«Costuras silentes» de Alberto Sánchez Argüello; por Lilian Elphick

CÓMO SE COSE UNA MINIFICCIÓN

Un buen microrrelato se cose con puntadas narrativas muy finas. El resto del universo fictivo está en silencio y así debe ser. Es lo que sucede con el libro Costuras silentes, del nicaragüense Alberto Sánchez Argüello, publicado en formato digital por Editora BGR, 2022. Cada texto es capaz de conmover de modo muy profundo al lector/a. Más que la brevedad, es la intensidad la que logra la conmoción. El texto leído me saca de mi centro narcisista y me genera empatía y una sensación esponjosa de sumergirme en las palabras, como si fueran agua o arena. Por ejemplo, dos textos de diferente temática, pero igualmente intensos, cosidos con una puntada hábil y filosa, como una telaraña o un machete abriéndose paso en la selva:

TRANSFORMACIÓN DE LA MATERIA

La niña, exhausta, se sienta cerca del río que cruza la ciudad. De su mejilla se desprende una lágrima que cae, rueda lenta por el asfalto, se pega al zapato de alguien que escapa y termina deslizándose entre las orugas metálicas de un tanque.

PREMONICIÓN

En la cabina, a la espera de los últimos pasajeros, finalmente llegó el mensaje: «No iré». Era seco, indiferente, como ella. Cerraste los ojos durante una hora y tu rabia alcanzó el punto máximo cuando la turbulencia empeoró y el capitán ordenó colocarse en posición de choque, segundos antes que las ventanas explotaran.

El escritor-maestro Ernest Hemingway dijo que lo más importante nunca se cuenta. Es la conocida Teoría del iceberg, que deja lo esencial, lo profundo, extirpando circunloquios y frases manidas, y que logra no sólo sorprender al lector/a, sino que lo somete a un estado de revelación o epifanía. Es el caso del cuento «Colinas como elefantes blancos», que genera dos historias: una superficial y una profunda. 

Al escribir microrrelatos también se puede usar esta técnica de supresión y silencio, y es lo que sucede en los dos textos ya señalados. El lector/a deberá organizar la materia narrada y discernir qué es lo más importante en el texto de la niña: ¿La lágrima que va de un lugar a otro?, ¿la transformación de la materia?, ¿las orugas del tanque? El lector/a audaz comprenderá más allá de estas «verdades».

            En primera instancia, el título «Premonición» nos podría dar alguna pista para aprehender cabalmente el texto, pero cabe preguntarse dónde está el nudo que tensa la historia: ¿En el mensaje de último momento?, ¿en la rabia transformada en desastre aéreo?, ¿en la vida y en la muerte del amor? ¿Dónde está esa verdad que acerca al lector/a al precipicio? Porque aquí se descarrila el texto y el que lo lee. El lector/a desprevenido, ciertamente, no «adivinará» la esencia de este microrrelato y zozobrará en la superficialidad de las palabras.

EL COSTURÓN APOCALÍPTICO

La serie «Prisioneros», que consta de 13 textos, podría considerarse una micro-nouvelle. Como los prisioneros/fugitivos, cada texto está encadenado al otro, según el avance del discurso narrativo. Impresiona la crudeza de cada palabra que estalla en los ojos de quien lee. Se trata de un costurón, una herida aún abierta que no sana. Los personajes no saben a ciencia cierta cuánto tiempo llevan encerrados, propiciando un paisaje físico y emocional que oscila entre el absurdo apocalíptico y una distopía que bien puede ser una llamada de atención hacia un mundo que perfectamente es capaz de habitar el Real. ¿Qué tan distópica es esta serie?, ¿qué tiene de distópica esta distopía, valga la redundancia, cuando se revela como las venas abiertas de América Latina, parafraseando a Eduardo Galeano?:

Hemos decidido escapar de este calabozo. No sabemos  cuánto tiempo llevamos aquí, sólo recordamos que somos  presos políticos de tres dictaduras dinásticas. Uno de nosotros dice recordar que su red de conspiración usaba códigos secretos a través del telégrafo. En total somos siete prófugos, incluyendo al guarda del  turno nocturno que ya está harto de su salario y el mal plan de salud estatal.

VI 

En nuestro recorrido por las kilométricas tuberías de aguas  negras conocimos las intimidades de presos y guardias.  Discutimos con un ejército de ratas que se nos quisieron  unir y Julián nos salvó de ser devorados al aceptar ser su líder y quedarse para siempre en aquella oscuridad.  

Salimos a través de estrechas alcantarillas que nos  obligaron a transitar desnudos, cubiertos de grasa de  cerdo. Luego corrimos desesperados a campo traviesa por  un bosque de pinos.  

Caminamos durante días, con hambre y frío, hasta que  llegamos a una pared tan alta que ocultaba el sol: entonces  descubrimos que no habíamos salido de la prisión. 

VIII 

El camarógrafo del reality nos pedía que asumiésemos poses dramáticas mientras escapábamos; pero sin  exagerar, porque llorar de terror y mearnos encima no era nada atractivo para la televisión internacional.

El narrador de la serie —sin nombre, quizás para otorgarle más universalidad a la historia— ha vivido casi siempre encerrado en las mazmorras: Era un niño cuando me trajeron acá.  Acompañaba a mi padre en una marcha cuando nos apresaron a los dos: mi edad no fue obstáculo para  incluirme entre los presos políticos (Texto VI, serie «Prisioneros»).  La infancia vulnerada es muy clara en este texto. El sistema totalitario o, mejor dicho, el capitalismo multinacional, apresa de modo arbitrario y violento a quien no esté de acuerdo con sus pautas de dominación y sojuzgamiento. A mi modo de ver, lo más descarnado y donde se sustenta el costurón apocalíptico, es en la aparición del reality (texto IV y VIII), que sitúa la atrocidad como algo perfectamente ‘normal’, dada la convulsión de los tiempos. Por lo tanto, el escape es susceptible de ser filmado y ‘actuado’. Según el teórico francés Jean Baudrillard «con la aparición de los primeros reality shows en 1971[…], nosotros ya no miramos más, sino que ésta [la TV] nos mira a nosotros «vivir», pues «se ha producido un giro del dispositivo panóptico de vigilancia…hacia un sistema de disuasión donde está abolida la distinción entre lo pasivo y lo activo».[1] El reality en la serie «Prisioneros», y siguiendo a Baudrillard, ya no se erige en el Real, sino en lo Hiperreal, que «es más que nada la sustitución de la misma por su imagen, por su máscara, por una construcción artificial de ella […] y se presenta como una realidad más real que la realidad pero además más atractiva y con mayor poder de seducción ya que ésta no es ya el reflejo, el clon o el holograma de lo real, sino la misma realidad perfeccionada, digitalizada, fotoshoppeada, cuya naturaleza acaba por sumir en el olvido a la realidad […]». (Martha Nélida Ruiz, 2011).

Esta simulación va de la mano con la ‘banalidad del mal’, término acuñado por la filósofa Hannah Arendt, en su libro Eichmann en Jerusalén:  «Fue como si en aquellos últimos minutos [Eichmann] resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes».( En Wikipedia).

El costurón apocalíptico (no pretendo agregarle una connotación religiosa a la palabra ‘apocalipsis’) va mucho más allá del Show de Truman, por citar aquí la película dirigida por Peter Weir, donde un hombre, sin saberlo, vive toda su vida dentro de un reality. La película es ingenua en comparación con la realidad mostrada en la serie «Prisioneros», que finaliza con una adaptación al perverso sistema social de encandilamiento, y que engulle a los personajes:

Años después logramos escapar finalmente y un país nos dio asilo. Nos acostumbramos a la luz del día y empezamos a salir a los espacios públicos. Algunos de nosotros fuimos invitados a  programas de radio y a Emilio le donaron un  brazo de plástico, con la mano en un eterno gesto de  victoria que mostraba a los paparazzi que nos seguían a las  cenas de gala de las embajadas. (Texto XIII, serie «Prisioneros»).

La serie «Revoluciones» consta de cuatro microrrelatos y exhibe un alto contenido absurdo y paródico. Como bien se sabe, la parodia supone un original y una copia deformada. El desencanto está presente en estos textos, a pesar del guiño festivo del narrador:

Para evitar que nos tacharan de terroristas le hicimos ver a la población que los funcionarios públicos no eran muy distintos a los muebles de una casa y después de cada explosión repartíamos flores y chocolates entre los niños que miraban arder los edificios. (Texto II, Serie «Revoluciones»).

Como figuras excelsas de la Revolución, pero miniaturizados y paródicos, los personajes peregrinan por el país a ‘revolucionar’, aunque en los textos no se explicite qué cambios desean llevar a cabo:

[…] fue Matías el que siempre descolló, con su mochila gris cargando las mínimas pertenencias, por su compartir generoso, su vida transparente y sus palabras que empequeñecían las nuestras con su fuerza y lirismo político.

            Todos fuimos unánimes en la decisión de embalsamarlo en pleno discurso, inmortalizándolo así para las futuras generaciones, un claro ejemplo de vigor y ética revolucionaria. (Texto III, Serie «Revoluciones»).

            El embalsamamiento del personaje Matías evidencia un punto de alta tensión. Se cristaliza el espíritu transparente de sus palabras para futuras generaciones que sí harán la verdadera revolución, como si la otra, la fallida, fuese sólo un ensayo. Se agregan otras rebeliones que merman los objetivos de los personajes y que, finalmente, acabarán devorados por el sistema, al igual que en la Serie «Prisioneros», aunque entre una y otra serie haya una diferencia abismal.

Vimos en grandes caracteres el llamado a una revolución popular pansexual, otro anunciaba el despliegue inminente de las masas de animalistas clamando por la revolución de las mascotas, uno en letras más pequeñas prometía la revolución de la niñez e incluso salió uno que llamaba a solidarizarse con la revolución plateada de la tercera edad.

Dejamos aquella batalla absurda y empezamos a vender camisetas con frases que sabemos que un día engendrarán la única y verdadera revolución. (Texto IV, Serie «Revoluciones»).

            Para finalizar, sólo debo agregar que el libro Costuras silentes, de Alberto Sánchez Argüello, va más allá de lo que normalmente se entiende como un conjunto de microrrelatos. Aquí, el lector/a no encontrará chistes ni finales sorprendentes, como si fueran un voladero de luces; no encontrará, asimismo, textos de anécdota facilona. No hay nada en este libro que haga conjeturar al lector/a que se trata de una lectura para las vacaciones o para quedarse dormido bajo las tibias arenas del lugar común. Costuras silentes, dada las temáticas trabajadas, es un escrito provocativo y conmovedor, que llama a la reflexión y al cuestionamiento de ciertos paradigmas socioculturales. No me queda sino felicitar a este gran autor centroamericano. Nos deja la vara muy alta: nos ha cosido el alma.

Santiago de Chile, octubre de 2022


[1] Reseña de «Cultura y Simulacro», de Jean Baudrillard. Martha Nélida Ruiz Uribe. Razón y Palabra  2011,  (75).

Directora General Revista Gafe.info

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