El amor no alcanza para detener el deseo o la necroinfidelidad posmoderna; por Alma Karla Sandoval

Alma Karla Sandoval reflexiona en este texto sobre las narrativas paralelas entre el amor y el deseo.

Solo hay tres cosas seguras en la vida: la muerte, los impuestos y el adulterio, reza un lugar común que nos hiere, pero en cuya verdad más vale remojar el amor romántico. La gente engaña. También las personas en uniones de cualquier tipo que viven grandes momentos juntos. La infidelidad es tan común que se trata del único mandamiento que se repite dos veces en la Biblia: una vez por hacerlo y otra solo por pensarlo. La orilla desde la que suele ser abordado este tema es la de la destrucción del yo o la autoestima de la persona engañada. Me refiero a esa problemática victimización, al blanco y negro, a favor o en contra de ser infieles que nos nublan el entendimiento.

     Nos negamos a mirar de cerca, no podemos admitir, con toda la inteligencia erótica de la que somos capaces, el hecho de que las aventuras existen, de que no se resuelven con ropa interior sexy, viagra o cenas con velas y flores. De hecho, para la experta en relaciones románticas, la belga Esther Perel: “Nunca había sido más fácil engañar que ahora y nunca ha sido más difícil guardar un secreto. Nunca la infidelidad se ha cobrado un tributo psicológico tan grande. Cuando el matrimonio era una empresa económica, la infidelidad amenazaba nuestra seguridad económica. Pero ahora que el matrimonio es un acuerdo romántico, la infidelidad amenaza nuestra seguridad emocional”.[1]

     El romanticismo nos ha hecho creer que su fuerza es un círculo sagrado donde los cuernos no entran, donde tenemos el engaño a raya porque somos irremplazables. Nada más falso, el amor no alcanza para detener el deseo, el hambre de novedad, la transgresión que nos hace sentirnos vivos, pero la pasión tiene una vida útil finita. Hay cosas que incluso una buena relación no puede dar. En efecto, las aventuras son traición, pero también una expresión de añoranza y pérdida. En ocasiones nos consume un anhelo y deseo vivo de conexión emocional, de novedad, de autonomía, de intensidad sexual, un deseo de recuperar partes perdidas de nosotros mismos que la misma existencia patriarcal nos arrebata.

    Al respecto, Kate Millett:

Los triángulos “amorosos” en nuestra política sexual, son diagramas que visibilizan perfectamente quién ejerce el poder, y de qué forma; cómo a través del engaño, la traición de acuerdos y la complicidad de quienes le rodean, esto se posibilita.

En muchos casos, la infidelidad también muestra el sometimiento, cuando una de las personas involucradas desea salir de dicho juego tramposo, pero no puede hacerlo debido a su posición en desventaja, ya sea económica, social, afectiva, emocional, etc.

En estos triángulos, el hombre regularmente es quien está o es el vértice, ambas mujeres están en la base.
El hombre reviste un poder considerable, tanto social, como económico, y encarna a la perfección la duplicidad prevaleciente en las normas morales de una sociedad patriarcal, sexista. [2]

     Es verdad que los hombres, atendiendo a supuestas razones biológicas o evolutivas, así como abusando de sus privilegios, han sido históricamente infieles sin consecuencias. En cambio, las mujeres aún pueden ser lapidadas en algunos países si se les descubre siendo infieles. Esta desigualdad va unida al hecho de que a lo largo de la vida perdemos seres queridos, empleos, salud. También fracasamos, nos traicionan, nos damos cuenta de que ya es tarde para nuestros sueños y a menudo nuestra pareja (quien ya se sabe de memoria esas cuitas) se ha cansado de intentar rearmarnos. Cuando tenemos un amante y nos buscamos en la mirada de ese otro, no nos alejamos de nuestro compañero, sino de la persona en la que nos hemos convertido. No estamos en busca de otra persona, sino en la búsqueda de otro yo.

     La muerte y la mortalidad a menudo viven a la sombra de una aventura como intento por contrarrestar la falta de vida, como antídoto contra la muerte, entonces el amor que corre desesperadamente para huir de su sombra, la encuentra quiera o no. He ahí la necroinfidelidad como la traición definitiva que ocasiona dolorosísimas crisis de identidad, de desconfianza, pero que también nos advierte de la trampa del amor romántico, ese ideal que volcamos en una sola persona para reunir un sinfín de condiciones y llegar la peligrosa declaratoria: “Eres mi todo”.

     Pero esa no es la única razón por la cual somos infieles, incluso si necesitamos sentirnos especiales, dignos de atención, importantes. Sucede que ansiamos lo inasible, lo prohibido. La imposibilidad crea apetitos. No poder tener al amante lo vuelve irresistible. La potencia del deseo es rotunda. No vale luchar en su contra, sino entenderla como un riesgo permanente, pues la infidelidad no se relaciona tanto con lo sexual. Las aventuras se dan incluso en relaciones abiertas porque el cambio, el misterio, la búsqueda de algo distinto que prometa algo único, por fin, es una cosquilla latente. Ingenuos, creemos que hablando podremos resolver esa tentación, pero no existe vacuna en su contra.

     Tal vez por ello las conversaciones se han convertido en el corazón de todas las relaciones amorosas en tiempos de redes sociales, de inmediatez y liquidez sin freno. Las definiciones mutan, los significados dejan de ser lo que fueron. Esther Perel explica que antes, cuando pensábamos en la intimidad, eso tenía que ver con compartir los bienes, la vida, criar los hijos, etcétera. Ahora, la intimidad está relacionada con mirar adentro de mí, “ya no te ofrezco mi dote, mis recursos comerciales, te ofrezco mi vida interna, mis deseos, mis sentimientos, mis aspiraciones, mis preocupaciones y cuando hablo contigo quiero que me mires, no que veas al teclado de tu computadora o celular, quiero contacto, quiero conexión, quiero sentir que te importa, me consideras y validas porque quiero trascender en esta vida cada vez más automatizada. También quiero que nos ayudemos a superar uno de los mayores obstáculos de parejas hoy en día: conciliar seguridad y aventura con amor y deseo”.

     Sumémosle lo que Brigitte Vasallo describe: la monogamia es un sistema que nos organiza los afectos a nivel social de manera jerárquica: primero la pareja, luego la familia consanguínea, luego las amistades y luego los vecinos, etcétera. “Decimos solo somos amigos, nunca solo somos pareja”. En la monogamia teníamos a una persona para toda la vida, ahora es una persona a la vez. Se habla de monógamos seriales como de asesinos del afecto porque si la modernidad escribía en paredes concretas y la posmodernidad en paredes de hormigón; si las identidades eran fijas, la incertidumbre de ser quien soy y de amar sin un yo estable de por medio, complica las prácticas y los acuerdos del amor que no es amor como ha sido enseñado.


[1] Acá la liga donde encontrar la charla cuyo título es “Repensando la infidelidad. Una charla para todo aquel que haya amado alguna vez”: www.youtube.com/watch?v=P2AUat93a8Q. Consultado el 10 de febrero de 2020.

[2] Millet, K. (2017). Política sexual. Madrid: Ediciones Cátedra.

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