Carta a una muerta con buhardilla que le rentaba a Vila-Matas; por Alma Karla Sandoval

«En su primera columna del año, Alma Karla Sandoval escribe una carta a Marguerite Duras en torno a la que ambas llaman bioescritura».

Carta a una muerta con buhardilla que le rentaba a Vila-Matas

Enero, 2022.

Querida Marguerite:

Hablas de una soledad real del cuerpo que se convierte en la soledad de escribir. Celebro esa lucidez porque a menudo, quien escribe, se divorcia de piernas, glúteos, estómago, corazón, garganta, brazos, dedos. Es como si solo quedara la cabeza flotando entre olores a café, cigarro, pan del desayuno, mermeladas, arroces o pastas de comidas y cenas porque cuando se escribe desde el fondo, los relojes se derriten. La última enumeración no es gratuita. El cuerpo necesita estar saciado de alimento y descanso para poder expresarse en relación con lo que falta: quizá sexo que comienza en la mano de un amante o la sed de fuga. También se inventan libros para hacer excursiones imposibles en los confinamientos reales o simbólicos. Qué bueno que no te tocó esta masacre de ilusiones, esta mortandad de planes. Qué bueno que desde el presente en el que escribo te sé muerta. Habrías bebido de más, siempre aún más, de haberte visto obligada a estos encierros domiciliarios, a estos hoyos negros de la desesperación que romantizaste desde la escritura: «Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará. No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea de libro es encontrarse, delante de un libro. Una inmensidad vacía. Un libro posible. Delante de nada. Delante de algo así como una escritura viva y desnuda, como terrible, terrible de superar. Creo que la persona que escribe no tiene idea respecto al libro, que tiene las manos vacías, la cabeza vacía, y que, de esa aventura del libro, sólo conoce la escritura seca y desnuda, sin futuro, sin eco, lejana, con sus reglas de oro, elementales: la ortografía, el sentido», en ese su límite, Madame Duras, casi entiendo a Giorgio Agamben, quien a su vez creyó interpretar a Walter Benjamin, explicando cómo en la Europa del siglo pasado y en este, ciertas vidas pueden ser desechadas, despreciadas y asesinadas sin que esto se convierta en delito. A una persona que sufre tal vejamen él la denomina «Nuda vida», o «vida desnuda», situación que, como él ejemplifica, vivieron los judíos en la Segunda Guerra Mundial, los palestinos en el actual conflicto árabe-israelí, los migrantes que buscan una oportunidad en Europa o las víctimas civiles en las guerras contemporáneas.

     El término de «Nuda vida» se asocia con lo que vivían algunos esclavos en el imperio romano, cuya vida podía ser sacrificable sin que esto constituyera un delito, o un acto punible, era una vida sagrada, dispuesta para el sacrificio, un homo sacer, de allí el título que ha dado nombre a la obra que ha hecho más visible al filósofo italiano y en términos de biopolítica que a ti de seguro te llamarían la atención; pero no tanto como para dedicarle tiempo de tu sangre a esa temática. No. Lo tuyo también era sagrado en la medida de que la escritura, como dices oblicuamente, tiene cuerpo, espacio; tiene una piel de zapa agredida por la impunidad del instante que sí se fuga e intentamos capturar cuando escribimos poemas en prosa que nos llevan décadas forjar: «La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros. Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé. La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura. Mis libros salen de esta casa. También de esta luz, del jardín. De esta luz reflejada del estanque. He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir», confiesas y hay impunidad en ese crimen del tiempo ido, pero disfrutado, es decir, cómplice de un goce que quizá se identifique son su síntoma: la soledad casi siempre a la larga comunicable, como proclamó María Zambrano. Porque sí, estás muerta, pero viva igual que aquello que sólo puede expresarse a solas, eso que leímos a golpe de lámpara, de faroles en ciudades silbantes en el recuerdo o en ridículas luciérnagas cuando cerramos los ojos.

    A eso le llamo inmortalidad y es peligrosa. Es el alma de la bioescritura, ese Círculo de Praga contra el que nadie pudo ni podrá, escribe Vila-Matas, ese muchachito al que le rentaste el cuarto de arriba en tu departamento de París. Tal como lo cuenta él mismo en Paris no se acaba nunca, te llevaba sus manuscritos como embriones de La asesina ilustrada que tú corregías entre apuros de guiones, artículos, llamadas de amantes o bohemia. Apuesto a que sí tenías balcón o su equivalente en ese locus amoenus al que apelas: «Cuando yo escribía en la casa, todo escribía. La escritura estaba en todas partes. Y cuando veía a los amigos, a veces no acertaba a reconocerlos. Hubo varios años así, difíciles, para mí, si, diez años quizá, quizá duró diez años. Y cuando los amigos incluso muy queridos acudían a visitarme, también era terrible. Los amigos nada sabían de mí: me apreciaban y acudían por gentileza creyendo que hacían bien. Y lo más extraño era que no me importaba. Eso hace salvaje la escritura. Se acerca a un salvajismo anterior a la vida. Y siempre lo reconocemos, es el de los bosques, tan antiguo como el tiempo. El miedo a todo, distinto e inseparable de la vida misma. Uno se encarniza. No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que se escribe», ¿querrás decir ser más fuerte que el deseo mismo de escribir? Porque efectivamente, el cuerpo se nos va a lo que amamos y materializa esa emoción en fluidos que pueden fecundar óvulos. Lo demás se vuelve carne, cierto, que es decir historia. Por algo la metáfora de un libro como hijo es un estúpido cliché que no está del todo errado. Poner letras en una página con aliento deseante cuya potencia supere lo que pensamos que somos, es el origen de la bioescritura, esa que llega como el viento y pasa como pasa nada en la vida, nada, excepto eso: la vida.

       Así que aquí tengo la que me corresponde, Marguerite, y quiero imaginar que estoy en la azotea de un edificio francés. Pero no, las fronteras son un capítulo cerrado. Habrá de abrirse y llevaré flores al cementerio donde te enterraron.

     De un libro a una promesa, nada mal para alguien sin balcón, sin buhardilla.

      No encuentro una frase para despedirme, tal vez sólo una palabra como síntesis de tu respiración paranormal: escribo.

Alma Karla Sandoval

Columnista

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