«El eclipse», un cuento de Rosario Valcárcel

«El eclipse», un cuento de Rosario Valcárcel , extraído «De La Peña de la Vieja y otros relatos». (Anroart, ediciones, 2006)

EL ECLIPSE

Mirábamos al sol con todo: con los gemelos de teatro, con el

anteojo de larga vista, con una botella, con un cristal

ahumado; y desde todas partes.

Juan Ramón Jiménez

Cada vez que oigo en los medios de comunicación que un eclipse va a ocurrir en cualquier parte del mundo, me apetece cerrar los ojos, estar a oscuras, enfundarme en los recuerdos. Hoy es un día de esos. Ocurrió hace mucho tiempo, allá por junio de 1955. Yo llevaba mi traje almidonado color rosa con un corpiño rematado en un cuello muy original, era de color blanco con mangas que eran de las que llaman de tres cuartos y una falda suelta, muy suelta.

Todos en la calle esperábamos ver morir el sol, y por ello, impacientes, buscábamos cristales, rotos para ahumarlos y poder mirar al gran astro que nos alumbra, a ese cielo que puntualmente abre sus ventanas todos los días. Para mí el amanecer siempre fue un momento lleno de misterio.

Desde que mi madre corría las cortinas de mi habitación mi pequeño mundo se llenaba de ruidos: el hombre que pregonaba pescado fresco a lo largo de las calles, la señora de la basura con el traqueteo del carro tirado por un burro, el panadero que, como siempre, tocaba puntualmente en los cristales de la cancela con su pan todavía calentito. Los ruidos crecían al mismo tiempo que te ibas despertando; los había de todos los colores y olores, jubilosos o tristes, oscuros o diáfanos. Pero siempre había una musiquilla de fondo: el baile de las aguas del mar, que, casi dormidas, anunciaban el nuevo día.

Aquella mañana prometía que iba a estar movidita, iba a ser diferente a todas. Los relojes no se detuvieron, pero, por unos minutos las clases se suspendieron, los fuegos de las cocinas se apagaron, los perros y los gatos callejeros dejaron de ladrar y maullar, los gallos y las gallinas revolotearon asustados, las guaguas y los coches no circularon, los comercios cerraron sus puertas y todos los habitantes de la isla formaron una piña para observar el gran misterio que iba a acontecer en nuestro cielo.

En los días precedentes, la maestra nos había explicado que los pueblos primitivos asisten con inquietud al fenómeno del oscurecimiento del cielo y de la desaparición del astro-rey, que incluso algunas tribus indias ven en un eclipse la intervención del diablo y, que los hombres lanzan sus flechas al cielo, como si pretendiesen rechazar las sombras del demonio, o bien ejecutan danzas mágicas para alejar calamidades y desastres. Con gran curiosidad escuchábamos sus explicaciones, sentíamos miedo y por eso nos sentábamos a su alrededor; nos juntábamos tan pegaditos que nuestras almas no podían respirar.

Mamá también intentó contarme lo que era un eclipse, y estoy segura que hasta llegó a la definición etimológica de la palabreja. Ella nunca había contemplado uno, pero todo el mundo hablaba de lo mismo. Los comentarios se dispararon y recuerdo el más alarmista:

-Esto va a ser el fin del mundo.

Y llegó el día señalado, creo recordar que fue sobre el mediodía. Algunos turistas despistados se unieron a nuestras filas, con sus pantalones cortos y sus aromas a bronceadores, que para nosotros aún constituían una extrañeza. En la plazoleta de Farray estábamos todos congregados: mis padres, mis vecinas, mis amigas. Todos alborotados sin dejar de mirar hacia el cielo.

El sol cada vez brillaba más, y poco a poco su luz se enrojecía. De pronto alguien lanzó una advertencia:

-Si miran al sol se quedan ciegos.

Asustada, agaché la cabeza, me tapé los ojos con la falda de mamá. Y me estuve quietita hasta que se hizo de noche. Fue una sensación especial e inolvidable: Cuando la luz del sol comenzó a huir sentí frío, como si realmente ya fuese de noche. Unos lloraban de emoción, otros se reían, y muchos se guardaron las placas ahumadas, quizá como recuerdo para el próximo eclipse, aunque tardase muchos años en llegar.   

Rosario Valcárcel

De La Peña de la Vieja y otros relatos. (Anroart, ediciones, 2006)

Blog-rosariovalcarcel.blogspot.com

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