Arroz con leche, de Pablo Sergio Alemán Falcón

El arroz con leche es de esos postres que pueden reflejarse en nuestra vida.

El arroz con leche es de esos postres que pueden reflejarse en nuestra vida. Y es que, para comprenderlo, cabe decir que es de esos platos que hay que saber cocinar ya que es un postre muy delicado por el equilibro que debe haber entre sus ingredientes. Por ejemplo, el arroz ha de estar debidamente cocinado para que haya buena comunión con la leche, que también ha de ser de buena calidad. A todo esto, la canela y el limón, junto con algunos trucos, hacen la mezcla perfecta.

    De lo que hemos leído, debemos entender que los mejores reposteros tienen que tener uno de los grandes requisitos que, a día de hoy, es un lujo: Tiempo. Exacto, al tiempo solo pueden acceder pocas personas, pero comprenden que este postre exigente precisa de mucha paciencia y tiempo para llegar al equilibrio perfecto.

    Conozco a muchas personas que no les gusta el arroz con leche, pero no conozco a nadie que no reconozca a simple vista un postre como este hecho con equilibrio y tiempo. También existen los que les gusta el arroz con leche tal cual, como vengan y, ojo, no hablo de los intolerantes a la lactosa. Ante eso, les puedo asegurar que hay un antes y un después cuando se prueba un arroz con leche de verdad.

   Dicho esto, conozco entes que quieren vender un producto parecido al arroz con leche, pero que no lo es. Lo malo del negocio y de la finalidad de estos entes por vender arroz con leche es que carecen de una cosa que es esencial y que ya ustedes pueden saber por lo que estamos leyendo. Tiempo.

   Cuando se hace arroz con leche sin tiempo, el equilibrio es inexistente. O bien los granos se deshacen en un potaje ininteligible sin que el paladar puedan degustar su textura, o bien se quedan duros como toscos, siendo más un escollo que otra cosa, o bien la leche se queda como un líquido blanco sin sabor, sin fluidez, sin nada. En este proceso industrial los trucos que regala el tiempo brillan por su ausencia.

   Cuando se produce semejante mejunje, los entes realizan labores de persuasión para presentarlo como un producto sin igual. Puede que se les baje el precio, quedando como un artículo que viene bien a tu bolsillo; o también puede que se les ponga un recipiente que tiene una calidad muy superior a su interior, quedando más como una paradoja que un producto único. Es lo que nosotros llamamos la «buena prensa».

   Sucede entonces que no todos aceptan el arroz con leche barato y con una presentación brutal. Y es verdad que hay personas que aceptan este experimento como bueno. Lo aceptan y les encantan. Presumen de ello. Lo venden como si fuese la panacea del arroz con leche. Desdeñan y desprecian todo lo demás y dicen, «¡Yo me quedo con este arroz con leche!»

Hay personas que poseen tan buena prensa que hasta podemos pensar que lo otro no está «a la altura», aunque cumplan todas las expectativas en cuanto a calidad y tiempo.

   No obstante, hay otras muchas que no, que no se les vende, que no les entra por la cabeza. Hay personas que, sin probar el verdadero sabor del arroz con leche, saben que lo otro es una mierda pinchada en un palo de oro. Vamos, que no les engañan.

   Dentro de este grupo, y seguro que las conocemos, nos encontramos con personas que no solo han probado el buen arroz con leche sino que lo han cocinado. Incluso los hay que lo han intentado, a pesar de que el arroz con leche es un postre extremadamente exigente.

   Cuando a estas personas les dan de probar de este potaje, no solo piensan que es esto que indicamos sino que, además, es una broma pesada, un insulto al pasado, a la tradición, al tiempo y su equilibrio, una estafa, y, por lo tanto, es legítimo reclamar lo que es justo, y es que no se les cambie el tiempo por fachada; que, en definitiva, no se puede hacer arroz con leche de verdad sin tiempo.

  Después de esto, ¿se puede entender que el arroz con leche es de esos postres que se reflejan en muchos aspectos de nuestras vidas?

1 thought on “Arroz con leche, de Pablo Sergio Alemán Falcón

  1. Son peligrosos los símiles culinarios en este entorno, cuídese de que no lo acusen de ser un hombre de Arcimboldo. Pero su adjetivísimo escrito me trajo a la mente un texto Zen, extremadamente apreciado por la gente de la generación Beatnik (Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Timothy Leary , etc…), me refiero al milenario Instrucciones al cocinero de un monasterio Zen. Lo extraordinario de este texto es que coincide con usted en que la diversidad de sabores y el correcto equilibrio de lo dulce, lo salado, lo amargo, lo ácido, lo soso (si lo soso, dice el maestro Zen) plena el plato, entiéndase: el sentido del gusto del comensal. La observación coincide también con las ideas de la moderna cocina de Fusión y experimental, que tanta gloria ha dado al arte culinario en España.
    Efectivamente, ser buen cocinero es algo que da el tiempo, leer por pasión y convicción, la investigación, la reflexión, la labor, amén del talento, que es un bien extremadamente escaso. Pero hay algo más, el amor por lo que se hace y la entrega a ese cumbre que nunca se termina de escalar. Vita brevis, ars longa decía el romano. Las carreras de este tipo son de largo aliento y basta un solo verso para que el autor se sepa que se ha alcanzado en la boca el sabor perfecto.
    Termino con la reflexión elemental de decir que la gente en su interior puede ser que no sepa lo que sabe un Champagne exquisito, pero lo reconocerá como extremadamente bueno cuando lo pruebe; y si sabe, sin que nadie lo informe, lo que sabe más bien a heces, y de eso en el ambiente cultural donde campean tantos intereses especialmente políticos, se abunda con una parafernalia ensordecedora de autobombo y de favores cruzados.

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