El cordero, la diva y quien escribe, por Alma Karla Sandoval

Alma Karla Sandoval en esta entrega nos traslada al mundo del teatro y el hechizo de las divas que, emancipándose, liberan. La autora escribe sobre Virginia Fábregas, uno de los secretos mejor sepultados del mundo teatral de México.

El cordero, la diva y quien escribe

Fue en el centro de una ciudad sudamericana. Una noche fría y con charcos profundos como espejos donde había que mirar hacia abajo para ser Alicia. Fue para una tarea del seminario de teatro. Una casona del siglo XIX con ventanales donde José Asunción Silva se fumó todo el fuego de la sabana. La puesta en escena era un recorrido por diferentes épocas históricas. Quick Theater, piezas de diez o quince minutos. La conversación entre dos indígenas a punto de ser quemados, el monólogo de una monja que se masturba y luego usa un cilicio, la organización sindicalista de obreros explotados. De una habitación a otra, el público en grupos de siete u ocho presenciaba aquellos trozos. El último tenía lugar en la sala de un hogar de clase media. El marido sin belleza, sin tipo de personaje de Anne Carson, se ponía el anillo antes de llegar a casa. Luego, fastidiado, entraba en ese cautiverio que la esposa había sacudido, aromatizado con su angustia que la pobre disimulaba con una sonrisa doméstica. Dos o tres líneas. El diálogo correspondía a la acción dramática real, brutalmente real. Él no tardó en arrinconarla. Le gritó primero, la reprendió por no haber limpiado lo suficiente, por sonreír de esa manera, por esperarlo y no preguntar de dónde venía. Igual la golpeó. Ella se levantó como si aquello fuera algo normal, una ceremonia acostumbrada a su desdicha. Le sirvió la cena. Se volvieron a abrazar.

     Entendí que yo no quería vivir de esa manera. Esa noche, sintiendo aún la llovizna en mis hombros de una ciudad sudamericana, cambió mi manera de mirar el mundo. Fueron dos actores a quienes aplaudí tratando de contener el llanto. Salí lo más rápido que pude de esa casona donde el teatro experimental de una compañía heredera de la tradición latinoamericana desplegó su poder. Es cosa seria eso de subirse al escenario no sólo teniendo algo por decir, cantar o bailar. Quien actúa es responsable de un hechizo, de una magia que, si funciona, transforma universos. Las flores en los tocados de Virginia Fábregas lo sabían. El corsé que no domaba esas curvas era una convención de la cual se olvidaba el público. Pienso en ella y en lo que sé de las divas. En la feria de Jojutla había una carpa. También en las películas a blanco y negro de las dos y media de la tarde que transmitían mientras hacía la tarea de la primaria y ese oro de un cine nacional perfilaba un ethos. No entendía a esas vedettes con lentejuelas, plumas; a esa Tongolele cuya africanidad no soporta un análisis de feminismo decolonial ahora. Se tuvo que morir Almudena Grandes y debí volver a sus textos, a esas memorias asombrosamente libres, a las entrevistas que leí, a Las edades de Lulú por donde transité nuevamente dejando España y quedándome en España con Almudena, con su Madrid y aquello de que el progreso no va en línea recta porque su abuela fue al teatro a ver cómo se movía a Joséphine Baker, otra mujer medio desnuda conturbando la vibración de nuestro imaginario occidental.

     Bailarinas de piel oscura, muñecas de un exotismo del que  Virginia Fábregas escapó con la inteligencia en la huida de Nora, la determinación de Medea, la logística de Lady Macbeth, la ingenuidad de Doña Inés, los sueños guajiros de Nina en La Gaviota, los delirios de Bernarda Alba, el coraje de Anna Fierling como la madre de lo mejor de Brecht, la obsesión de Fedra, la pasión de Blance Dubois, la desobediencia de Laurencia porque Fuenteovejuna mató al comendador, ¿qué decir de la sabia Celestina?, ¿de esa carne hinchada y húmeda entre las piernas de Julieta llamando desde el balcón a la vida que toma, la del otro, para calmar su deseo como el de la misma Lulú?

     Ahí, en esa libertad, en esas vidas que seguramente alumbraron el camino de Fábregas, resplandece una de las claves de su aportación. Sabemos lo que hizo por el divorcio en una época donde separarse del marido era imposible. ¿Se imaginan a una actriz que con veintiún años debuta a finales del siglo XIX con una comedia de Victorien Sardou que se titula precisamente Divorciémonos? El argumento revela que el esposo del que la protagonista trata de separarse resulta ser menos opresivo que el galán en nombre de quien se trama la separación. Dar el primer paso en el mundo teatral con una historia de este tono marca el destino. Virginia se mantuvo transitando a la vera de esa temática más allá del proscenio. Afuera del teatro interpretó el rol de empresaria, de musa inalcanzable de poetas como Amado de Nervo, de socialité en las grandes reuniones porfiristas, de una persona dueña de sí, de sus vestidos con encajes, perlas, chaquiras; de sus baúles viajeros, de esa dulce adicción al horizonte en los trenes en los cuales cruzó la vida. El cliché de que fue “una artista adelantada a su tiempo” nos rebasa porque, así como el progreso no va en línea recta, los lugares comunes poseen a veces una originalidad resbalosa que nos hace caer desde el prejuicio y sus torres de marfil precarizadas.

     Decía que fue hace veinte años cuando el teatro hizo de mí esto que soy y no comprendo, por eso escribo sobre mujeres que, habiéndose emancipado, liberan. Virginia Fábregas quizá tuvo más clara su misión con esa personalidad y empuje que no sólo la volvería referente y efeméride, sino también origen de una dinastía en cierto país donde faltan divas verdaderas, no siervas de segundos, terceros o cuartos estados. Quiero decir, divas torciéndole el cuello al cisne del machismo, el abuso, la impunidad de una institución como el matrimonio donde ella es un cordero vestido blanco con una cinta vieja, prestada o azul para beneplácito de una sociedad que aplaude otras costosas, feminicidas y absurdas puestas en escena.

Alma Karla Sandoval

Columnista

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