«El cigarrito» 1 relato de Antonio Arroyo Silva

¿Me das un cigarrito, ahí, y un par de euros para la guagua?

Caminar los vericuetos de los mundos y decir hola, he llegado, aquí estoy con todo mi cuerpo y toda mi conciencia. A veces tenemos lo más elemental delante de nuestras narices y nos vamos por los laberintos de la palabra y la puerta batiente de ese momento nos da un trallazo en la toda la jeta. Entonces, en los sueños, vemos a un tipo infrahumano, nuestro Harry Krugger particular, que nos espera en una esquina cualquiera.

Como un fantasma. Cuando menos lo esperas, siempre aparece. Penetra los muros de tu pensamiento, mientras tú, en Babia, no ves los afueras y todos sus rinconcitos sombreados por eso que llaman maldad. Su pinta de personaje marginal, con esa suciedad de años y lluvias. La barba en perfecto desequilibrio con la alineación de tus estrellas, el brillo del diente cariado que asoma tan infame. Un ojo servil y el otro avizor pespunta el nudo de la narración desde la lejanía. Los dos juntos, carroñeros. Cuando te miran, en principio, te abrazan; después asgan tu conciencia.

-Ya te tengo, pardillo—parecen decir—.

Y el olor, ese olor de murciélago. Ese tufillo de los mil demonios que invade la atmósfera y marca su territorio, como el lobo que levanta la pata y mea y aquí no entra ni dios. Entonces te pide un euro, mejor cinco porque mis hijos no tienen qué comer. Y sigue, sigue como en sordina.

-Qué jodida vida, entra en el cajero y dame algo más, entra en el super y hazme la compra. Que tú eres buena gente, que has llegado a mí como el maná caído del cielo. Y los ángeles, los arcángeles te protejan y blablá…

Y tú no te atreves a decirle «ya está bien». Crees que con esto espantas tus principios de buen samaritano. Crees, que, a fin de cuentas-pobre diablo-,  un halago es un halago.  Él lo sabe, lo sabe el muy ladino y juega a la pena por los semejantes. Esto de no saber decir lo de siempre para el caso no es un buen negocio. Pero cuando intentas decirlo con la cabeza gacha, con el típico preámbulo del «bueno, es que…» ya te cae encima, va contigo adonde quiera que vayas en ese momento, entra en la tienda de electrodomésticos y te mira de soslayo no sea que el dependiente lo eche a la calle. Después te sigue y te llama. No importa que te hagas el despistado, te pide un cigarrito. Te dice que tiene una enfermedad incurable, que se va a morir y va a dejar a sus hijos huérfanos. Te pide, te pide y parece que quiere tu alma. Y entonces ya casi intuyes la carcajada desde su caverna interior. Sabes que en sus palabras de alabanza hacia ti hay una mezcla de desprecio y de ratón que muerde y sopla para matar sin que te des cuenta. Total, le das un euro y dos o tres cigarros para que te deje en paz. Para esconder la cabeza en un hoyo.

¿Recuerdas aquella vez hace tanto tiempo? Tú perdido en la marabunta de los carnavales. Tu disfraz infalible, nadie te iba a reconocer. Tú reías y reías, girabas en la noria de la música bullanguera. Tú con tu enorme careta, tu peluca, tu traje femenino y aquellos ridículos y molestos zapatos de tacón. El disfraz perfecto era estar entre la multitud y ser una risa más por encima de la música, un borrón y cuenta nueva con el mundo antes de la rutina del lunes siguiente. Alguien se acercó y te puso la mano en el hombro y te llamó por tu nombre

-¿Cómo me reconociste, mascarita?—le dije—

-¿Me das un cigarrito, ahí, y un par de euros para la guagua? —me contestó con sardónica sonrisa—.

Como si no llevara disfraz, como si nada. Y yo desconcertado. Me fui de la fiesta. Se me fue el espíritu carnavalero de una vez para siempre.

Después de este episodio tan singular, me olvidé del individuo; pero pocos años después ahí estaba. Con su saludo de triunfo y, en apariencia, con esa alegría del encuentro con el viejo amigo, su rostro de fingida complicidad, guiño del ojo y tal. Uno en plan irónico, deseando que el cielo se le cayera encima aunque solo fuera un segundo, haciendo cruces como quien ve a un nefisto o al tipo pelmazo que nunca esperas encontrar, porque una vez alteró un momento de tu felicidad. Y tampoco puedes afirmar que no fuera un hecho fortuito. Por eso lo saludas y dejas que el tipo dispare toda su artillería, su verborrea deslizante como bola de cebo. Lo tienes todo controlado —te dices—, «a este no le suelto ni un chavo, porque tampoco lo tengo». En ese momento salías del supermercado. Estabas pasando una crisis no solo económica, sino emocional y afectiva. A punto de una separación matrimonial, ya el mundo te importaba un bledo. Y encima doscientos euros para hacer la compra durante los días que restaban del mes. Era esa época en que se decía por ahí: «me sobra mucho mes al final del sueldo». Tus ansias de fumar habían subido de forma proporcional a la carencia de medios para adquirir el objeto de deseo. Y allí estaba contándote sus historias para que te diera pena y le dieras hasta la camisa. No tenías un cigarrito, ni un euro, tus hijos apenas tenían qué comer, tu casa era algo así como un infierno.

-¿Qué me vas a contar—le dijiste—?

Y seguiste tu camino cargando con las bolsas de la compra cuyo peso te hacían daño en las articulaciones de los dedos. Uno que nunca llora, que no le cuenta sus penas a nadie. Así hacemos la mayoría de las personas, nos callamos nuestras cuitas y nos vamos haciendo fuertes para superarlas. Y casi siempre lo conseguimos, los nubarrones se despejan de nuestra visión y un día volvemos a apreciar la limpidez azulada del cielo. Y tú: «este huevito quiere sal»—pensabas por el camino a tu casa—. Solo quiere que le des algo para poder emborracharse o comprar la dosis que necesita. No le importas, ni tú, ni tu vida, ni la de los suyos, ni el mundo que le rodea». Allá atrás te seguía, pisándote los talones y balbuciendo la misma perorata de siempre. Y su decir iba adquiriendo cada vez más el tono de desprecio hacia ti. Y tu imaginación, con todas las películas policiacas que habías visto, resolvía la trama: no es un fantasma, sabe quién eres, dónde vives, adónde vas. Eres un individuo tan transparente como el agua de la fuente. Te sigue. A ti y a los que son como tú. De eso vive. Si hasta los perros callejeros lo hacen, con la diferencia de que si le das comida a un animalito ya tienes ahí a un amigo que moriría por ti. Y este individuo es una sombra. Darle algo tuyo es como echarles solomillo a los cerdos.

-No te doy un cigarrito, ¿te enteras? — le decía sin girarme hacia él y dejándole bien claro mi enojo—.

***

-Créalo doctor. No soy violento. Jamás se me hubiera ocurrido machacarle la cabeza a nadie con una bolsa llena de latas de conserva; pero el hombre se me abalanzó encima y no sé cómo reaccioné de esa manera. Ahí lo dejé sangrando en la calle. Como me sentía responsable de mis actos, acudí a la Guardia Civil y alegué defensa propia. Por lo visto no presentó denuncia, pero yo tuve que pagar los costos del servicio sanitario, alimentar a sus hijos durante una semana y algunas cosas más que no vienen a cuento. Algunos vecinos declararon que el tipo en cuestión les hace lo mismo y que no los deja vivir en paz y que no es cierto que tenga hijos. Su esposa fue ingresada en el psiquiátrico por heroinómana y ahí sigue hasta ahora.

-Muy interesante su historia. Creo que sobrepasa los límites. No se proponga jugar al gato y al ratón, tampoco ir más allá de esta realidad a la que ha sido transferido, donde a veces parecemos extranjeros esperando el pasaporte para un viaje a las estrellas. Parece como si entre sus neuronas hubiera una separación y su mente creara otros mundos para subsanar el vacío que separa las conexiones neuronales. Mucho sosiego, amigo. Tómese la vida con calma. No le dé vueltas a los asuntos que le acontezcan: podría ser peligroso para su salud mental, que ya da la voz de alarma. Se nota que es usted gran poeta, lo suyo es la poesía: en su relato veo muchas descripciones poéticas y eso despista a los lectores del hilo a seguir. Por cierto, ¿no tendrá un cigarrito por ahí?

©Antonio Arroyo Silva

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