Carilda Oliver: el cuerpo que tomó la palabra

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Carilda Oliver convirtió el cuerpo, el deseo y la experiencia íntima en territorios de una poesía profundamente personal. En «Una semana, una poeta» recorremos la obra de una de las voces fundamentales de la poesía cubana del siglo XX.

Ilustración editorial dedicada a la poeta cubana Carilda Oliver para la sección Una semana, una poeta de Revista GAFE.

Carilda Oliver: cuerpo, deseo y palabra. Composición editorial para «Una semana, una poeta». Revista GAFE. Imagen creada con apoyo de inteligencia artificial.

Carilda Oliver: el cuerpo que tomó la palabra

Hay poetas cuya biografía termina confundida con su literatura. En el caso de Carilda Oliver Labra, esa confusión fue especialmente intensa. Durante décadas, su figura pública —sus amores, su erotismo, su carácter, las historias que circularon alrededor de ella— acompañó una obra extensa que merece ser leída más allá del personaje.

Nacida en Matanzas, Cuba, en 1922, Carilda Oliver desarrolló una trayectoria que atravesó buena parte del siglo XX cubano. Fue abogada, profesora y gestora cultural, pero encontró en la poesía el territorio desde el que construir una voz difícil de reducir a una única tradición. Publicó alrededor de cuarenta libros y recibió en 1997 el Premio Nacional de Literatura de Cuba.

Su poesía habla del amor, pero sería insuficiente llamarla simplemente poesía amorosa.

En Carilda, el deseo tiene cuerpo.

Y ese cuerpo habla.

En una parte de su obra, la mujer deja de ocupar el lugar de quien es contemplada o deseada para convertirse en sujeto de su propio deseo. Esa posición resulta particularmente significativa dentro del contexto social y literario en el que comenzó a publicar. Al sur de mi garganta apareció en 1949; después llegarían libros como Memoria de la fiebre (1958), Tú eres mañana (1979), Las sílabas y el tiempo (1983), Desaparece el polvo (1984), Calzada de Tirry 81 (1987) o Se me ha perdido un hombre (1992). El documento de trabajo de GAFE permite seguir esa extensa trayectoria.

Pero el erotismo es solamente una de sus dimensiones.

En «Anoche», por ejemplo, la experiencia sexual irrumpe sin pedir disculpas. El poema mezcla deseo, ironía, irreverencia y una materialidad que desmonta cualquier representación idealizada del encuentro amoroso. La voz poética observa lo ocurrido, lo cuenta y también se observa a sí misma.

En «Carilda» sucede algo diferente. La poeta se convierte en personaje de su propio poema. Enumera objetos, gestos y rasgos de sí misma hasta construir un autorretrato que oscila entre lo cotidiano y lo íntimo; detrás de esa aparente ligereza aparece también la fragilidad.

Quizá «Cuento» permita observar con mayor claridad otra zona fundamental de su escritura. Comienza con una mujer que se define como «débil», «rubia», «poetisa» y «bien casada». La casa, el matrimonio y la felicidad doméstica empiezan poco a poco a resquebrajarse. El poema atraviesa pérdida, violencia, soledad y regreso hasta llegar a una afirmación decisiva: la recuperación de la propia voz.

Ahí aparece una Carilda particularmente contemporánea.

No porque debamos convertirla retrospectivamente en aquello que queremos encontrar en ella, sino porque su poesía permite observar a una mujer escribiendo sobre el cuerpo, el deseo, la vulnerabilidad y la autonomía desde una primera persona que se resiste a desaparecer.

En los versos finales de «Cuento», esa transformación queda condensada en una formulación extraordinariamente poderosa: «Soy la palabra recobrada.»

Quizá ahí esté una de las mejores puertas de entrada a Carilda Oliver.

Una poeta que hizo de la palabra un lugar para amar y sufrir, pero también para nombrarse.

Y nombrarse, en determinadas épocas, también puede ser una forma de libertad.

POEMAS

A la esperanza vuelvo, a la madera…

A la esperanza vuelvo, a la madera
que construyó mis días importantes,
a la extraviada primavera
de antes.

A la justicia de mirarlo todo
como si me perteneciera,
que en fin de cuentas no hay un modo
de abandonar el hambre de la fiera.


Anoche

Anoche me acosté con un hombre y su sombra.
Las constelaciones nada saben del caso.
Sus besos eran balas que yo enseñé a volar.
Hubo un paro cardíaco.

El joven
nadaba como las olas.
Era tétrico,
suave,
me dio con un martillito en las articulaciones.
Vivimos ese rato de selva,
esa salud colérica
con que nos mata el hambre de otro cuerpo.

Anoche tuve un náufrago en la cama.
Me profanó el maldito.
Envuelto en dios y en sábana
nunca pidió permiso.
Todavía su rayo lasser me traspasa.

Hablábamos del cosmos y de iconografía,
pero todo vino abajo
cuando me dio el santo y seña.

Hoy encontré esa mancha en el lecho,
tan honda
que me puse a pensar gravemente:
la vida cabe en una gota.


Carilda

Traigo el cabello rubio; de noche se me riza.
Beso la sed del agua, pinto el temblor del loto.
Guardo una cinta inútil y un abanico roto.
Encuentro ángeles sucios saliendo en la ceniza.

Cualquier música sube de pronto a mi garganta.
Soy casi una burguesa con un poco de suerte:
mirando para arriba el sol se me convierte
en una luz redonda y celestial que canta…

Uso la frente recta, color de leche pura,
y una esperanza grande, y un lápiz que me dura;
y tengo un novio triste, lejano como el mar.

En esta casa hay flores, y pájaros, y huevos,
y hasta una enciclopedia y dos vestidos nuevos;
y sin embargo, a veces… ¡qué ganas de llorar!


Cuento

Yo era débil,
rubia, poetisa, bien casada.
Tenía deudas
y una salud de panetela blanca.
Hicimos una casa pobremente,
muchas ventanas:
para enseñar nuestros besos a las nubes,
para que el sol entrara.

La casa era tan bella
que tú nunca dormías.
Ya no eras abogado ni poliomielítico
ni nada.
Nunca dije:
¿cuándo vas a poner esa demanda?
porque yo tampoco
cocinaba.

Fueron días
como no quedan otros en las ramas.
Yo me empeñaba en sembrar algo en el patio:
tus gatos lo orinaban,
pero era tan feliz que no podía
decir malas palabras.
Ay, una tarde…
( Septiembre tomó parte en la desgracia ),
Ay, una tarde
( Dios estaría sacando crucigramas );
ay, una tarde
pusiste tantas piedras en mi saya
que desde entonces
ando inventándome la cara.
El cuchillo
tenía la forma de tu alma;
yo quería ser otra, hablar de las estrellas…
( sobraron noche y cama ).
Yo me empeñaba en sembrar algo en tu pecho:
tus gatos lo orinaban,
y era tan infeliz que no podía
decir buenas palabras.

Tarde en otoño.
Miré las sábanas amargas,
el jarro de la leche,
las cortinas,
y el crepúsculo me convirtió en su mancha.
( Yo era un clavel podrido de repente,
un canario botado ).
Con empujones que lo gris me daba,
entre temblores,
volví a la falda
de mi madre.

Pasaron tantas cosas
mientras yo me bebía la soledad a cucharadas…

Un viernes
-un viernes en que tu olvido me enterraba-
llegué a la esquina
deja casa.
Estaba allí como una tumba diferente,
se veía otra luz por las ventanas.
Tuve miedo de odiar…
(Ya era hasta mala).

Pasaron tantas cosas;
el tiempo fue cosiendo mi mirada.

Ahora no pueden asustarme con los truenos
porque la luz me alza.
Ahora no pueden confundirme con un libro.
Soy la palabra recobrada.
¡Ríanse,
agujas que en mi carne se desmandan;
ríanse,
arañas que me tejen la mortaja;
ríanse,
que a mí, también, carajo, me da gracia!


Dejadme dar la vuelta

Ya tuve esta neblina que pesa como un monte,
ya tuve este delirio,
ya tuve este fantasma y lo creí persona,
ya tuve casi el sueño,
y agonicé de pronto sin cerrar la ventana
y me quedé dormida con los ojos abiertos.

Bien sabéis que respiro apenas por milagro,
que estoy de adiós radiante,
de hasta pronto
y no vuelvo.
Dejadme pues alzar este rato de música,
este paisaje breve donde hago maromas,
esta ilusión que tiene un misterio imponente.

Dejadme dar la vuelta de la flor contra el viento
o ser sencillamente una mujer cualquiera
a quien salvó el demonio.


La rosa que cortamos

Yo venía con una paz solemne,
con una fiebre de pascua recobrada;
fija al dolor no obstante,
y ya estabas allí:
pálido papel para mis besos,
como una luz humedeciendo el aire,
lejano ruiseñor copioso,
piedra y carne.

La noche izó su túnel.

Todo fue breve:
el vaso,
la soledad del sur donde comimos.

No era,
No podía ser
porque la rosa que cortamos vuela.


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