El escorial de los mares; por Lilián Costamagna

Te presentamos ‘El escorial de los mares’, un relato de Lilián Costamagna.

El escorial de los mares así le llamaban al mayor galeón más armado del mundo en el siglo XVIII, que fue botado en el arsenal de La Habana. Tiempos de piratas y de almirantes de todos los países que ambicionaban extender su poderío territorial, a través de los mares.

“El Santísima Trinidad”, que ése era su nombre, surcó los mares y tomó parte de innumerables momentos históricos de España. Cuando recorrí el interior de su réplica, anclado en el Puerto de Alacant, me pareció percibir la hidalguía del valeroso almirante. Lo encontré deambulando cabizbajo en la cubierta principal.

Me invitó a sentarnos en las altas sillas imperiales decoradas con ricos ornamentos de brocato y terciopelo rojo con respaldos repujados sobre madera de caoba. Dialogué con él, don Baltazar Hidalgo Cisneros y apenas, con el parco capitán de bandera, don Francisco Javier Uriarte y Borja. Nos acercamos a la sala de mando y el capitán, mirando el horizonte, tras la marina del puerto, erizada de mástiles de modernísima factura, dijo.

-Fue el buque insignia de la flota española en 1779 y junto con la flota francesa le declaramos la guerra a Gran Bretaña…

-Afamados piratas, los británicos, que han cimentado su historia de vandalismo y conquistas –dije- Me pregunto por las operaciones en el Canal de la Mancha.

-Capturamos al convoy inglés formado por, nada menos, que por cincuenta y cinco navíos.

Miré en ese momento, en la sala del museo de cera, al médico con su gran cuchilla, amputando una pierna, igual que el cocinero que descuartiza un gallinazo, un cerdo gordo y una tortuga del Mar Caribe.

-Dos años después el galeón a mi mando se incorporó a la Escuadra del Mediterráneo.

-¿Qué sucedió después, porque imagino que los británicos eran individuos tan vengativos y rencorosos como siguen siendo hoy; a pesar de su imagen plácida, son fríos, flemáticos y fóbicos.

-Me viene a la memoria la guerra en las Islas Malvinas, veo a los jóvenes soldados muertos, la ambición desmedida del gobierno británico y de “la dama de hierro”, y el hundimiento del “General Belgrano”, de la armada argentina.

Un mozo trajo en bandeja de plata tres tazas de té con tisanas para calmar la ansiedad. Debe haber visto mi curiosidad y la excitación de mis acompañantes. Ellos bebieron además, un ponche y una copa de ron. Una estatua de Neptuno se yergue con su tridente en un apreciado sitio de la sala; la silueta de una sirena coquetea desde una columna, sosteniendo una concha de quién sabe de qué mares ignotos. Un prisionero de fiera estampa pelea con las gruesas cadenas que lo mantienen atado de pies y muñecas. Un esclavo negro toca su tamboril y como un lamento, rememora su tierra africana. En una litera descansa un marinero; debajo, otro limpia los mosquetones y engrasa los engranajes de una cureña; otro, hace lo mismo con un cañón corto que ha sido averiado.

-¡Hundido! –exclamaba cuando de niña jugaba a la batalla naval. ¡Agua! Sin embargo, los relatos del capitán de bandera merecen la pena de ser escuchados.

-Este galeón participó en las batallas del Canal de la Mancha. Voy a relatar los hechos de la batalla de Trafalgar, que fue por otros confines.

Mientras oigo atentamente el relato de apagado fervor, veo que la estatua de cera que estaba limpiando las armas, reacciona ante la orden.

-¡A estribor, el enemigo!

-¡Rizar velas y ponerse al pairo!

–El esclavo negro corre hacia babor y ya está la tripulación empujando una botavara para enganchar la vela cangreja y la tarquina. Ya las piezas de artillería están dispuestas en posición de ataque. Un proyectil llega por barlovento… Veo al prisionero de recia figura que no consigue liberarse de las cadenas y ya piensa que las cartas están echadas. El dios del mar se enfurece en el estertor de las olas. Hay fuego en una fragata; del galeón que está hacia el poniente, se oye el derrumbe de su mástil principal. Fogonazos cruzan las aguas y gritos de pavor y audacia quieren aniquilar el miedo. La sirena se desprende de la columna y se aleja en busca de sus hermanas para cantar más fuerte, pero los marineros no les prestarán atención. El cabrestante recoge cables; jarcias, calabrotes y obenques se tensan; un bergantín se escora frente a ellos. Ya Neptuno, exasperado, escupe espumarajos de algas y las arroja con desdén. Suena la campana del buque, pero no van a comer; hay olor a pólvora y sudor. Deben apagar el fuego a estribor. Una cureña con cañón corto se desploma sobre un tripulante. El herido de la litera terminó por caerse y se desliza por la sentina irremediablemente. Pistolas y mosquetones humeantes quedan abandonados. El galeón se inclina cada vez más. Con aullidos salvajes, para darse valor, los marineros sobrevivientes se aprestan al abordaje. Cientos de espadachines se lanzan y las dagas piratas relucen en la noche más negra.

-Fue así como el galeón tuvo su trágico final; más de doscientos muertos y cien heridos. Se hundió a veinticinco millas del puerto de Cádiz. Ahora, amarrada en la Marina de Alicante, su réplica se mece seductora, casi como se ofrecen las muchachas en las inmediaciones de todos los puertos.

Abro los ojos y me veo sentada en la cubierta bebiendo un zumo de melocotón. Las palmeras de la Explanada de Espanya acarician apenas los rostros de los paseantes; los viejitos toman el sol tibio. Miro hacia atrás y veo a los bañistas retozando en la Playa del Postiguet y arriba, desde el Castillo de Santa Bárbara, siguen custodiando. Otean el horizonte que ahora muestra un parejo azul intenso.

Directora General Revista Gafe.info

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