El vuelo de los pájaros que ya no existen. Reseña sobre «Mugre rosa» de Fernanda Trías; por Alma Karla Sandoval

El horizonte distópico de un puerto donde una pandemia causada por vientos rojos despelleja a los seres humanos, permite a Fernanda Trías confirmar que, en medio de crisis distópicas, la poesía también insiste, ¿o tendría que decir “también existe”, como aseguró Benedetti del Sur Global?

Carne de laboratorio que nos ofrezca proteínas alternativas, eso es lo que vamos a introducir a nuestra dieta en los próximos años. Mugre rosa, tal como escribe Fernanda Trías, en una novela notable por el tempo de las emociones, por la respiración con que se narra, en medio de una pandemia, la fragilidad de los vínculos humanos, los bordes de la memoria, precipicios ante nosotros. Contrario a lo que pasa en la obra Pilar Quintana, cuyo título es precisamente Los abismos, el horizonte distópico de un puerto donde una pandemia causada por vientos rojos despelleja a los seres humanos, permite a Trías confirmar que, en medio de crisis distópicas, la poesía también insiste, ¿o tendría que decir “también existe”, como aseguró Benedetti del Sur Global?

   Uso ese verbo, insistir, a propósito y tal vez con despropósito. Me explico: fue Hölderlin quien se preguntó, “¿para qué poetas en tiempo de penurias”. Heidegger responde que el poeta es el “intermediario entre la voz del pueblo y la de los dioses” porque si algo se está acabando, si se intuye el final de una era o un doloroso parteaguas, la poesía ocupa el papel de mediadora, de fuerza vital, de bioescritura plena en su intención no solo de preservar memoria, sino de descubrir los resortes de la existencia más allá de su esencia.

     La poesía resignifica, por eso “las últimas palabras” de un moribundo nos parecen tan importantes, pero ¿qué ocurre cuando sientes que ya estás muerto, que eres un fantasma que se palpa vivo, incapaz de llamarle a ese estadio “vida”?, ¿cuando piensas que ya todo está perdido en la libertad del silencio “solo una pausa ente un pensamiento y otro”, diría la autora de Mugre rosa?, ¿qué ocurre cuando atrapas y te reconoces dentro de un instante? Sucede la poesía en el más pessoaniano de los términos que, es decir, con este mecanismo que Gaston Bachelard describe: “Mediante una especie de violencia creadora, el tiempo limitado al instante nos aísla no solo de los demás, sino también de nosotros mismos, puesto que rompe con nuestro más caro pasado. Allí, desde el umbral de su meditación está el filósofo ante la afirmación de que el tiempo se presenta como el instante solitario, como conciencia de una soledad. A continuación, veremos cómo se volverán a formar el fantasma del pasado o la ilusión del porvenir…” Esto es justo lo que experimenta la protagonista de Fernanda Trías en la novela que le valió merecidamente el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2021.

Valió merecidamente el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2021

     En esa historia encontramos a una mujer que se confiesa joven, pero que deja de serlo mientras trabaja cuidando a un niño que los padres le dejan entre las alarmas de los vientos rojos, las tormentas o la niebla de un cielo envenenado. Es en ese departamento cuando comienza a maternar mientras resiste la escasez de comida, el recuerdo del exmarido contagiado, la problemática relación con una madre no del todo ausente, pero tampoco presente, la memoria de ella misma antes de asumir la responsabilidad del cuidado de un menor, la ternura analgésica gracias al hallazgo, poético e irremediable, de la vida que resiste, esto es, de la mediación de la que habla Heidegger. Por eso el tono de la novela no podría tener otro vuelo más que el de los pájaros que ya no existen en Mugre rosa, pero se extrañan cantando cada día a pesar del brillo de sus jaulas.

    Me tomó varios meses terminar este libro. Leí, desde las primeras páginas, la cadencia triste de una obra perturbadora. La espesura de las líneas, la respiración de cada párrafo y la creación de un universo salvaje donde el angst se impone, no me dejaban seguir. Había sido suficiente con dos años de pandemia viviendo en ese tiempo suspendido, mirando crecer espinas al interior de cada uno, como para volver a ese mood. Un libro que publicaré sobre el tema y que me ha costado escribir, pero no tanto como sentirme satisfecha de sus páginas (aun creo que no está listo), me obligó a volver a esta autora. Retomé la lectura en medio del insomnio por una faringitis antes de hacerme la prueba para saber si el coronavirus me había mordido finalmente. Intuía que podría encontrar una explicación a esa angustia o anestesiarla al menos con una obra distópica. Será que de plano soy masoquista y agregar incertidumbre a la incertidumbre me provoca un placer refractario, aunque placer y punto. Como sea, volví a Mugre rosa. El día anterior apareció en mi Facebook una nota de El País hablando de que, en Singapur ya se vende carne cultivada para alimentación. Guardé la noticia que interpreté como señal de que ahora o nunca terminaría el libro de Fernanda. Me atrapó entristeciéndome, pero con el influjo de los poetas cuyo ritmo es tan afinado que no puedes dejar de oír. Luego escuchas con atención y logras ver las imágenes descritas. Cuando eso pasa, la novela es buena, cumple su cometido, no ha renunciado a la vida, a pesar de que el decorado de la narración sea la danza medieval, pestífera, de la muerte contoneándose. Para evadirse, el personaje principal viaja a sus recuerdos; gracias a esas digresiones bien logradas y pendulares entendemos la historia por debajo de la historia, los entramados de la experiencia humana, “lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”. 

      Subrayé veintisiete frases de esta novela. Tengo el número exacto sin contarlas porque me las mandaba al correo desde el Kindle gracias a la magia de los dispositivos electrónicos. Ese número presupone veintisiete momentos en los que me detuve a repensar, en los que saqué la cabeza del aparatito brillante, respiré hondo y continué. Sabía que eso iba a ocurrir: entendería que la soledad pospandémica es la verdadera mugre rosa que descansa empaquetada en mi refrigerador.


Alma Karla Sandoval

Doctora en Literatura, periodista, ensayista y poeta mexicana. Columnista de Gafe.info escribe la columna «Libros, cuartos y cuerpas». Dirige la Colección de Poesía Contemporánea «Lo que ellas nombran», Editora BGR.

Obtuvo las becas del FOECA y del FONCA en 1999 y 2001. En 2010 fue galardonada con la Beca de Creadores e Intérpretes con trayectoria del PECDA para escribir un libro de cuentos. Ganadora del Premio Nacional de Periodismo AMMPE, en 2011, y los Juegos Florales de Cuernavaca, Morelos, en 2012. En 2013 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano, el Premio Nacional de Narrativa Dolores Castro en 2015 y los primeros Juegos Florales de Tepic, Nayarit. Se le concedió nuevamente la beca del PECDA para Creadores con Trayectoria en 2018. Seleccionada internacional para la residencia de Artes y Humanidades, Faber, en Cataluña. Obtuvo el Premio al Mérito Periodístico en crónica 2019, del Premio Nacional de Poesía María Elena Solórzano 2019, del Premio Gran Mujer de México 2020 por su defensa de los derechos humanos y su libro Necroescritura de los días muy vivos, resultó ganador de la convocatoria de obra inédita 2019. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores desde 2020. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, portugués y ruso.

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