«Botones blancos, botones negros», y otros microrrelatos de Maruja Salgado

Presentamos unos microrrelatos de Maruja Salgado.

Botones blancos, botones negros

          Las transgresoras, formando semicírculo en la terraza del aula, aquella cuya baranda asoma al espacio abierto, esperamos rígidas, rostros lívidos y mirada gacha. Dos o tres monjas cierran la línea. Sus tocas, blancas y tiesas como aleros, acentúan los movimientos reprobatorios de sus cabezas y amplifican las acusaciones. Todas llevan los brazos cruzados bajo el escapulario monacal por respeto a la superiora, a ella le corresponde, para mayor afrenta, infligir el castigo. Se ha cumplido el plazo, los botones del uniforme han de ser negros ahora. Las pequeñas nos hundimos más y más ansiando desaparecer. Las manos ejecutoras de la madre escapan de los pliegues del hábito. Con mirada justiciera arranca uno a uno los seis botones blancos de nuestros uniformes y los va botando al suelo con coraje.

          La sangre asciende por mis venas y forma una bola a punto de explotar en el pecho. Exactamente como ahora, tantos años después, solo con  recordarlo. Esa emoción quedó asociada para siempre a la injusticia: las monjas se quedaron con los botones.  


  

No siempre

            Cuando estuvo en la universidad estudiaba en el caos; los apuntes desperdigados, cierto alboroto de entradas y salidas a la hora del trabajo en la sala común… En la actualidad, escritora de profundos poemas y original narrativa, acude en pos de las musas a lugares donde se respire bulla. La hora del café, con el estruendo de fondo de la máquina y las conversaciones en la barra, es su momento creativo álgido. Era, hasta hace un par de semanas cuando cayó en sus manos el libro de autoayuda: “Favorece tu inspiración” y comenzó a tragarse frases, una detrás de otra: Pon sosiego en tu vida, Rodéate de armonía, Imagina un mar en calma, Lo que es afuera es adentro (y viceversa), Ohmmm, Ohmmm… Se puso manos a la obrahasta que consiguió habilitar el lugar de sosiego productivo aconsejado y se sentó a escribir.

            No se le ha ocurrido ni una palabra más.


Andamana. Atidamana

Después de una caminata por La Vega de Gáldar, Guayarmina se sentó al soco de una cueva en la linde del barranco. El paseo había resultado instructivo; su profesora de Antropología estaría satisfecha. Halló elementos de la cultura del agua, parte del pasado reciente de su pueblo, contempló el estado ruinoso del convento franciscano fundado tras la conquista de la isla, se admiró con los puzles de piedras desiguales, encajadas sin argamasa, que todavía cerraban algunas fincas…

          La temperatura era templada, pero necesitaba esa sombra para descansar y calmar sus emociones. Había caído en la cuenta de que hubo, en la tierra que ahora pisaba, un tiempo perdido para ella y esto le produjo una destemplanza extraña. Reparó entonces en que ya había estado antes sentada allí con su abuela, por ella conocía el nombre del vestigio: Cuevas del Señor de Facaracas.

            De repente, sintió la necesidad de adentrarse. Avanzaría hasta el fondo, se dejaría llevar por aquella llamada. La estructura de la cueva, con diferentes galerías comunicadas entre sí por arcadas labradas en la piedra, la llenó de asombro; una especie de trance se apoderó de ella. Buscó un hueco donde ubicarse al contacto con la pared, deseaba permanecer en aquel estado, suspendida entre el tiempo y el espacio. Entonces la vio. Ojos dulces y firmes, boca sonriente y tenaz, extraña belleza altiva coronada por una tiara de cuero; caracolas y conchas marinas se enredaban en sus cabellos, triángulos y círculos pintaban su cuerpo y su tamarco de piel. Sé que eres de mi estirpe, ¿cómo te llamas?

La muchacha, en la tenue frontera de lo real, dijo su nombre. ¿Guayarmina, dices? ¿Eres princesa[1] de la dinastía que fundé? Debes pues conocer tu historia: “Hace mucho tiempo, cuando el agua corría ligera por el barranco que acabas de atravesar, la vegetación cubría sus márgenes y abundaba la pesca en la costa de El Agujero, yo también fui Guayarmina y goberné con Gumidafe toda Canaria. Hasta entonces, eran diez los cantones en que estaba la isla dividida y se producían frecuentes disturbios entre ellos. Muchos de sus Guaires me pretendían por mi hermosura, talento y sabios consejos sobre  asuntos públicos o privados, que les ofrecía respondiendo a sus demandas. Los espíritus superiores me iluminaban por la gracia de Acorán. Otros de aquellos guerreros, envidiaban estas dotes y se levantaron contra mí. Pero yo elegí a Gumidafe, el Guaire de este cantón, como marido. Con mi inteligencia y su valentía sometimos toda la isla. Él Guanarteme, yo Guayarmina, gobernamos sabiamente y en paz un solo guanartemato con capital aquí, en Agáldar. El nacimiento de nuestro sin par Artemy consolidó este poder, y supuso la fundación de la dinastía Semidán.

Fue durante el reinado de nuestros descendientes Tenesor y Abenchara, cuando el mar nos traicionó. Yo, Andamana, había vaticinado que aquel mar que nos daba sustento, nos traería la desgracia.

Calma mi espíritu que aún existan Guayarminas”.


[1] Guayarmina: princesa o reina en el lenguaje prehispánico de Gran Canaria. Hoy nombre propio.

       


Maruja Salgado

Milagrosa Salgado Ramos (Maruja Salgado)

Gáldar, Gran Canaria. Especialista en Educación Infantil. Se mueve en grupos feministas, culturales y sociales. Dedica la mayor parte de su tiempo a pintar, leer y escribir. Pertenece a dos colectivos de lectura, así como a las asociaciones de escritoras y escritores NACE y Palabra y Verso. Participa en exposiciones, charlas y recitales.

Escribe poesía y narrativa, sobre todo, relato y microrrelato. Ha publicado la novela Haz algo por mí (CCPC 2019), dos libros de relatos Cuentos en magenta (CCPC 2019) y Tiempo de Piedras y lirios (2020). Diversas Antologías han recogido sus poemas y microrrelatos. Llevó durante años un programa literario en Radio Gáldar. Coordinó, dentro de Tagoror 2015, durante cuatro años, el Certamen Sábor Literario Ciudad de Gáldar. Compiló y colaboró en la edición del libro homónimo.

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