Claudia Lars: la voz luminosa de la poesía salvadoreña

0

Claudia Lars (1899–1974), seudónimo de Carmen Margarita Brannon Vega, es una de las grandes voces de la poesía centroamericana del siglo XX. Su obra combina espiritualidad, lirismo y conciencia femenina, tejiendo un puente entre la tradición modernista y la expresión interior más pura. Desde Tristes mirajes hasta Sobre el ángel y el hombre, su palabra rescata la infancia, la fe y la naturaleza como territorios esenciales del alma.

Claudia Lars Por Ironman93 - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=22099759

Claudia Lars Por Ironman93 - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=22099759 Fotografía de Claudia Lars difundida en medios culturales. Uso con fines culturales y educativos.

CLAUDIA LARS

(Carmen Margarita Brannon Vega; Armenia, 1899 – San Salvador, 1974) fue una poeta salvadoreña considerada una de las voces más sobresalientes de la lírica centroamericana del siglo XX.

Poeta precoz, publicó a los diecisiete años su primer libro, Tristes mirajes (1916), gracias al mecenazgo del general y poeta Juan José Cañas, uno de sus primeros mentores. En 1919 su padre la envió a los Estados Unidos, donde residió en el barrio de Brooklyn (Nueva York) y ejerció como profesora de lengua castellana en la Escuela Berlitz. En 1927 regresó a su país natal y retomó contacto con los círculos literarios salvadoreños, lo que revitalizó su creación poética.

En 1934 publicó Estrellas en el pozo, obra que le valió el reconocimiento de la crítica y del público, y que dio paso a otros títulos como Canción redonda (1936) y La casa de vidrio (1942). En este fecundo periodo también aparecieron Romances de norte y sur (1946), Sonetos (1947) y Ciudad bajo mi voz.

En 1948 se trasladó a Guatemala, donde desempeñó el cargo de agregada cultural de la Embajada de El Salvador. A su regreso, dirigió la revista Cultura y publicó algunos de sus libros más representativos: Donde llegan los pasos (1953) y Escuela de pájaros (1955), este último dirigido al público infantil.

Posteriormente editó Fábula de una verdad y Tierra de infancia (1959), que presentó como sus memorias poéticas. Su obra Sobre el ángel y el hombre obtuvo el segundo premio del Certamen Nacional de Cultura en 1962, y en 1965 fue galardonada con el primer premio del certamen conmemorativo del cincuentenario de los Juegos Florales de Quezaltenango (Guatemala) por Del fino amanecer. Su último libro, Nuestro pulsante mundo, se publicó en 1969.


Fuente: Tomás Fernández y Elena Tamaro. «Biografia de Claudia Lars» [Internet]. Barcelona, España: Editorial Biografías y Vidas, 2004.

POEMAS


Me salva de mí misma:
huésped del alma en alma devolviendo
la palabra que abisma,
lo que entiendo y no entiendo
por este viaje en que llorando aprendo.
Amoroso elemento
forma su fina y leve arquitectura;
con ágil movimiento
de flor sin atadura
abre su vuelo reino de blancura.
Sube de mí, conmigo,
a cumbres de silencio, a ruido vano;
siendo el eterno amigo
con invisible mano
siembra fuego cantor en barro humano.
Su llamada secreta
colma venas de noche, luz vigía;
es canción y saeta,
profunda compañía,
íntimo sol… para mi breve día.
Le he visto por la nube
con rabel de pastor cuidando sueños;
por su arboleda anduve
sobre aromas pequeños,
y era el abril de verdes abrileños.
Cuando el clavel tenía
edad de tierna boca adolescente;
cuando el gorrión ponía
aleteo en mi frente,
él ya me daba su lección paciente.
Mi soledad le pide
alta verdad y voz corregidora;
sé que su tiempo mide
vida razonadora
y miseria viviente, hora tras hora.
Calor sin mengua vierte
en puertasola, bajo nieve hundida;
amando me convierte
en amante aprehendida,
y ya no puedo estar semidormida.
Contraluz de mi pecho
a veces me lo vuelve casi nada;
mas del soplo deshecho
su pena derramada
es goce de otra cita enjazminada.
Isla de mar adentro,
donde dulce marea crece y canta;
iluminado centro
que hasta el cielo levanta
angélico poder de mi garganta.

De «Sobre el ángel y el hombre»
Primera parte

1. Quiero, para nombrarte, voz tan fina
y tan honda… conciencia de la rosa,
eje del aire, llama melodiosa,
cambiante y desolada voz marina.
 
Vaivén de arrullo, trémolo a sordina,
rumor que el mundo y el azul rebosa;
arpegio de la escala luminosa
donde el canto de amor sube y se afina.
 
Para nombrarte debo ser tan clara
como lira perfecta que tocara
mano imposible, de belleza viva.
 
Y ha de vibrar dulcísimo tu nombre
-verbo del ángel, música del hombre-
en mi delgada lengua sensitiva.

De «Sonetos del arcángel»

Casa sobre tu pecho
Aquí a tu lado, en medio de las cosas
y del recuerdo… tuya, conmovida.
Por tu claro hospedaje detenida
y también por tus horas dolorosas.
Van a tu amor las arpas de las rosas
y todos los rosales de la vida.
Ya no pierdo mi frente, ya encendida
es tu jardín, la tarde en que reposas.
Inmensidad de cielo y tierra envuelve
esta alianza secreta que resuelve
pasos de ayer en casa tan segura.
De ti saldrán los días venideros
y en los junios de luz o en los eneros
tendré el hondo crecer de esta dulzura.

De «Donde llegan los pasos»

Porque guardo la rosa:
porque la llevo, adentro,
como una llama dócil que obedece
a un fuego nunca visto
y a un coral encendido entre mareas.
 
Su corazón eterno
vive bajo mi pecho y mi palabra.
Su profunda raíz, color de vino,
estalla siete veces
en siete nuevos trajes del aroma.
 
Conozco el río interno donde canta
y el barquero dormido
que la trae a mi labio, dulcemente.
Conozco su silencio
y también su lenguaje melancólico.
 
De su torre de espinas
brota un clima de luz que me sostiene;
un maduro recuerdo del recuerdo,
con sus nombres caídos
y sus puertas a orillas del sollozo.
 
¡Qué soledad de flor puede saberla
como yo… como el gajo
de estas ascuas pequeñas que me llevan
buscándola, llamándola,
hasta encontrar su rama enajenada?
 
nos hermana un secreto:
tal vez todo el amor que va conmigo.
Ligaduras de edades nos acercan.
Inmóviles palomas nos vigilan.
 
Suelta corre en mi sueño,
inaugurando tiernos horizontes,
y a mi deseo sube, sin decirlo,
con su licor de meses
y su jardín de cuerpos y abandonos.
Creo que puede ser mi propia sangre,
mi perdido planeta,
este bulto de cálida alegría
y esta mina de fuego.
 
Para marcar su sitio,
su vestido de rosa entre las rosas,
estoy aquí, viviéndola en mi tacto,
en numerosas muertes
y en la sien desvelada en ruiseñores.


 Canción que te hizo dormir
 
La noche del mundo:
¡qué largos cabellos…!
Los suelta en la torre,
la torre del viento.
 
Los peina en el valle,
los trenza en el cerro,
los abre en las ramas
frías del almendro.
 
La noche del mundo:
¡qué oscuro su cuerpo. ..!
En él se transforman
las cosas del suelo:
el lirio descalzo
se calza de acero;
el loro se vuelve
piedra de silencio;
la errante neblina
ángel medio ciego,
y el naranjo en flor
un oso de hielo.
 
La noche del mundo:
¡qué nombre de sueño,
qué barca volante,
qué tiempo sin tiempo!
 

De “Sobre rosas y hombres”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *