«El papel en santa paz, cultura electrónica y sus resistencias»; por Alma Karla Sandoval

Llegar a publicar en papel se ha convertido en una operación casi parecida a un milagro. Sin esa idolatría, la cultura del libro digital podría bailar una música más alta en el futuro inmediato. Alma Karla Sandoval reflexiona sobre el tema y algunas partes del fragmento del famoso discurso de Guillermo Saccomanno.

Guillermo Saccomanno, orador en la apertura de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2022 (Foto  Télam)

Guillermo Saccomanno, orador en la apertura de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2022 (Foto Télam)

Ya no es necesario quemar bibliotecas, basta con que la industria opte por el cartón para embalar lo que el comercio electrónico requiere en detrimento del papel para las revistas y los libros. Esto dispara los precios de impresión a cifras inverosímiles. No nos extrañe que visitar una librería se convierta en un paseo por una tienda de lujo donde vendan diamantes y otras joyas que muy pocos puedan comprar. Con estas reflexiones abrió Guillermo Saccomanno el discurso inaugural en la más reciente Feria Internacional del Libro en Buenos Aires. Palabras que se viralizaron por la claridad, contundencia y belleza con las cuales denunció tanto el oligopolio de la industria papelera, la relación desigual de los autores con los editores y la decisión de dicha feria de realizarla en un predio de La Rural, una institución “que fue instigadora de los golpes militares que asesinaron escritores y destruyeron libros”.

     Saccomanno acierta describiendo la realidad que permite la impresión de una obra, el hecho de que llegue al papel como si se tratara de obrar un milagro. Ya de por sí el libro como mercancía al alcance de unos cuantos entraña una polémica históricamente interminable: “Los únicos lectores que pueden llegar a comprar un libro son de una clase medida pauperizada siempre y cuando no gasten demasiado en la gaseosa y los panchos”, apunta el autor sudamericano. Pienso en México, un país donde el salario mínimo hoy es de 172 pesos diarios. Si una persona en esta tierra compra un libro de 200 o 300, necesita trabajar toda una jornada y un poco más para adquirirlo. No hablemos de los ejemplares en la mesa de las novedades que llegan a tocar los 500 o 600 pesos, es decir, casi tres días y medio de trabajo en bruto.

     Algo similar ocurría en el medioevo cuando los libros eran copiados por amanuense con el 90 por ciento de la población analfabeta. Hasta hace poco, las películas en inglés estaban subtituladas en la mayor parte de los cines en Latinoamérica. El público que llenaba las salas no tenía problema en leer “las letritas”. Ahora todos los estrenos se exhiben doblados al español, hay que buscar un horario especial, el único, en el que la película viene con traducción escrita, no hablada. Le pregunté a uno de los empleados de Cinépolis por qué el cambio y sin ambages respondió: “A la gente ya no le gustan los subtítulos porque les da flojera leerlos o no los alcanzan”. Esta disminución en la capacidad lectora es un síntoma oscurantista y todo comienza por el alza del costo del papel.

     Por fortuna una luz resplandece a lo lejos: el libro electrónico que protagoniza la cultura digital y que también resulta muy amado por quienes pueden hacer una de las mejores inversiones del planeta, comprar un Kindle; o por quienes se atreven a bajar una aplicación que les permite formar una biblioteca a precios mucho más bajos en sus móviles o desde la computadora. De este modo, el libro digital se rebela ante la sacralización perniciosa cuya idolatría al papel lo convierte en un diamante frío, cortante e inaccesible.

    Siguiendo la pauta medieval con ánimo de El nombre de la rosa, podemos decir que el hábito no hace al monje. Cincuenta y ocho años después de que Umberto Eco publicara Apocalípticos e integrados (1964) la polarización entre las personas que se adaptan a la revolución tecnológica y las que se resisten con marcos epistemológicos medievales, sigue vigente.  Estos últimos creen que la digitalización es otro del fin de mundo cuando en realidad el cambio climático, ocasionado entre otras causas por acabarnos los bosques talando árboles para procesar cartón o hacer papel, es uno de los grandes peligros que nos acechan. Esto aún no se asimila desde un pensamiento conservador cuyas ilusiones son continuar retrocediendo a paisajes hipercapitalistas donde la esclavitud que promueve la autoexplotación del individuo, en términos de Byung-Chul Han, nos condene a consumir solo lo que ofrece el mercado bajo el signo de la resignación de que leer no puede ser para todos y celebrando, aporofóbicamente, los privilegios de una clase dominante la cual puede sentarse en casa a disfrutar del ocio y acariciar sus libros.

    Lo curioso, volviendo a Saccomanno, es que si lo anterior ocurre es porque las editoriales obligan a los escritores a firmar contratos fáusticos con ellos. Esta frase del famoso discurso debería provocar mucha más reacción en los escritores: “Nos sentamos en desventaja a ofrecerles nuestra sangre a los editores” ganando solo el diez por ciento de un libro que se vende bajo los términos duopólicos de grupos que han determinado qué es literatura, qué no lo es y equivocándose de modo garrafal, por cierto, pues apuestan por obras que aseguren vender miles de ejemplares en poco tiempo. El resultado de esta política está sobre las mesas que nos reciben al entrar en las librerías y con la que es inútil seducirnos a los lectores y autores que no somos esa clase de vampiros.

    No en balde Noe Jitrik aseguró que el mercado le quitó la sangre a la literatura, la chupa para publicar la no ficción de la vida que no aporta nada nuevo o bien, la ficción vuelta a masticar de versiones de lo que ayer fueron los clásicos. Por eso pagamos precios de estratósfera: por libros que tal vez no pasarán el bautismo del tiempo, por objetos que adornan los muros el hogar sin que transformen nuestras vidas. No podemos seguir haciéndole ese daño a nuestra época luego de un virus del que debimos aprender lo suficiente.

     ¿Un buen comienzo? Abrir los brazos a la cultura digital porque no es un oxímoron, al contrario, rescata bibliotecas. Lo siguiente, dejemos que el papel descanse.

Alma Karla Sandoval

Doctora en Literatura, periodista, ensayista y poeta mexicana. Columnista de Gafe.info escribe la columna «Libros, cuartos y cuerpas». Dirige la Colección de Poesía Contemporánea «Lo que ellas nombran», Editora BGR.

Obtuvo las becas del FOECA y del FONCA en 1999 y 2001. En 2010 fue galardonada con la Beca de Creadores e Intérpretes con trayectoria del PECDA para escribir un libro de cuentos. Ganadora del Premio Nacional de Periodismo AMMPE, en 2011, y los Juegos Florales de Cuernavaca, Morelos, en 2012. En 2013 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano, el Premio Nacional de Narrativa Dolores Castro en 2015 y los primeros Juegos Florales de Tepic, Nayarit. Se le concedió nuevamente la beca del PECDA para Creadores con Trayectoria en 2018. Seleccionada internacional para la residencia de Artes y Humanidades, Faber, en Cataluña. Obtuvo el Premio al Mérito Periodístico en crónica 2019, del Premio Nacional de Poesía María Elena Solórzano 2019, del Premio Gran Mujer de México 2020 por su defensa de los derechos humanos y su libro Necroescritura de los días muy vivos, resultó ganador de la convocatoria de obra inédita 2019. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores desde 2020. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, portugués y ruso.

Directora General Revista Gafe.info

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