El olor a sal, por Annabel Villar

Un relato de Annabel Villar.

La Playa del Buceo, Montevideo.

EL OLOR A SAL

Aún recuerdo el olor a sal que tenía aquella playita del Buceo en mi Montevideo natal, la mañana de verano en la que una roca me abrió la rodilla mientras recogía mejillones con mi padre.

Yo tenía apenas cinco años y eran tan pocas las oportunidades de compartir momentos con él, que hubiese dado cualquier cosa con tal que esa mañana no terminara nunca.

La lucha por la subsistencia y la austeridad celta heredada de sus padres gallegos, hacían que mi padre me pareciera siempre muy lejano. Pero eso lo sé ahora, en mi infancia atesoraba aquellos momentos en los que lograba encontrar su afectuosidad: la única vez que se sentó en mi cama para leer conmigo un libro de viajes, los partidos de fútbol a los que me llevaba, y nuestras mañanas en la playa, aunque fuera una sola cada verano.

La escena viene a mi mente cada vez que vuelvo a sentir aquel olor. No es un olor cualquiera, es el olor de una playa atlántica con la sal que impregna la arena cuando el mar se retira dejando un lecho de conchillas y se mezcla con el olor del sol calentando los cuerpos.

Y ahora, cuando la memoria lo trae nuevamente, todos mis sentidos se disparan hacia aquella mañana, en esa perfecta simbiosis de sensaciones que sólo se encuentra en la Naturaleza.

La vista rememora el nítido azul del cielo, el oído vuelve a escuchar los graznidos de las gaviotas, y mis dedos vuelven a rozar la áspera rugosidad de los caparazones.

Los cinco sentidos me traen otra vez la mágica escena que hubiera deseado que se fijara en el tiempo, como si un poeta japonés la retratara en un haiku para hacerla perdurar para siempre.

Mi padre y yo, cada uno en su roca, arrancándole sus mejillones. Yo, tropezando y cayendo sobre la mía y abriéndome la rodilla con su filo. Mi padre, preguntándome si me había hecho daño. Yo, contestándole que no y lavándome rápidamente la sangre con agua salada, aguantando el ardor y tragándome las lágrimas que asomaron a mis ojos.

Un pequeño rasguño no me iba a impedir disfrutar de aquella complicidad tan esquiva como deseada. Hoy, sesenta años después, aún conservo la cicatriz, pero mi padre nunca lo supo.

Annabel Villar

Benidorm, 20 de diciembre de 2021

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