo de nadie. Nos ponemos a revolver el café y comentamos las noticias: una chica italiana preciosa, de solo veintidós años, con un niño pequeño, que trabajaba de tejedora en una fábrica y que acaba de morir en un accidente laboral: la ropa se le quedó enganchada a una máquina y esta la destrozó. Se llamaba Luana, quería ser actriz y en la foto sonríe, está casi de perfil sobre un fondo rural, verde, que podría ser la Toscana y sí, es hermosa hasta decir basta. Qué curiosa es la foto: en ella Luana ya parece una actriz en pleno rodaje y liberada de su trabajo de tejedora, salvada de la muerte que no admite correcciones ni perdona el descuido.

            Dejamos el periódico y le pido que me lea algo nuevo, algo que esté escribiendo y no le parezca mal del todo, cualquier cosa en la que trabaje con ilusión y esa pizca de locura necesaria, de todo o nada; pero no le apetece y nos quedamos callados un buen rato, como si ninguno de los dos estuviese allí o uno se haya excusado para ir al baño y ver de nuevo al camarero rezongando, con su polo verde —como un golfista— y su juventud desteñida como los tatuajes antiguos que luce en el brazo; pero no: los dos seguimos allí, con un café con leche delante y viendo cómo se va apagando la noche hasta que desaparece hacia el noroeste: en la curva de la carretera que conduce hacia los amores perdidos de la adolescencia y donde ya nada se ve. Es hermosa esta hora, cuando madrugas un día de fiesta por no poder dormir más o por haberte dormido pronto, como quien se desmaya, tras ocho horas de trabajo. Después al fin me atrevo y le pregunto:

            —Rodrigo, ¿sabes que te suicidaste cuando yo apenas estaba naciendo? Es tan raro que nos veamos, ¿no crees?

            Vuelve a no responderme nada. Es un tipo muy callado al que no le gusta palabrear. Yo no lo sabía o no me lo imaginé así, por eso este encuentro debe ser real, verídico y contradictorio. Luego cierra los ojos un momento y respira hondo, con fuerza, como con nostalgia y hambre de aire de joven poeta muerto, con la melancolía que riega el olor de la hierba mojada del amanecer, del romero, el azahar y los jazmines que ya empiezan a alzarse sobre los muros. Durante unos pocos minutos gozamos de toda la paz y el silencio de esa hora, la única donde los pájaros se animan a cantar. Lo hacen por instinto, en un canto de cortejo o simplemente ellos sí que despiertan alegres cada día porque son como los lirios del campo y no necesitan nada o casi nada, no lo sé. Solo sé que los pájaros y yo tenemos almas o humores distintos. El viejo Huarte de San Juan y Aristóteles escribieron algo sobre ello.

            Quizá mi alma, si es que existe y no es una entelequia, sea más parecida a la de Rodrigo; pero no tan negra, tan trágica. Y cuando se me ocurre esa palabra, trágica, me acuerdo de él en la TV chilena interpretando un fragmento de Otelo; pero también me acuerdo de Sófocles y esos personajes que creó: sobre todo Edipo y Antígona. Me parece que no hay nada más parecido a la historia tristísima de Antígona y Polinices que el siglo pasado; un siglo de muertos, de millones de cadáveres a la intemperie o sepultados luego en la indistinción, desde el odio, y donde nadie pudiese ni encontrarlos ni honrarlos. En tanto, los pájaros siguen cantando: uno calla un momento para que siga el otro, con sus pausas y silencios, en una armonía natural sin ensayos ni años de conservatorio. Hay en esa algarabía y conjunto de trinos una especie de éxtasis sin bordes.

            Le digo a Rodrigo el año en que estamos y se espanta de todo el tiempo transcurrido desde que decidió quitarse de en medio:

            —Pero no puede ser, ¿de veras?

            —Sí, te lo prometo. Y dime, todo es tan extraño… ¿De verdad estás aquí o esto es un sueño?

            —No, es verdad. ¿No te acuerdas? Esta noche volviste a soñar con esa muchacha francesa que conociste hace cinco o nueve años; esa tan guapa que no te atrevías ni a mirarla ni a estarte cerca. Tu memoria volvió a recrear aquella mañana feliz que pasaste con ella y una amiga joven en la piscina. En tu sueño, como en el mundo de los hechos reales, no podías creer que estuviese allí realmente, que tuviese ese nombre tan suave, hubiese venido y volviste a ver el pelo negrísimo y los rasgados ojos verdes, la boca fruncida, la hermosa sonrisa y toda su apretada belleza revolviéndote la sangre.

            —Tienes razón, ahora me acuerdo; pero espera: no entiendo que tú…

            —Sí, eso es, acuérdate. Y también que te pusiste a decirle cómo hacer abdominales porque se quejaba de su barriga y su pancita era la de una diosa perfecta. Acuérdate y piensa que ella es una excusa, una forma de la postergación, como todo en tu vida. Te fijaste en ella, la conociste; pero sin hacer nada, sabiendo de antemano que nunca harías nada, venciéndote por vicio o costumbre, convenciéndote de que no te interesaba más que de un modo superficial, epidérmico. La chica era estúpida, infantil, hasta vulgar; pero tomaste su rostro, su nombre para aislarlos, como símbolos románticos necesarios, como un ideal de perfección, una potencia que te llevaba adelante; pero sin reconocer ningún fin. No podías amar a ninguna otra, no la había más linda; pero ella, eso, realmente no la soportarías. Te enamoras del amor, de tu idea íntima de él, o sea, de ti mismo, de nadie, de un fantasma —como yo— que se aburre y se harta de todo enseguida, necesita pocas cosas, todas grises y mudas. No sé si es desprecio, hastío o rencor. Antes ya lo hiciste, fueron dos muchachas rubias, ¿no es cierto?

            —Pero yo… ¿cómo sabes?

—Porque tú también eres un suicida y hace unos veinte años (ves que yo también hago cuentas) estuviste una madrugada tocando la muerte con los dedos, acariciándola cada vez más fuerte —como a una bestia dormida—, empecinadamente, como un imbécil temerario que quería, con odio y pasión por sí mismo, que esa muerte no se hiciera más la dormida en su cueva, fuera a por ti y te destrozara por entero, de una vez. A punto estuvo de hacerlo y te rozó con su ala en el lugar de los resucitados, bajo la atmósfera depresiva de ese tango que suena en la última fiesta.

¿Recuerdas? Eras un joven estudiante entonces, tímido pero soberbio, engreído, que siempre iba a la contra de los valores establecidos: leyendo, hablando, actuando… desafiando cada norma, cada regla, cada límite, todos artificiales y odiosos, todos despreciables, construidos, morales o naturales; pero desafiándote sobre todo a ti mismo. Nos habíamos encontrado pocos días antes de aquella noche en la biblioteca universitaria. Leíste unos versos míos y, desde entonces, tienes un pie aquí, en la vida confusa y enloquecida; pero el otro en esta zona oscura, lenta, viscosa, donde yo estoy por completo. A través de ese hilo nos estamos encontrando. Yo me lancé del todo en el silencio, tú también; pero una mano —no sé de quién— volvió a empujarte hacia la vida antes de llegar al fondo de este agujero negro al que estoy pegado como una lapa a su roca, y donde solo tú me ves aún y me distingues desde el otro lado.

Me puse triste y pesado. Me dolió el cuerpo con punzadas de alma. Un dolor asfixiante y seco, espeso como la niebla que subía desde el mar, me fue atragantando y fue dilatándose en las huertas, entre los árboles, sobre bancales y sembrados. Quizá era una dicha, una felicidad que yo solo podía leer como desgracia, como un fuego secreto que me devastó y quise estar muerto, haber muerto aquel año desaparecido, insensible y olvidado. Supe reconocer que Lira me quería y quería ayudarme; aunque su alivio tuviese forma de puñal de sacrificios. Sin anunciarlo, con la elegancia del que detesta el énfasis, empezó a hacerse borroso sobre su silla y ante su taza intacta de café. Comprendí que ya no le quedaban fuerzas ni tiempo para seguir conmigo esa mañana. Tampoco sabía si lo volvería a ver.

Con un último ímpetu para desagraviarme, se felicitó porque aquí no hay tanques en la calle ni militares, me vaciló y me dijo:

—Este toque de queda es de juguete.

No era verdad, pero lo dejé: se había ganado el chiste macabro. No pude ni quise contradecirlo. Respeto mucho el sufrimiento que ahorró sin querer ahorrar toda esa peste que emponzoñó la frescura de su juventud inteligente, saturada de vida. Le dije que iba a escribir un cuento sobre él y nuestros desayunos sin comida ni dinero de los últimos meses, imposibles, metafísicos, y sonrió con burla y con piedad.

—Pero che, difícil eso, ah, que te salga verosímil, ¿no es verdad? Por qué no te escribís un poema sobre la revolución, sobre una revuelta estudiantil. No quiero que digas que ya no escribes poesía, que la poesía te abandonó, que ya no la mereces.

No quería oírlo, pero es cierto: la poesía es un don de juventud, un delirio adolescente, puro, brutal, irrazonable, peligroso, y yo era un tipo mayor, maduro, que escribía poemitas de cafetín de provincia. Era casi un viejo haciéndose cada vez más abyecto y sórdido, cicatero consigo mismo y con el mundo; pero no quise disgustarlo y le mentí: claro que no había abandonado la poesía, pero también le dije que las revoluciones ya no existen, que murieron de hastío en un despacho, bajo un rimero polvoriento de folios, y me miró incrédulo.

La niebla se había hecho cada vez más gruesa y poderosa y entró dentro del bar, corría sobre las mesas. Las viejas y feas cortinas, con florecitas rosadas y vulgares, temblaban de miedo o de frío. Lira, Rodrigo: no lo compadezco, lo quiero. Antes de que desaparezca, miro por última vez su boina de pueblerino, sus grandes gafas de pasta, cuadradas de demencia poética, su barba negra y rebelde. Lo quiero y, como a muchos otros, lo defiendo del mal del mundo y de mi propia ruina, de mi maldad y mis demonios. Le regalo cebollas sin que tenga que cruzar, sosteniendo las piernas con las manos, un laberinto gubernamental para saber que, en el Palacio de la Presidencia, desde que Allende se pegó un tiro, ya no hay cebollas y la vida no huele a nada.

Iván Cabrera Cartaya

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