El amor de los poetas en la literatura que inventó la literatura; por Alma Karla Sandoval

Según Alma Karla Sandoval, «la literatura rusa ha aportado a la novela, a la poesía, un sentido inmenso de en el territorio de la emoción que es la cultura, su condición humana». Por ello en esta columna se ofrece un díptico epistolar entre la ficción y la realidad de tres enormes autores: Boris Pasternak, Marina Tsvietáieva y Rainer Maria Rilke.

Cartas del verano del 1926

Advertencia:

Lo que usted va a leer es verdad en la primera parte con un fragmento de Cartas del Verano de 1926 traducido por Selma Ancira. En la segunda tendrá en los ojos la nieve azul del comienzo de novela, Desde el corazón siberiano.  Esto porque no cesaré de repetir que la decisión de cancelar la literatura rusa en las grandes ferias globales del libro resulta una medida que atenta contra el patrimonio mundial de la humanidad. Hablamos de un país que ha aportado a la novela, a la poesía, un sentido inmenso en el territorio de la emoción que es la cultura, la condición humana.

I

En el verano de 1926, Boris Pasternak inició el juego de una pasión irrealizable entre Marina Tsvietáieva y Rainer Maria Rilke. La arena dramática donde estos amores tripartitos se desencadenaron era la correspondencia de aquel tiempo. Cartas inflamadísimas de angustia, nostalgia, amor agónico e ilusiones mortuorias. El flujo fue el que sigue: Tsvietáieva declara su amor a Rilke, proponiendo incluso que excluyan de su correspondencia a Pasternak; Rilke la rehúye. Pasternak quiere dejar a su mujer para reunirse con Marina; esta elude el encuentro. Y es que, como ella misma dice en su última carta a Rilke —que quedó sin respuesta—, «el amor vive en las palabras y muere las acciones»; al menos, el amor de los poetas. A continuación, un fragmento de cierta carta, de mis favoritas, que la rusa le escribe al alemán:

Una frase de tu carta: «…si repentinamente dejase de informarte qué sucede conmigo, tú, de cualquier manera, deberás escribirme siempre que…» Al leerla comprendí inmediatamente: esta frase es una súplica de sosiego. Llegó la inquietud. (¿Ahora te encuentras un poco más tranquilo?) ¿Sabes qué significa todo esto: quietud, inquietud, súplica, cumplimiento, etcétera? Escúchame, creo saberlo exactamente

Antes de la vida somos siempre y todo, en la vida somos algo y ahora. (Somos —nosotros mismos, poseemos— ¡no importa qué!) Mi amor hacia ti se desmenuzó en días y cartas, en horas y renglones. De ahí la inquietud. (¡Por eso tú me has solicitado quietud!) Una carta hoy, una carta mañana. Tú vives, yo quiero verte. Una traducción del Siempre al Ahora. De ahí —el tormento, la cuenta de los días, la depreciación de cada hora, la hora es únicamente un escalón hacia la carta. Ser en alguien o con alguien (o desear ser, en general —desear ¡es lo mismo!). Lo he advertido y me he mantenido en silencio. Ahora ya ha pasado. Suelo superar rápido mis deseos. ¿Qué quería de ti? Nada. Probablemente estar cerca de ti. O quizá, únicamente ir hacia ti. Sin una carta era como estar sin ti. Y más mientras más tiempo pasara. Sin una carta —sin ti, con una carta— sin ti, contigo —sin ti. ¡En ti! Si no se puede… ¡Entonces morir! Así soy yo. Así es el amor —en el tiempo. Ingrato, autodestructivo. No amo ni respeto el amor. V vielikoi nízosti liubvi (en la gran bajeza del amor), escribí alguna vez: la grande bassesse de l´amour, o bien, aún mejor: la bassesse suprème de l’amour. Entonces, Rainer, esto ya pasó. No quiero ir a verte. No quiero querer. Quizá algún día, con Borís (desde muy lejos sin una línea de parte mía, él lo «olfatea» todo. ¡Él tiene oído de poeta!), pero cómo, cuándo… ¡No va a darnos prisa! Y para que no me consideres mezquina: mi silencio hasta ahora no se debía al tormento sino a la monstruosidad de este tormento.

 Ahora ha quedado atrás. Ahora te escribo.

Marina


Cada vez que leo este libro muchas preguntas que no logro detener me duelen:

  1. ¿Seremos capaces de correspondencias extraordinarias, amorosas, poéticas, a camino entre el diario íntimo y la novela epistolar?
  2. ¿El e-mail es una herramienta que nos ayuda verdaderamente?
  3. ¿Por qué dejamos de escribirnos?
  4. ¿Por qué nos enemistamos con la distancia que ya no es tal con MSN, blogs, etc?
  5. ¿Nos podemos desenamorar de las palabras y los ojos de quienes por momentos nos detestan?
  6. ¿Es cierto, como decía Paz y muchos otros que finalmente «decir es un hacer»?
  7. ¿Cuánto estaríamos dispuestos a seguir perdiendo para yo no extraviar a destinatarios como Rilke?
  8. ¿Hasta cuándo seguiremos soñando encuentros que no se dan sino para des-encontrar lo que soñamos?
  9. ¿Entenderán que así es como dialogo y borrando lo dicho que hiere tanto y hondamente, nos protejo de los demás y hasta de nosotros?
  10. ¿Creerán que perdono casi cualquier cosa?, ¿que lo comprendo: “El mejor apoyo es la crítica”?, ¿que también me puedo dejar encontrar, aunque a veces actúe, como todos los seres humanos, por impulso?

Mi reino, que es mi resto, por alguien con quien escribir sin lastimarnos.


II

Mayo, 1926.

Porque imagino te recuerdo. Y al revés, como si fuera posible que la nieve nos regresara un paisaje de mundo lejano. Estoy acá, pero no tengo nada dentro en esta casa. Ni una voz. Ni siquiera una de nido que agoniza o se rinde ante el invierno. Allá, donde sueñas, hará un sol de tarde sobre los balnearios vivos en diciembre. Allá, un aceite de olivas gordas caerá sobre el pan blanco. Aquí, Rainer, también oscurece el alimento y cae llanto sobre la mermelada de zarzamoras negras que preparé hace mucho pensando en la dulzura de tu corazón. Pero no tarda ese recuerdo en volverse puente roto apenas entra en mi boca y confirmo que el papel es ucronía. Ya no existen las palomas mensajeras de antaño. Hoy es más grave la distancia. Ningún ave puede con esa inmensidad. Dirías que sí, que las palabras tienen alas fuertes, que son angélicas. Luego escribirías un verso para encender la noche y las estrellas fugaces de la ventana. Con esa luz lo entendería: voy a ti y regreso de ti. 

Mi voz, lo sé, es un copo de nieve azulando.

*

Yo no quería conocerte como no se quiere el mar ni el río si naciste en el desierto. Tampoco deseaba ver esta guerra. Me era suficiente con un destino natural, con una mente que se cierra y se abre, es un acordeón en los festejos, música que la gente baila cuando es feliz y no se interroga.

No, no quería mirar la calle largas horas, largos días en silencio.

El que trae las cartas es un viejo pelirrojo. Nunca hablamos. Imagino que le gusta el vodka tibio, que cruza la Plaza Roja una vez a la semana y que alguna vez ha llorado pensando en Catalina.

Sólo eso quería decirte hoy. Ése es mi deseo. He ahí el capullo de una extraña flor que quizá mañana, cuando tenga más fuerza y más paz para escribirte, veré abrir.

*

No hay tiempo para la flora que crece en el espíritu. Aquella rosa tardó semanas en dejar libres sus pétalos. Son rojos, sangre descrita por muchas mujeres en la cuadra, como los relatos de quienes han perdido a sus hombres en combate.

Serguei sigue allá, es cierto. Valoro que te preocupes. Él, con el último uniforme, el que peor le quedaba, lanza gritos en medio de disparos y de infinitas tragedias que sí puedo imaginar. Me cuesta creerlo, es el mismo hombre que lloraba mirando una cometa o cargando a nuestra hija. Es un hombre solamente, sí. Entonces debe ser claro y ser oscuro. Pero nada tengo por decirle al azar que lo rodea, a la contradicción que sigue atándonos.

Contigo es imposible lo que puede ocurrir. Con él todo lo posible me atormenta.

*

¿Y si tomáramos el Transiberiano?, ¿y si una vez en Moscú, cansados de tanta noche y tantos caminos bebiéramos un té y volviéramos al vagón para subir de nuevo al exilio que somos?

Llegaríamos hasta París para encontrarnos.

Entonces escucharías mi pecho titilar. También hay una estrella ahí, un astro sin gloria. 


Alma Karla Sandoval

Columnista

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