Elsa López: poesía, isla y memoria
Elsa López es una de las voces más hondas y reconocibles de la poesía española contemporánea. Su obra, atravesada por el territorio, la memoria, el cuerpo y el amor, dialoga con la tradición y con la experiencia vital desde una palabra luminosa y comprometida. Entre el océano, la isla y la intimidad, su poesía convierte la pertenencia y el desarraigo en materia viva del poema.

Fotografía de Elsa López difundida en medios culturales. Uso con fines culturales y educativos.
UNA SEMANA, UNA POETA
ELSA LÓPEZ
Catedrática y Doctora en filosofía.
Miembro correspondiente de la Real Academia de Córdoba de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes.
Embajadora de Buena Voluntad de la Reserva de La Biosfera Isla de La Palma ante la UNESCO y Medalla de Oro del Gobierno Canario 2016.
Premio Taburiente 2018 y Premio Emilio Castelar 2019.
Fundadora y directora de Ediciones La Palma desde 1989.
Ha sido presidenta de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid, presidenta del Ateneo de La Laguna, organizadora y coordinadora para el Gobierno de Canarias de los proyectos «El Papel de Canarias» y «Memoria de las Islas» y directora de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores. Es Patrona de la “Fundación Pino Ojeda”.
Elsa López es escritora especializada en poesía, género por el que ha recibido numerosos reconocimientos, pero su versatilidad la han llevado a la narrativa, la biografía, el cuento, la antropología e incluso la composición de una pieza musical.
Fuente: https://www.bibliotecadecanarias.org/escritores-as/elsa-lopez
POEMAS
De: «Inevitable océano»:
Hoy quiero regresar.
Tengo miedo al saber
que la higuera se va volviendo grana,
y al viejo nisperero le han crecido los gajos
hasta alcanzar la casa.
Hoy quiero regresar.
Cuando febrero se acerca, ya sin frío,
para recobrar aquel remolino de almendras
y tuneras.
Aquel olor salitre y miel de abeja
que se despeñaba, cuesta abajo,
por el camino de la ermita y los dragos.
Hoy quiero regresar
al muelle, las noraes, y la sirena de los barcos.
Regresar a ti,
al otro lado de los sueños,
por donde multiplicas
la ternura y los muertos.
De: «Penumbra»:
Cuando el cansancio es grande y tiene forma oblicua,
se sienta en el rincón más tibio de la casa
y reconstruye el mapa completo de la isla:
El reborde de espuma rizado de gaviotas.
Los volcanes al sur,
al norte los barrancos.
La palma de su mano abierta bajo el cielo
en forma de caldera.
Las nubes esmaltadas,
el viento,
los muros de la casa,
y la abuela sentada en el sillón de mimbre
viendo morir los barcos encima del estanque.
En ese itinerario de océano amargos,
el llanto se repliega de nuevo en lo más hondo
a contemplar, sin ruido, el paso de las aves.
De: «Del amor imperfecto»:
Cuando tu lengua escarba mi cuerpo lacerado
que fue tan sólo tuyo durante un tiempo espeso,
inmortal y perfecto.
Entonces tú terminas y yo comienzo a amarte.
Cuando he rugido cóncava debajo de tus piernas,
y has dejado un reguero de sal y hierbabuena
sobre mi piel reseca.
Entonces tú terminas y yo comienzo a amarte.
Cuando la luz se apaga y tu cuerpo se queda
tendido y olvidado entre blandas semillas.
Entonces tú terminas y yo comienzo a amarte.
De: «La casa Cabrera»:
Aquí la luz se abre, se extiende al interior,
penetra por las bóvedas y alcanza,
como una tromba dulce, los árboles del patio.
Aquí la lluvia nace, aumenta y se desploma.
Se inclina en las barandas, recorre las paredes,
los arcos rebajados, las columnas de arista.
Aquí crece la vida, florece el árbol mágico.
Mariposas de cartón anidan en el arco,
azul y transparente, del viejo lucernario.
Revolotean el sueño de los hombres que habitan
detrás de cada puerta.
Se posan en sus libros de cuentas infinitas,
y se mueren -de cristal- detrás de los montantes
que dan al paraíso.
De: «La fajana oscura»:
El extranjero
Tú eres Aquiles, el hermoso perdedor,
el de la espada de hierro,
el de la radiante cabeza coronada,
el mejor.
La verdad que sí,
¡Oh dioses inmortales!
que eres realmente bello.
Y no me extraña en absoluto
que Helena perdiera el aliento
y su peplo de seda,
al verse frente a ti
arrojadas al mar sus sandalias de cuero.
Yo soy Tersites, el guerrero aplastado por tu brazo
y el peso brutal de tus caballos.
Yo soy el que te ama
en medio del fragor de las batallas,
mordido y ensangrentado por tus perros.
De: «Cementerio de elefantes»:
Cuando voy por las calles, solitaria y ausente,
voy pensando en tu cuerpo.
Te llevo entrelazado por todas las cinturas
que acometo desiertas.
Tú estás en las aceras,
en las piedras del suelo,
en esos soportales que aúllan tus abrazos,
en la melancolía de mujeres sin rumbo
que perdieron el grito y la memoria nuestra.
Y yo sé que eres mío
por encima de ritos y vagas ceremonias.
Lo sé porque te amo y tú me lo has oído.
Y yo sé que te amo
porque mis brazos duelen al recordar los tuyos
y el espacio que ocupo se vuelve oscuro y frío
cuando escondes tus ojos por detrás de los míos,
y una vez que me has visto crecer y duplicarme
me hieres y abandonas delante de las otras.
De: «Tránsito»:
¡Ay, paloma, mi pecho!
No enseñes el dolor que te hace leve.
No pronuncies el nombre que te delataría.
Sobrevuela el espacio que ocupo por tu boca,
lánzate valerosa sobre mis ojos tristes
y devora la lágrima que convive conmigo.
Que el rey y señor mío
no sepa que en mis brazos han florecido albahacas.
Él es cruel y no entiende que nuestro amor es alto.
No vayas por el aire,
que él es halcón furtivo y ha afilado sus garras
para hincarlas a muerte sobre tu piel reseca.
Que piensa devorarte
y arrastrar tus cabellos por las tierras de Ammán.
Ha propuesto a la corte
que se dicten las leyes necesarias y urgentes
para dejarme sola al llegar el invierno
y tu voz y tu cuerpo se hagan inalcanzables.
Construye empalizadas, levanta torreones,
abre vados y zanjas para que todo el reino
quede aislado del mundo
y no puedas hacerte de mi nido tu lecho.
De: «Mar de amores»:
Aires de lima
Yo vi romperse el agua camino de Beirut
cogida de tu mano sobre El Roque y las algas
que tienen por costumbre el fondo de tus ojos.
Yo vi cómo giraban las aves de la tierra
cerca de tu cabeza.
Y vi como la lluvia se hacía gris en el aire
sobre la casa grande rojo-indio del valle.
Yo vi las jacarandas naciendo del asfalto.
Y los papayos verdes.
Y aquel árbol florido de naranjas redondas
colgando de tus dedos.
Yo vi cómo la noche se prolongaba oscura
por tus hombros caídos y por tu boca espesa.
Y vi cómo la muerte me alcanzaba despacio
hasta dejarme a solas.
De: «Quince poemas de amor adolescente»:
A Alexis Amador
Te quiero porque un día me llevaste hasta el río
y al vuelo de las aves que anidan en el agua.
Y me tocaste el hombro para darme el aliento
que pierdo en ocasiones.
Porque me miras grave
y me guiñas los ojos para poder seguirte.
Y me alientas,
y me acoges,
y me retienes por el aire cuando vuelo sin rumbo
o he perdido el oriente.

