El don de la literatura, por Maurizio Bagatin

Leemos por placer, y leer es un placer difícil. La lectura es una vivencia, dijo Ortega y Gasset, el mismo que reconoció como un género literario también la traducción. Nos deleitamos en horas robadas al sueño, y en todos los libros del mundo, en su Eros y en su Tánatos, en las enemistades que el anti filosofo predijo al libro, como en las nuestras, nosotros los seres humanos. Leemos hasta el fin del mundo.

“¿Dónde hay don? ¡En la literatura!”

Jacques Derrida

El filósofo aprendió a ser filosofo aprendiendo a morir, caminando con Platón, en aquel Teeteto que invita al diálogo, sin premuras o debates, dejándonos llevar por el conocimiento que es poesía, por la percepción que es filosofía, o viceversa, que todo es sueño y todo es conciencia. Y en nuestra memoria que quede clara su más apremiante tarea, olvidar. Como si fuéramos dioses del Olimpo, nos adentramos en un espacio infinito, en las pistas que dejan las palabras, las frases, un texto.

El texto literario siempre va a exceder la intención, esa es la gratitud de la literatura, su generosidad. La literatura es un legado sin fin, es Virgilio reconociendo que Homero ya escribió todo, y aceptando que Homero ya había hecho la copia de la naturaleza, a él no le quedaba más que hacer la mimesis de Homero. Hoy nos sentimos soberanos en la lectura, tal vez solo en la lectura, y muerto literalmente el autor –no por morir sino por estar muerto, ausentándose de la vida– recibimos el don de la literatura. Luego hay que olvidar de haber olvidado. El don de la literatura es el silencio de Buda, el borrar hasta la tabula rasa de San Tomas, la palabra nunca escrita de Jesús.

Leemos por placer, y leer es un placer difícil. La lectura es una vivencia, dijo Ortega y Gasset, el mismo que reconoció como un género literario también la traducción. Nos deleitamos en horas robadas al sueño, y en todos los libros del mundo, en su Eros y en su Tánatos, en las enemistades que el anti filosofo predijo al libro, como en las nuestras, nosotros los seres humanos. Leemos hasta el fin del mundo.

“Saber de no’ eser gnente / Xé scominziar a amar”

Giacomo Noventa

Belleza o esplendido fracaso, como sugirió Faulkner, la literatura crea el evento entre el autor y el lector, hay el don porque encontramos lo que buscamos: los fragmentos de nuestra autobiografía, independientemente del contexto, el surco y la sombra de las palabras, el don de un secreto. Cuando leemos una novela recibimos “la falsa moneda” de Baudelaire. Mientras Baudelaire nunca estuvo presente. Se escribe sin conocer gratitud o fama, nunca se escribe por eso, se miente y se espera en el nacimiento del lector que paga con la muerte del autor. Hasta el último lector.

“La gratitud es el único secreto que no puede revelarse por sí mismo”

Emily Dickinson

Todo parece acercarse a su fin, el cansancio de aquellos heterónimos de Pessoa, en sus mascaras y en sus ausencias y en la narración sin verdad -que nos traía la épica de la oralidad- y que presume sabiduría. La narración de Toni Morrison en tardes bochornosas, de sus ancestros bajo aquel árbol de mango que es mito y genealogía, es la belleza de Chinua Achebe en testimoniar todo lo que iba desapareciendo. Dejando que la narración sea la guía y sea el tema, escuchar y escuchar, la palabra en su musicalidad, y la musicalidad en el encanto de la palabra.

Maurizio Bagatin, noviembre 2021

Columnista Revista Gafe

Directora General Revista Gafe.info

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