El ascensor, de Rosario Valcárcel

Lo que sí recuerdo es que, cuando me provocó el orgasmo, me sentí llena de una felicidad tan irresistible que, igual que los ángeles de Chagall, levité.

Entramos en la cabina y estábamos allí solos los dos. /Nos miramos sin hacer otra cosa. /Dos vidas, un instante, la plenitud, la felicidad…

Vladimir Holan.

Al entrar en el ascensor Joaquín, mi vecino del décimo piso, irrumpió detrás de mí, y como era su costumbre me dedicó una ojeada de reconocimiento. Empezó a seducirme con miraditas. 

-¿Hola, qué tal?

-Bien, bien,

Sabía perfectamente que yo me dirigía a la planta séptima pero alargó la mano y apretó el botón de la novena. Inmediatamente las puertas del elevador se cerraron y comenzó a subir, a subir lentamente, muy lentamente con un zumbido extraño, renqueaba. Al verme inquieta, me dijo con una leve sonrisa:

-No te asustes, los ascensores saben adónde van, no suelen chocar entre las paredes, ni improvisar. -Saben adónde van, además conozco un truco. Sí, un truco que solo debe usarse de vez en cuando porque si se usa mucho corremos el peligro de que se caiga.

-¡Ah sí!, dije desconcertada, muerta de miedo.

No me gustó su tono burlón, ni su comentario, ni encontrarme a solas con él. Podría igual que los locos estrangularme para silenciar las voces que quizás oía dentro de su cabeza. Disimulé con la mirada fija en el espejo que cubría la pared del cajón. Pensé que lo que me contaba era una excusa para entablar conversación.

Pero cuando aquel sepulcro blindado, como los llamaba García Márquez, iba llegando a mí planta me miró con su desafiante mirada y apretó el botón de stop.   

Todo se quedó quieto, inmóvil, entre el cemento y las tinieblas. Me estremecí al imaginarme presa de la cacería. No sabía qué hacer, las manos empezaron a sudarme. ¡No sé cuánto tiempo sentí miedo! Él respiraba de un modo raro, profundo y mantenía su vidriosa mirada en mis piernas desnudas como si quisiera acariciarlas. Yo, sonrojada estiré la ajustada minifalda. Me sacaba de quicio, aunque debo reconocer que me encantaba que me persiguiera.

No sé por qué, nunca me había gustado demasiado ese hombre, aunque, a decir verdad emanaba una especie de poder tan irresistible que me llegaba una fuerte excitación, un deseo, que reconozco le tenía hacía un tiempo.

Recuerdo que me vigilaba, quizás intentaba leer mis pensamientos, aspirar mi perfume, torturarme. De pronto escuchamos ruidos extraños, crujidos, como si las cuerdas de la polea se estuvieran desgarrando. Entonces me invadió la claustrofobia e imaginé que de un momento a otro se desplomaría y que, los dos suspendidos en el aire, como en una zambullida loca, nos precipitaríamos a gran velocidad hacia abajo, hacia abajo, hacia las ardientes llamas del Infierno.  

-¡Les tengo pánico! dije con precipitación. –Cuando era pequeña me gustaba montarme en un ascensor. Subir, bajar, subir, bajar, subir. Pero una vez me quedé casi un día atrapada en una de esas jaulas.

Se echó a reír. Su risa me puso más nerviosa.

Tuve la sensación de que esperaba que dijera algo más. Aquel día me quedé en silencio con el oído atento, sin mirarle a los ojos, ni verme tentada a hacer ruido, ni a moverme. Mi inquietud iba en aumento, me llegaba toda suerte de presentimientos e intimidada por el torbellino de su cercanía, sentí una porción de su humanidad, el poder de su voluntad, su aliento caliente en mi cuello. Sentí como los latidos de mi corazón se aceleraban igual que si estuviese a punto de ser poseída por una violencia brutal. 

Fue un cortejo breve.

Un sexo tan impulsivo como un tornado, un arranque de deseo que atravesó la penumbra y me estrechó con fuerza durante unos segundos. Apretó sus labios carnosos contra los míos y yo, en vez de mantenerlos apretados, cerrados, los abrí en busca de su lengua tratando de encontrar mi excitación, mientras él acariciaba mis rodillas e indagaba en el interior de mis muslos igual que si tratara de memorizarme por medio del tacto.

Pretendí cerrar las piernas pero sus caricias atormentaron mi alma, me susurraron que no lo hiciera. Me arrastraron hacia la muerte.

El alboroto de los vecinos se convirtió en una fuente de excitación. El ascensor estallaba en temblores y yo pensé que iba a desfallecer en brazos del hechicero.¡Cuánto me hubiese gustado quedarme allí eternamente! Los vecinos espiaban, forzaban y aporreaban la puerta del ascensor con gritos y exclamaciones, con risas y voces estridentes.

-¿Qué le pasa a este cacharro?: ¡Toc, tac, toc! ¡Bang, Bang!  -¿Hay alguien dentro? ¡Dejen el ascensor libre!

Debía estar loca para hacerlo, debimos estar locos. Quizás era que en el fondo tenía la extraña sensación de ser invisible; de que cuando saliera de aquel cajón nadie me iba a ver. Nadie me iba a reconocer.

No sé, no sé, tampoco sé cuánto tiempo estuvieron nuestros cuerpos enredados como dos fieras en celo, en el éxtasis de la proximidad, tambaleándonos en una especie de neblina espesa, emborrachados entre aromas a sexo. Ignorando los sentimientos y el cuchicheo de los vecinos, escuchando solo nuestros gemidos de placer, el sobresalto y la fascinación del azar.

Lo que sí recuerdo es que, cuando me provocó el orgasmo, me sentí llena de una felicidad tan irresistible que, igual que los ángeles de Chagall, levité.

                                               (De Cuentos Gozosos)

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