Domesticar al feminismo y los vericuetos de la cancelación; por Alma Karla Sandoval

En esta entrega, Alma Karla Sandoval nos envía un adelanto de su próximo libro que va sobre la cancelación y otras temáticas.

Para Andy Ortiz y Javier Payeras

Algunos libros nos dan fuerza para seguir adelante con los propios. Hace media hora terminé la lectura de La cancelación y sus enemigos del autor catalán, Gonzalo Torné. Un embrujo sigue en mi mente como la nota de un perfume terco o el sabor de un vino cuyas consecuencias serán memorables. Hace tiempo deseaba escribir sobre la cancelación, uno de los síntomas más agudos de la sociedad pre y pospandémica. No es que sea algo nuevo, pero vivimos otro impasse en el que la corrección política a veces nos congela las manos. Parto de mi experiencia en este libro. Todos los días me pregunto si lo que Torné llama “audiencias más o menos emancipadas” se volcarán en contra de este texto no solo por el título, también por las dudas expuestas, por la incomodidad cuando pigmentizan mi discurso o cuando leo a las “malas feministas” subrayando sus aciertos, pero aclarando las ideas que no comparto. Asimismo, cuando cancelan a una persona que aprecio por denuncias falsas y, a pesar de que he repetido hasta el cansancio, “hermana, yo sí te creo”, me descubro perfectamente capaz de concederle el mismo voto a un colega que jamás me acosó, ni se propasó, ni me consta que lo haya hecho con alguien más. Dirán que eso no es garantía, pero la cancelación con sus múltiples filos puede arruinar el porvenir y no vengan a echarle la culpa al #MeToo gracias al cual cayeron muchos depredadores que protege el sistema, pues la palabra de ellos aún vale más, sigue siendo más verosímil, que la de nosotras. Por eso hablo de denuncias anónimas que pueden ser escritas por hombres que odian a otros, por intereses políticos o por venganzas.

Recurro entonces al derecho, a la figura de presunción de inocencia, a la verdad de que toda persona debe tenerse por inocente hasta que existía una sentencia firme de autoridad competente en la que se le considere responsable de la comisión de un delito. Luego pregunto en voz alta con toda la intención de arrepentirme, “¿qué estás diciendo?, ¿acaso vivimos un presente con redes sociales a la usanza de altos tribunales de justicia?” Claro que no, pero las confusiones entre lo que se ha llamado crítica, censura y cancelación nos marean al punto de ir por Nietzsche para asumir que, al parecer, ya no hay hechos, sino interpretaciones. Escribir cada línea revisando no solo cómo está compuesta, si se entiende y logra conmover a los lectores; sino además con presión, pensando si no va a ofender a nadie es un desafío que los artistas e intelectuales deben afrontar. Tengo anotado este párrafo de Gonzalo Torné:

¿Cómo vamos a confiar en alguien que se deja vencer por la presión? Todos los escritores del pasado que nos interesan se enfrentaron a presiones parecidas y las vencieron. ¿Cómo pretende un artista que no tolera las presiones de un público disperso y sin poder ejecutivo que le tomemos en serio? ¿No es la primera responsabilidad de un artista la de atreverse?, ¿la de no quedarse encerrado en el silencio de su cabeza por miedo al qué dirán? Quien se autocensura se descarta.

Esto también aplica si eres filósofa, antropóloga, socióloga, psicóloga y agreguemos a esas profesiones el apellido feminista con todo y que a ese término lo han venido ensuciando para lavarlo con los detergentes, con los cloros de un nuevo estereotipo que Torné llama el signo buenista. No porque milite, porque siga reivindicando los derechos de las mujeres o varios de mis libros toquen esa temática debo pensar con anteojeras. Todo lo contrario, me parece que debo evitar las trampas del estereotipo antes citado, salir de armarios seguros y afirmar, por ejemplo, que no aplaudo ningún tipo de cancelación por más positiva ni buenas intenciones que conlleve, por más justicia que supuestamente entrañe. Me refiero al campo de la libertad de expresión, no al de algunos delitos probados: el abuso sexual a menores, el acoso cuyas denuncias suelen ser varias1, la violación, el feminicidio, todos merecedores de penas como las dicta la ley. Me refiero al derecho a disentir sin que por eso te coloquen en el pecho otra letra escarlata más, la “o” de odiante. A este paso algunas autoras transitaremos la vida con un alfabeto completo marcado en la piel o, en vez de milagros que nos cuelguen, demonios que nos nombren.2

No admito la cancelación, pero sí la denuncia, porque por más desencuentros con quienes no están a favor de las identidades de género (ya les contaré por qué, es una larga historia que se cuaja mientras espero en mi correo cierto libro), por más que respingue observando cómo ciertos escritores tan ancianos como “intocables” de la literatura se ríen del lenguaje incluyente, por más que rechace las novelas o las películas de ciertos autores o autoras con una visión de mundo puramente misógina, necesito y sí, ese es el verbo: ne-ce-si-to saber, enterarme, escudriñar su pensamiento, analizar sus comentarios que rechazo desde mi opinión que, si goza de buena salud, debe entender que no es la única en el mundo. Después de todo, el traje del emperador es la desnudez absoluta y si no puedes separar la vida de la obra, pues nos veas las películas de Woody Allen, no aumentes sus ganancias, punto final. Pero eso de prohibirlas en sociedades enteras suena a quemarlas, ¿no es un exceso cercano al fundamentalismo? Además, ¿cómo tener claro quién es quién si ya no se puede decir nada que incomode a nadie?, ¿nos vamos a perder la exhibición de la oscuridad de la que se aprende o la estolidez que algunos abrazan muy orondos en público? ¿Cómo vamos a dejar de disentir por miedo? Donde todos piensan igual, ¿quién hace las preguntas?

Ya es imposible subir una foto a Facebook haciendo ejercicio, bromeando “se les va a acabar su gordita” porque aquellas de honrosos cuerpos desobedientes y por ende con sobrepeso, se sienten muy, pero muy agraviadas. Es cierto que la gordofobia es una enfermedad social grave que debe combatirse, pero hay una gran diferencia entre tenerle terror e ir detrás de los cuerpos grandes y estar entrando en una edad ya nada juvenil lidiando con padecimientos de salud que obligan a cuidar el peso. Eso lo tuve que explicar, pues nuestros actuales criterios de valoración no son nada profundos, se dejan llevar por 140 caracteres, un TikTok, cualquier foto truqueada o cuatro líneas en Facebook. Si la “regamos”, debemos disculparnos hasta por estar enfermas, procedí de esa forma y una de esas jóvenes tampoco se conformó.

Pensar cada palabra de más, mucho más, al grado de ya pronunciar ninguna, es un extremo muy peligroso.

En aras de “no ofender a nadie”, de que lo personal es político cuando me siento herida, pero no cuando puedo herir porque no sé en verdad qué ocurre en la trama vivencial de cada persona, ya que prejuzgo sin elementos, pues lo único importante es no sentirme oprimida por flaca, gorda, morena, blanca, negra, pobre o millonaria, etc., equivale a caerse de una cuerda floja. No existen océanos de mermelada que pueda comerse la rival de ninguna Shakira. La mayoría de edad kantiana va en retroceso. ¿Nos hemos transformado en adultos que van a la revisión de un examen universitario de la mano de sus papás?3, ¿guardaremos servil y obedientemente silencio en una burbuja que no me garantiza que mañana no vengan por mí como en el poema de Brecht? Algunas editoriales ya empezaron, dejaron de publicar a Carolina Sanín y a Laura Leucona, vistas cuales Marquesas de Sade en el siglo XXI, porque no están de acuerdo con que las mujeres trans lo sean, más allá de sus postulados en los que no coincido, el asunto es que se comienza desapareciendo libros, al rato personas. Pero no, todo está bien, de maravilla siempre y cuando te arrodilles ante un pensamiento único.

Recuerdo la serie The Good Place, un el cielo donde los muertos iban a parar porque ahí estaba su alma gemela, el trabajo soñado, la casa que siempre quisieron tener, hasta sus tiendas favoritas, todo aséptico, perfecto, pero como en otro capítulo de “La dimensión desconocida”, ese lugar era un experimento del infierno para probar que la verdadera tortura para el ser humano es no permitirle un margen de error, cumplirle todos sus deseos, acceder a la simulación integral.

Podría seguir exagerando (algo que me sale muy bien) y citar la preciosa novela de Maryse Condé, Yo, Tituba, la bruja negra de Salem, en la cual se describe el ambiente coercitivo y, por lo tanto, histérico de una población reprimida y aterrorizada por la creación de un enemigo: Satán4 como poderoso instrumento de control que llevaría a esa psicosis colectiva que también fue la caza de brujas, pues todo aquello que no obedeciera las interpretaciones delirantes de la religión católica, era motivo de hoguera, te transformaba en monstruo. ¿Qué decir de las purgas en la URSS en tiempos de Stalin, si atendemos a la historia, no solo al contexto literario? El gulag era el destino “más noble” si te delataban, podían fusilarte sin más o tomar a tu hijo como rehén en una cárcel durante años para que no denuncies, como le ocurrió a Ana Ajmátova; de Marina Tsvietáieva mejor ni hablemos.

Dije que podía exagerar, que conste, porque la censura para ser declarada necesita que un Estado la ejecute. No así la crítica ni la cancelación que, si bien no se compara al trabajo forzado en un campo de exterminio, te deja sin empleo, te condena al ostracismo y esa demonización obliga a varias o varios autores a buscar ganarse la vida trabajando de cualquier cosa sin la ilusión de que vuelvan a publicarte ni en un blog con cien visitas. Quienes insisten y resisten dignamente buscan estrategias de crowdfounding. Si pueden, pagan sus libros, incluso los distribuyen por paquetería en contacto directo con los lectores.

Las feministas con un amor total por la escritura estamos acostumbradas a esas acciones en medio del editopatriarcado, hijo del colonialismo, del sexismo, del capitalismo habituales.

Por eso comprendemos que muchas de nuestras obras no tendrán lugar en las editoriales “bien” mientras más agudas, “difíciles”, inteligentes, subversivas e incómodas resulten. Son como modelos que si no pesan menos de cincuenta kilos no caminarán en ninguna pasarela.

Los editores dicen que buscan lo que todo el mundo pueda entender, desde una adolescente hasta un doctor en Robótica, no obstante, lo que necesitan es asegurar las ventas con productos que no prescindan del todo de sustancia, pero eso sí: que no provoquen pleitos, no te vayan a cancelar en una feria del libro por la vehemencia con la cual expones ideas nada populares, nada buenistas. Admito que, gracias al morbo, la dichosa cancelación no ha sido tan mala para ciertas autoras. Basta con su efecto mediático para que se busque en la red lo que ellas escriben o las lleven a exponer puntos de vista en programas vividores del escándalo, de los likes. De cualquier modo, facturan.

Entre ese revoltijo de lo que vende miles de ejemplares, las cancelaciones y la autocensura, nos inmolamos. Perdemos mucho más por la venganza (en los exiguos casos de denuncias que se inventan) y la sed lectora (¿o vampírica?) de literatura de autoficción que calma al stablishment o novelas que siguen siendo románticas con protagonistas adalides del feminismo como recientemente nos han hecho creer: muy bien portado con su puño arriba, aplaudiendo la cancelación sin preguntas5, presente en hermosas mareas cada 8 de marzo, pero cuidadito pintarraje paredes, disienta con otras dentro de sus filas, se ponga a pensar libremente y no se rinda ante la comodidad del silencio. Así es como desean atontarlo, volverlo un “movimiento social” cuyo amo, el dinero, le aviente un disco. Ese es su primer caballo de Troya y quizá el más burdo.


1 Harvey Weistein, Andrés Roemer y Plácido Domingo son tres muestras de personajes denunciados por varias mujeres, lo cual nos reveló que estos depredadores obedecen al mismo modus operandi.

2 Torné, Gonzalo. La cancelación y sus enemigos. (2022). Barcelona: Anagrama.

3 En relación con una carta del catedrático granadino, Daniel Aranda, que se viralizó. Para enterarse mejor, https://www.larazon.es/sociedad/20230116/n7irvyle6rgh5aa2w5etb7ojru.html. Consultado el 19 de enero de 2023.

4 Que, por supuesto, se imaginaba de piel oscura, negra. Ahora hasta al supuesto enemigo hay que blanquearlo, pero no de más, no vaya a ser.

5 Leí hace poco en las redes de una feminista, quien además es poeta y respeto mucho, que cuando una cuestiona a otra mujer utiliza un instrumento patriarcal poderosamente introyectado. No podía creerlo, la duda, la pregunta es una cualidad de la inteligencia, de la curiosidad, del deseo de saber parte de la verdad que pudiera descubrirse. No creo que por tener un pene seas, en automático, un potencial feminicida. Como tampoco pienso que una vagina te concede inocencia irrebatible o te convierta en víctima a pesar de ti.

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