Duelo, por Diego Niño

El autor del blog Tejiendo Naufragios del diario El Espectador y columnista del portal Panorama Cultural. Ganador del XVII Concurso Nacional de Cuento Jorge Gaitán Durán, Primer Concurso Literario Guillermo Meneses y de las maratones de cronistas de Rock al Parque y de La Semana por la Paz. Finalista del octavo concurso La Cueva y del cuarto concurso de Bogotá en 100 palabras. Diego Niño comparte un relato exclusivo en esta edición especial de otoño. ¡A disfrutarlo!

La noche cae suave, sin aspavientos. “No imagina el problema para conseguir las inyecciones de mi papá”, le dice una mujer al conductor del bus intermunicipal, quien la mira de reojo. Está sentada en la silla del copiloto, la cartera sobre las piernas. Viste una chaqueta negra y lleva una cola de caballo que permite ver un cuello largo y delgado. El colectivo está lleno. Los vidrios empañados. Las montañas se diluyen en la penumbra de las seis de la tarde. Recuerdo la noche anterior: el golpe de dados contra el vidrio y tus dedos moviendo las fichas azules que perseguían a mis fichas rojas. “Te voy a comer”, aseguraste con una sonrisa ladeada. Me miraste a los ojos. La luz de la vela se reflejó en tus anteojos. Lancé los dados. Estalló el golpe del plástico contra el tablero. El par de cincos apagaron tu sonrisa. “Ese cáncer no lo cura toda la plata del mundo”, continúa la mujer. Parece que corre arena por su garganta. Un señor abre un paquete de papas. El olor de frituras se mezcla con el tufo de humanidad encerrada. Las vacas se presienten en las sombras que corren frente a mi ventana. Cae una llovizna delgada y horizontal como la llovizna que caía cuando salimos del bar. Caminamos en silencio por una Tunja húmeda y fría. Atrás quedaron el tablero de parqués y las copas de vino. La neblina se apretaba contra las farolas y el pavimento brillaba como si lo hubieran lustrado. Tengo antojo de besarte, dije. Te pusiste roja hasta la raíz del cabello, pero no respondiste ni cambiaste de expresión. Ni siquiera me miraste a los ojos. Todos los días pienso en ti, en tu silencio, en tus manos de dedos largos, continué. La llovizna se transformó en una lluvia irrevocable. Aceleraste el paso como si presintieras el peligro emboscado detrás de los árboles del Parque Pinzón. Me detuve. Frenaste cuando te diste cuenta que no estaba a tu lado. “Mi papá fue un profesor exigente, cuchilla”, afirma la mujer sin importarle que el conductor no la escucha. Él observa la carretera con la cabeza hundida entre los hombros, la espalda arqueada y las manos aferradas al timón. Parece que hiciera la ruta a pie, con nosotros sobre su espalda. Regresaste cuando entendiste que yo no caminaría más. “Sabes que no se repetirá… bien claro te dije que era una vez y nada más”, aseguraste como si te pesara cada palabra. ¿Por qué no?, pregunté. Mi voz se adelgazó en cada sílaba hasta terminar en una hebra que se llevó el viento. Levantaste la mano izquierda. La luz de las farolas se reflejó en tu anillo. “Sólo fuiste mi despedida de soltera”. Cada palabra fue una puñalada. El aguacero arremetió con rabia. Intenté replicar, pero no esperaste mi respuesta: diste media vuelta y continuaste tu camino. Contemplé tus pasos sobre el pasto mojado y las manos en los bolsillos de la chaqueta. “Este dolor no se lo deseo a nadie”, dice la mujer mientras nos adelanta un carro de alta gama. El señor del paquete de papas duerme con la boca abierta. La mujer intenta hablar, pero le sale un quejido. Carraspea. Abre la boca, pero emite un sollozo que termina en un lamento intenso y doloroso. Contrae los labios. Se tapa la boca con la mano derecha. Se aprieta la nariz con el índice y el pulgar. Ninguna estrategia ahoga sus lamentos. Al contrario; los aviva. El conductor contempla a la mujer sin saber qué hacer ni qué decir. Los pasajeros la escuchamos en silencio. Una lágrima baja por la mejilla de mi vecina de asiento. La limpia con el dorso de la mano. El conductor acelera para sobrepasar un camión. La mujer solloza mientras avanzamos por una carretera que refleja las luces de los carros que se alejan.

Diego Niño

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.