El estanque salvadoreño de un gran poeta chileno. Por Erick Chávez Salguero

Cuando se construye una relación más o menos cercana con la poesía, ocurren ciertos encuentros con personas, libros y frases que empiezan a dotar la vida de un sentido un poco más amplio, ocurren «señales» que llevan a otros encuentros, con otros libros, personas y frases, que a veces nos dan una respuesta fugaz a una pregunta que no se tenía conscientemente elaborada.

Cuando se construye una relación más o menos cercana con la poesía, ocurren ciertos encuentros con personas, libros y frases que empiezan a dotar la vida de un sentido un poco más amplio, ocurren «señales» que llevan a otros encuentros, con otros libros, personas y frases, que a veces nos dan una respuesta fugaz a una pregunta que no se tenía conscientemente elaborada. 

En el año 2013, antes de realizar mi primer viaje a Chile, donde estudió, el poeta salvadoreño Noé Lima, mi amigo, me compartió una reflexión de manera sentenciosa: «El mejor poeta de Chile, no es Pablo Neruda ni tampoco Vicente Huidobro, es Humberto Díaz Casanueva». Como se sabe, uno de los países que posee no sólo una gran tradición poética, sino una prolífica producción literaria en Latinoamérica, es Chile, cuenta con Pablo Neruda y Gabriela Mistral, ambos premios Nobel de Literatura, además de contar con grandes figuras que resuenan en el mundo entero: Enrique Gómez Correa, Teófilo del Cid, Braulio Arenas, Gonzalo Rojas, Enrique Lihn o el recién fallecido Nicanor Parra.

En la foto Humberto Díaz Casanueva

Resulta que una de las primeras noches en Chile, me llevaron a una pequeña sala cultural en Valparaíso, ahí mientras los músicos tocaban, observaba las antigüedades que había en la sala, entre los libros viejos encontré una antigua revista, la abrí al azar y me encontré con un entrevista que le hacían precisamente a Humberto Díaz Casanueva, donde él comentaba su encuentro en Alemania con Martin Heidegger en un tren hacia Friburgo, sin saber el chileno que con quien dialogaba era con el gran pensador que abrió para la filosofía un camino de diálogo con la poesía, y con quien posteriormente tomaría unos cursos sobre la poesía de Hölderlin.

A partir de esa «casualidad» la recomendación de Noé se me hizo prioritaria. A los pocos días me contactaron con Dimitri, un mítico «dealer de libros» en Valparaíso; al comentarle sobre mi interés en Díaz Casanueva, simplemente se sonrió irónicamente, y me dijo: «No es fácil». Me preguntó sobre mi inquietud en los libros de Díaz Casanueva, le comenté la recomendación de mi amigo y simplemente llegué a balbucear mi interés acerca de la relación entre filosofía y poesía.

A los pocos días Dimitri me llamó, me dijo: «ʹMostroʹ, ya se los tengo, debemos hablar del precio», no comentaré cuanto pagué por dos libros de Díaz Casanueva, fue mucho pero lo justo.

Humberto Díaz Casanueva (1906–1992) no sólo fue poeta, sino también un diplomático, Premio Nacional de Literatura en Chile en 1971, cuya obra poética se considera de difícil acceso, calificada de «hermética» por su búsqueda de símbolos universales que encierren una trascendencia inmanente a la existencia humana, considerada también limítrofe entre lo místico y lo metafísico, muy cerca de la poesía de Rilke, Trakl o de Paul Celan por ello su obra encuentra diálogo con las obras de Carl Jung, Mircea Elíade, Martin Heidegger, Jacques Lacan, María Zambrano y muchos otros autores que han realizado una búsqueda de significados universales en la parte oscura del ser humano. 

En 1937, forma parte de una importante antología de poetas chilenos, que rinden homenaje a la República Española, la cual debatía su destino en la guerra civil desde 1936; esta antología llamada Madre España: homenaje de los poetas chilenos es preparada por Gerardo Seguel y la filósofa española María Zambrano, la cual se encontraba en Chile en ese año; en la antología participan además de Humberto Díaz Casanueva, poetas de renombre como Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Braulio Arenas, Volodia Teitelboim, Rosamel del Valle, entre otros. Dicha antología, publicada por editorial Panorama, significará un hito en el desarrollo de las obras de los poetas más jóvenes del grupo, Humberto Díaz Casanueva entre ellos; y entre otras razones porque la filósofa española María Zambrano escribirá un poderoso epílogo, en el cual enuncia por primera vez su concepción de “Razón Poética”, donde destaca la dimensión filosófica y política de la poesía chilena de ese momento.

Entre los poemarios más representativos Humberto Díaz Casanueva se haya Réquiem (1945), poemario a la memoria de su madre y que recibió elogiosas palabras de Gabriela Mistral, para quien, con Díaz Casanueva se tenía en Latinoamérica un heredero directo de los grandes trágicos griegos. También se pueden mencionar: Vigilia por dentro (1931), El blasfemo coronado (1940), La estatua de sal (1947), La hija vertiginosa (1954), El niño de Robben Island (1985), Trinos (trenos) del pájaro Dunga (1985), Vox tatuada (1991), etc.

Las preocupaciones de Díaz Casanueva se mueven en una reflexión constante sobre la vida y la muerte, por ello en vida fue un entusiasta promotor de los derechos humanos, desde su labor como diplomático, denunciando el régimen de Apartheid en Sudáfrica, y creando conciencia sobre la educación y los derechos humanos cuando fungió como embajador chileno ante la ONU, en el Gobierno de Salvador Allende.  

Su obra, publicada en su mayoría en la desaparecida editorial Nascimento, sufrió durante muchos años del ostracismo institucional, al ser una figura relevante de las letras, y haber estado emparentado tan íntimamente al Gobierno de la Unidad Popular. A partir del año 2017, se ha iniciado la publicación de sus obras completas, así como valiosos estudios acerca de su producción poética.

Su paso por El Salvador

Carmen Foxley, estudiosa de la obra de Humberto Díaz Casanueva, hace constar en su prólogo a la antología preparada por la Editorial de la Universidad de Chile, que en 1949 «viaja en misión diplomática hacia El Salvador, visita que no olvida a causa de ʹlos volcanes, la magia y la gente sufrida y soñadoraʹ».

En 1986, en una entrevista con Blanca Espinoza, recuerda que en El Salvador el Popol Vuh «lo encegueció» y en una de sus últimas entrevistas, del año 1992, año en que fallece, recuerda estas emotivas palabras acerca de El Salvador en una entrevista con Ana María Larraín, cuando se le pregunta acerca del «suceso poético» y del «acontecimiento» de la poesía: 

Cuénteme uno de esos sucesos poéticos cotidianos que ha habido [sic] directamente en su propia vida.

Cuando yo representaba a Chile en El Salvador, vivía en una casa que tenía un estanque para las garzas azules, maravillosas, cuidadas por una joven india. Como un señor oriental, sólo las mantenía por el «vuelo crepuscular» en torno a la casa. Como a las seis y media, usted sabe que en el trópico la noche se viene de golpe, en ese momento las garzas emprendían su magnífico vuelo… Un día la joven me advirtió que las garzas codiciaban los grandes ojos móviles de mi hija de dos años: creían que sus ojos eran peces. Yo me asusté mucho, imagínese. La joven hizo unas ceremonias mágicas y las garzas emprendieron el vuelo para no volver jamás. Entonces llené el estanque de peces azules… ¿Ve usted la imagen? ¡Qué terrible! y cruel, ah… 

 Así, en esta búsqueda que tuve de Humberto Díaz Casanueva, en medio de estas «casualidades» donde ahora poseo algunos de sus libros y algunos estudios de su obra, me llevaron después de mucha vuelta, a ese otro extraño encuentro, que es el regreso a casa: El Salvador. 

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