Berlín, una ciudad atravesada por la poesía
Durante una semana, Berlín se convirtió en territorio de poesía, encuentro y traducción. La 30.ª Cita de la Poesía reunió voces de distintas lenguas y procedencias en bibliotecas, espacios culturales y recorridos por la ciudad, celebrando treinta años de una iniciativa independiente construida alrededor de la palabra.

Participantes de la 30.ª Cita de la Poesía de Berlín, celebrada en septiembre de 2026. La imagen recoge uno de los encuentros de una edición marcada por la convivencia, la poesía y el diálogo entre lenguas. Fotografía: archivo de la Cita de la Poesía.
Crónica de la 30.ª Cita de la Poesía

Durante más de una semana, la poesía cambió de lugar en Berlín. Entró en bibliotecas y centros culturales, atravesó parques y cementerios, viajó en tren, se sentó alrededor de una mesa y pasó de una lengua a otra. No hubo un único escenario para la 30.ª Cita de la Poesía: la ciudad misma terminó formando parte del encuentro.
Quizá esa sea una de las formas más precisas de acercarse a lo ocurrido en Berlín en septiembre de 2026. La Cita no fue solamente una sucesión de lecturas. Fue convivencia, desplazamiento, conversación y escucha. Personas procedentes de distintas geografías y tradiciones poéticas compartieron durante varios días algo que difícilmente puede condensarse en un programa: el tiempo necesario para que la literatura deje de ser únicamente una obra escrita y se convierta también en relación.
La trigésima edición proponía, además, un territorio común: las preguntas de Pablo Neruda a la existencia, la vida, las emociones y las cosas. Así quedaba formulado el eje de la convocatoria.
Las preguntas nerudianas operaron menos como un cuestionario que como una provocación poética. Una manera de volver a mirar aquello que creemos conocer y aceptar que la poesía no necesariamente responde: a veces su tarea consiste precisamente en preservar la pregunta.
Treinta años alrededor de la palabra

La historia de la Cita se remonta a 1996. La documentación publicada con motivo de esta edición sitúa entonces el comienzo de una iniciativa que, alrededor de José Pablo Quevedo y de distintos círculos poéticos alemanes y latinoamericanos, fue construyendo un espacio de encuentro en Berlín.
Treinta años después, su permanencia resulta quizá tan significativa como su programa.
Los encuentros culturales independientes sobreviven gracias a algo difícil de mostrar en una fotografía: trabajo, persistencia, traducción, coordinación, espacios que abren sus puertas y personas dispuestas a sostenerlos.
La propia documentación de 2026 permite ver esa estructura colectiva. José Pablo Quevedo figura como iniciador, organizador y comunicador; Jürgen Polinske, como organizador y moderador; Bárbara Quevedo y Margit Streblow participan en las labores de traducción; Marina Polinske, en la asistencia, junto a otras personas responsables de coordinación.
Las fotografías históricas conservan otra dimensión de esa continuidad: poetas alrededor de una mesa, papeles, café, conversaciones; poesía visual; reuniones que pertenecen ya al archivo de la Cita. Frente a ellas, las fotografías de 2026 muestran otras personas ocupando nuevamente ese espacio.
Cambian los rostros. Permanece el gesto de reunirse alrededor de la palabra.

Berlín no fue un decorado
La Cita permitió también otra forma de conocer la ciudad.
Berlín apareció como una superposición de tiempos: la ciudad contemporánea y la ciudad histórica; la literatura y sus lugares; las memorias públicas y las íntimas.
La visita al Museo Anna Seghers permitió entrar en el espacio cotidiano de una de las escritoras fundamentales de la literatura alemana del siglo XX. El programa de la Cita reservó para el 8 de septiembre la visita y un seminario en su casa-museo, antes de continuar la jornada con las lecturas.
Pero la literatura siguió apareciendo fuera de los museos.

Los recorridos por los cementerios berlineses llevaron hasta las tumbas de Anna Seghers y Bertolt Brecht, y ante Brecht ocurrió uno de esos pequeños acontecimientos que ningún programa puede prever del todo: leer un poema frente al lugar donde descansa quien lo escribió.
En el Alter St.-Matthäus-Kirchhof, el recorrido volvió a unir cultura y memoria: los hermanos Grimm, Rio Reiser y otros nombres de la historia cultural alemana conviven allí con espacios dedicados a la memoria LGTBI y a quienes murieron a causa del sida.
Un cementerio puede ser también una biblioteca extraña: nombres, fechas, historias interrumpidas y las huellas que una sociedad decide conservar.
Berlín se dejaba leer.
También el Instituto Cervantes de Berlín abrió otro territorio del viaje: el de la circulación de los libros, la edición y la literatura en español. Dejar allí algunos libros fue un gesto pequeño, pero coherente con lo que estaba ocurriendo durante aquellos días: las palabras desplazándose de un país a otro y buscando nuevas personas lectoras.
Y después estaba la otra ciudad.
La de las estaciones y las largas caminatas. La Puerta de Brandeburgo al atardecer. Los lagos. Los parques. Las comidas. Las conversaciones que continuaban después de las actividades.
Porque una Cita de poesía también sucede cuando ya ha terminado la lectura.
Una poesía que cambia de espacio

Las lecturas se desarrollaron en lugares muy diferentes entre sí. El programa documenta encuentros en la Alte Schule de Adlershof, la Bürgerinitiative für ausländische MitbürgerInnen, el espacio artístico La Girafe, la Kirche zum Vaterhaus y la biblioteca de Prenzlauer Allee, donde la última jornada incorporó improvisación y creación poética.
Cada lugar modificaba la escucha.
No se lee igual un poema en una biblioteca que en un espacio artístico. Tampoco se escucha de la misma manera a alguien después de haber caminado, comido o conversado con esa persona durante varios días.
Ahí aparece una de las singularidades de la Cita: la poesía abandona durante unas horas la condición de objeto literario y entra en la vida compartida.
El testimonio publicado posteriormente por otra de las personas que vivió el encuentro insiste precisamente en esa dimensión: escuchar otras voces, conocer distintas maneras de comprender la literatura y descubrir todo aquello que sucede alrededor de las lecturas.
Ese «alrededor» importa.
La lengua del otro

Durante aquellos días convivieron lenguas, acentos, procedencias y tradiciones literarias diferentes.
La documentación de la Cita registra participantes llegados de distintos lugares junto a un amplio grupo de poetas vinculados a Berlín. La antología de esta trigésima edición extiende todavía más ese mapa: incorpora participantes de 2026, pero también voces relacionadas con la historia del encuentro y autores a quienes se quiso rendir homenaje.
En ese contexto, traducir dejó de ser una operación invisible.
La traducción era una condición del encuentro.
Un poema no atraviesa intacto una lengua. Cambia el ritmo, la sonoridad, las asociaciones; algunas palabras encuentran equivalencias y otras conservan una resistencia que ninguna traducción puede resolver completamente.
Y, sin embargo, el poema cruza.
En ocasiones se escuchaba primero una lengua que parte del público no comprendía plenamente. Permanecían la voz, el ritmo, los silencios, la respiración. Después llegaba la traducción y abría otro acceso al texto.
Entre ambas quedaba algo que ninguna versión necesitaba traducir:
la escucha.
La memoria también forma parte de la poesía

La trigésima edición tuvo además sus momentos de reconocimiento.
El poeta alemán Ulrich Grasnick recibió un homenaje durante la jornada del 8 de septiembre, un gesto expresamente recogido en el programa y posteriormente documentado en las informaciones publicadas sobre el encuentro.
El homenaje, la visita a Anna Seghers, los cementerios, las fotografías de ediciones anteriores y la propia celebración de treinta años terminaban estableciendo un diálogo entre presente y memoria.
Porque la literatura no vive únicamente de novedades.
Necesita también recordar de dónde viene, quién escribió antes y qué conversaciones permanecen abiertas después de que quienes las iniciaron ya no estén.
Lo que no aparece en el programa

Después de más de una semana participando en la Cita, resulta difícil reducir la experiencia a una relación de nombres, nacionalidades y escenarios.
Hay algo que ningún programa puede registrar.
Las conversaciones después de los poemas. Las caminatas. Una comida compartida. Alguien buscando una palabra en otra lengua. Las diferencias de opinión. El cansancio. Las afinidades inesperadas. La hospitalidad. El poema que escuchamos sin saber todavía que permanecerá con nosotros.
Eso también fue la Cita.
Y quizá sea una de las razones por las que un encuentro de estas características puede alcanzar treinta ediciones: porque además de organizar actos culturales, produce memoria compartida.
Durante unos días, personas que probablemente no habrían coincidido de otro modo compartieron ciudad, palabras y tiempo.
La poesía hizo el resto.
La poesía todavía pregunta
Treinta ediciones después, las preguntas continúan abiertas.
¿Qué puede hacer hoy un poema?
¿Qué sucede cuando una lengua escucha a otra?
¿Qué queda de una lectura cuando quienes participaron regresan a sus ciudades?
¿Para qué seguir reuniéndose alrededor de la poesía en un mundo saturado de discursos, imágenes y velocidad?
La 30.ª Cita de la Poesía de Berlín no ofreció una respuesta única.
Afortunadamente.
Durante unos días permitió ensayar otras formas de responder: leer, traducir, caminar, conversar, disentir, recordar, escuchar.
Después, cada cual volvió a su lugar.
Pero algo había sucedido.
En una ciudad atravesada por tantas capas de historia y memoria, un grupo de personas decidió continuar haciendo una cosa aparentemente frágil y profundamente persistente:
reunirse alrededor de la palabra.
Treinta años después, la poesía continúa preguntando.

Beatriz Giovanna Ramírez
Berlín, septiembre de 2026

