«La memoria camina de espaldas» Una lectura de Asomado al pasado, de Rubén Mettini
¿Puede la poesía vencer al olvido? En esta lectura crítica de Asomado al pasado, Ramiro Rosón se adentra en el universo poético de Rubén Mettini para explorar la memoria, el tiempo y la permanencia de quienes siguen viviendo gracias a la palabra.

Presentación de Asomado al pasado, de Rubén Mettini. Ramiro Rosón lee el texto «La memoria camina de espaldas», posteriormente publicado por la Revista Literaria GAFE como lectura crítica del poemario.
La memoria camina de espaldas

«La poesía crea un lugar en que no todo se pierde.»
Quienes nos asomamos a la poesía de Rubén Mettini nos encontramos ante una obra que recoge una verdad esencial: escribimos para luchar contra el olvido, para conjurar el paso demoledor de los relojes, para tender puentes sobre el abismo del tiempo. Asomado al pasado ofrece una mirada lúcida y conmovedora hacia atrás, hacia los territorios de la infancia y la juventud, hacia esas figuras familiares que habitaron los días del autor y que hoy, gracias a la palabra, siguen habitando el mundo. Pero no se trata de un ejercicio complaciente de nostalgia, sino de una indagación rigurosa en los pliegues de la memoria, en esos recodos borrosos y opacos de los que el propio Mettini habla en su nota preliminar al libro.
Rubén Mettini, argentino de Buenos Aires, nacido en 1948, afincado en España desde hace décadas y residente en Canarias desde 2013, ha cultivado con solvencia la novela histórica, la narrativa erótica, el teatro y la literatura juvenil, tanto en castellano como en catalán. Pero en la poesía su voz alcanza una capacidad de síntesis emocional que se ejercita con una madurez serena y, al mismo tiempo, con una inquietud incesante. Hay en Mettini algo del viajero que ha acumulado experiencias y no las exhibe con ostentación, sino que las despliega como quien comparte un mapa personal donde cada ruta, cada desvío, cada callejón sin salida posee un sentido.
El propio autor nos advierte, en su nota preliminar, que sus poemas abordan el inexorable paso del tiempo, lo que las horas destruyen, lo que los calendarios arrasan. Y nos confiesa que la escritura se convierte para él en un exorcismo contra la huella de los relojes. Esta declaración no implica una retórica vacía, pues atraviesa cada página del libro como un hilo de Ariadna que nos conduce por los laberintos de la memoria. Mettini, como único descendiente de su familia dedicado a la literatura, siente el compromiso con aquellos que le precedieron, con esos seres que dejaron una huella indeleble en su vida y que ahora, desde el pasado, le ruegan que les preste su voz. Esa llamada, ese “convocar a darles la palabra” que él menciona, opera como el motor íntimo del poemario: no se trata solo de hablar de uno mismo, sino de convertirse en la boca de otros que ya no pueden hablar.
Esta voz se expresa con versos situados a caballo entre lo narrativo y lo lírico, entre la confesión íntima y la reflexión universal. Uno de los poemas más sugerentes es el que inicia el libro bajo el título de “Doppelgänger”, una palabra alemana que literalmente significa “doble andante” y que alude a un fantasma o a una persona real que guarda una inquietante semejanza física con otra. En este poema asistimos a la aparición de Hugo, un amigo de la infancia del autor cuyo rastro se desvanece en los vericuetos del tiempo, y a su extraña metamorfosis en Hugo Marini, personaje de ficción que el autor introduce primero en una novela, Baile de máscaras, y después en páginas de contactos virtuales. Observamos un juego de espejos entre el niño que fue, el amigo que se perdió, el personaje literario que adquiere vida propia y, finalmente, la unión de ambas identidades. “Creo que yo escribo estas palabras”, dice Mettini, “pero tal vez lo haga el niño que se perdió en la infancia”. Esta confusión entre el yo adulto y el yo niño, entre el autor y su doble, entre la memoria y la ficción, oculta una de las claves más profundas del poemario, pues de este modo se constata que el tiempo no es lineal, que las distintas edades de la vida coexisten en nosotros, que el niño asustado sigue ahí, dictando versos desde algún rincón de la conciencia.
Si hay un poema que condensa la tensión histórica y biográfica de Mettini, ese es “Revolución. Junio de 1955”. El autor evoca el bombardeo de la Plaza de Mayo, durante la llamada Revolución Libertadora, desde la perspectiva de un niño encerrado con su madre, esperando el regreso del padre que trabajaba en el Departamento de Policía. El frío del invierno porteño, las noticias que llegan desde Uruguay a través de Radio Colonia, la incertidumbre y el miedo: todo se fija en el poema con precisión casi cinematográfica. Y el final –“pronto los tres formaríamos parte del bando de los vencidos”– nos confronta con una herida que el tiempo no ha cerrado del todo, con un desclasamiento o una derrota política que marcó a toda una generación de argentinos. La convulsión política se cuenta desde la mirada de un niño que no termina de entender lo que sucede, envuelto en la luz amarilla de una vidriera, y esa mirada habla con más elocuencia que cualquier crónica periodística.
La infancia aparece en el poemario como una época de miedos y de refugios. En “Limo de blancas sábanas”, el niño se sumerge en el mar de las sábanas para escapar de los ogros y dragones exteriores. Pero el poema da un giro inquietante cuando el adulto confiesa que ahora los monstruos viven dentro, diseminados por el cuerpo, ocultos en la mente. Esa evolución del miedo, que pasa de lo externo a lo interno, del ogro que acecha desde fuera a la angustia que habita en el yo, marca uno de los ejes temáticos más poderosos del libro. Mettini no idealiza la infancia ni la convierte en un paraíso perdido: la muestra como un territorio de vulnerabilidad, pero también de una extraña plenitud sensorial. Por ejemplo, el “mar seco, líquido amniótico” que lo acunaba remite al origen, a la protección absoluta, en contraste con la intemperie del mundo adulto.
«Escribimos para luchar contra el olvido, para conjurar el paso demoledor de los relojes, para tender puentes sobre el abismo del tiempo.»
El amor y la pérdida se reúnen en poemas como “Se cortó la hebra de plata”, dedicado a una mujer llamada Elba, a quien vemos bailar tango con medias de cristal, para después asistir a su deterioro mental y a su muerte. La imagen de la media que se corre, que pierde la costura, funciona como una metáfora de la mente que se deshilacha. Y el poema dedicado al suicidio de la madre del autor, “Ya no bailamos el vals”, alcanza una dureza extraordinaria: “Te dejaste caer entre los rieles, / a dormir entre los durmientes. / El golpe que no oí, el tren de carga / contra tu cuerpo, resuena / en mi cabeza cada día, / no como piedra que cae al lago / con ondas concéntricas, / sino como un martillo / partiendo una sandía, seco, / hueco, puntual”. La crudeza de la imagen final, lejos de cualquier esteticismo, transmite la violencia del recuerdo y la imposibilidad de superar totalmente el duelo. Mettini evita el lirismo fácil, pues no hay metáforas consoladoras ni trascendencias religiosas. El cuerpo de su madre yace en un nicho “adornado con flores de plástico”, mientras los sepultureros beben mate y “cantan tangos en voz baja”. El poema representa el duro contraste entre lo sagrado y lo cotidiano, entre el dolor de la muerte y la vida que sigue su curso.
Pero no todo provoca dolor en Asomado al pasado. Hay espacio para la celebración de los amigos, como en el extenso poema “La huella de la amistad”, que recorre varias décadas en la vida del autor, desde las calles del barrio de Gracia en Barcelona hasta los crepúsculos junto al mar en Canarias. También se defiende la risa como herencia familiar y como actitud ante la vida, pues el poema “Mi risa” actúa como un contrapunto luminoso frente a las zonas más oscuras del libro, en clave de autoparodia lúdica: “Agradezco la herencia / de este rico legado / recibido al nacer. / Mi risa me permite / burlarme, parodiarme / y hacerme más feliz. / Y ahora, usted perdone, / quiero seguir riendo”. Este final, casi en tono de conversación, revela a un poeta que no se toma a sí mismo demasiado en serio, que entiende la literatura como un juego y la ironía como la manera más sabia de asumir el peso de la existencia.
La conciencia del tiempo se intensifica a medida que avanzamos en el libro. “El río que fluye” parte de una metáfora aprendida en la infancia —el tiempo como río— para constatar que “20 años no es nada”, como dice el famoso tango, y que las aguas transparentes se enturbian mientras el mar espera con la promesa del descanso. Y en “Camino de espaldas”, el autor confiesa que no puede volver atrás, pero que camina de espaldas para apresar las visiones que se han escapado. Esta imagen condensa la paradoja del poeta: avanzar hacia el futuro mientras dirige su mirada hacia lo que queda atrás. La posición al caminar de espaldas parece arriesgada y casi absurda, pero se trata de la única manera de no perder de vista lo que se ama.
Uno de los aciertos mayores del poemario consiste en capacidad para reflexionar a partir de lo cotidiano. En el poema “En su puerta, un cartel decía: zurcidora, tejedora”, el autor recuerda a Vitorina, una vecina que desde su ventana se masajeaba el cuello con crema mientras él, joven y lleno de brío, subía y bajaba escaleras, nadaba y hacía el amor. Ahora, desde la madurez, es él quien se masajea la piel abotargada mientras un chico joven lo mira con benévola indulgencia. El poema funciona como un juego de espejos temporal, una meditación sobre la juventud y la vejez, sobre la mirada del otro y sobre cómo nos convertimos, sin pretenderlo, en el recuerdo de alguien. La estructura circular del poema —el poeta miraba a Vitorina y ahora el joven lo mira a él— plantea una continuidad generacional que no resulta idílica: en cada uno de estos momentos hay una soledad, una distancia que la mirada no salva del todo.
También resulta muy significativo el poema “De segunda mano”, en que el autor se compara con una serie de objetos usados e inútiles: un viejo disco rayado de Pink Floyd, camisas desgastadas, un radiocasete que ya no funciona, un libro al que le faltan páginas, una estatua romana decapitada. A pesar de todo, concluye: “pero, aun siendo inservible, / me siento tan feliz / que exijo para mí / una existencia plena”. Estos versos reivindican la dignidad de lo viejo, de lo que ha vivido y muestra las marcas del uso, frente a la tiranía de lo nuevo, de lo impoluto, de lo que aún no ha conocido el desgaste. No se trata de una queja ni un lamento, sino una afirmación de derechos: el derecho a seguir existiendo, a seguir siendo útil a su manera, a no ser desechado.
El exilio, el desarraigo y la construcción de una identidad múltiple atraviesan el libro de principio a fin. Mettini, que nació en Buenos Aires, vivió más de treinta años en Barcelona y reside ahora en Gran Canaria, sabe bien lo que significa pertenecer a varios lugares y a ninguno del todo. “Mar del Plata – Gran Canaria” establece un diálogo entre dos orillas, dos océanos, dos etapas de la vida. Y el poema final, “Cuando ya no esté”, recoge una suerte de testamento poético en que el autor se despide de sus lectores y amigos de forma anticipada: “Llamadme Rubén, como siempre, / y no digáis que fui. / No uséis acentos sombríos / para nombrarme”. Y el autor finaliza su despedida con esta cordial advertencia: “Si leéis un poema escrito por mí mano, / un pájaro aleteará en sus versos, / soy yo que viene a vuestro encuentro / y os acaricia con un tacto ligerísimo”. Se defiende aquí una concepción de la poesía como obstinada pervivencia, como improbable resurrección, como presencia más allá de la desaparición física del sujeto.
Mención aparte merece el poema “Traghetto Sorrento-Capri”, en que el autor reflexiona sobre el azar y las decisiones que determinan una vida. Contemplando una foto de unos amigos en un vapor que cruza de Sorrento a Capri, Mettini se pregunta si una llamada no atendida, una carta sin respuesta, un tren no tomado, pueden cambiar un destino. “Somos juguetes frágiles en manos del azar”, concluye. Y añade: “Si hubiese viajado en ese barco / quizás nunca habría escrito este poema”. Esta conciencia de lo contingente, de que nuestra vida se crea a partir de innumerables bifurcaciones no tomadas, impregna el libro de una melancolía lúcida, libre de resentimiento, pero también de una gratitud hacia el pasado. No se trata de una queja por lo que pudo ser y no fue, sino la aceptación de que cada paso cierra unas puertas y abre otras, sin que tenga sentido lamentarse por las que se quedaron cerradas.
Pero quizás lo más conmovedor del libro se encuentra en la constatación de que, a pesar de todo, la vida merece la pena. En “Evocar para dar vida”, el autor repasa una galería de personajes familiares y concluye: “Nunca se van del todo mientras los recuerde. / Cuando muera esa inmensidad / de gestos y seres se perderá, / como se pierde casi todo”. Este “casi” resulta esencial, pues la poesía crea un lugar en que no todo se pierde, en que algo queda, en que la memoria encuentra un soporte que la sostiene más allá de la vida de quien recuerda. Ese “casi” marca la pequeña victoria del poeta sobre la muerte.
De hecho, Asomado al pasado finaliza con una imagen de resurrección y permanencia. En el poema “Cuando ya no esté”, el autor pide a los demás que no lo lloren, que sigan con sus risas, que citen sus absurdos aforismos, que se disfracen y hagan teatro. Y afirma: “Viví muchos años y me enriquecí de experiencias. / Hubo mucha vida en mi vida, como me gustaba decir. / No planté árboles, ni tuve hijos / pero escribí muchos libros / y amé y sufrí y también fui feliz / ¿Qué más podría pedir?”. Este “qué más podría pedir”, dicho sin énfasis, casi con naturalidad, resume la actitud de un hombre que mira al pasado sin autoengaño, que acepta las heridas y las pérdidas, pero que también sabe gozar de los instantes de luz, de la amistad, del amor, de la palabra. Y esa palabra, que ahora nos llega en este libro, constituye su herencia más valiosa: una invitación a asomarnos con él al pasado, a reconocernos en sus miedos y en sus alegrías, a sentir que, de algún modo, también nosotros formamos parte de esa “inmensidad de gestos y seres” que la poesía rescata del olvido.
Los lectores y lectoras quedan invitados a recorrer estas páginas, a dejarse llevar por esa voz que sabe ser a la vez íntima y universal, argentina y española, canaria y porteña, una voz que, como el río del poema, fluye hacia el mar mientras a su paso guarda las historias, los rostros, los sabores y los dolores de una vida intensamente vivida. Porque, en el fondo, se trata de vivir, de recordar, de contar. Y Rubén Mettini lo hace con un aplomo que no necesita aspavientos, con una honestidad que desarma, con la sabiduría que otorga el tiempo cuando se ha prestado atención a sus lecciones. Bienvenidos, pues, a Asomado al pasado. Que la lectura sea para cada uno y cada una también el acto de asomarse a su propio pasado y quizás –¿por qué no? – el de reconocerse en los versos de este poeta que, desde su isla, nos tiende la mano.
Ramiro Rosón
Escritor y crítico literario
Nota editorial
Este texto fue escrito por Ramiro Rosón con motivo de la presentación de Asomado al pasado, de Rubén Mettini. La Revista Literaria GAFE lo publica por su interés como lectura crítica de la obra.
