«44 Momentos», de Berbel; por Angélica Guzmán Reque

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Angélica Guzmán Reque nos acerca a la obra ’44 momentos’ , de la escritora de Canarias, Berbel (Colección de Microficción Femenina Breves y contundentes, Editora BGR)

Seamos agradecidos con las personas que nos hacen felices; ellos son los encantadores jardineros que hace florecer nuestra alma”

Marcel Proust

Es un libro titulado 44 Momentos y cada momento tiene un título. Reflexiones que son parte de todo ser humano que vive, piensa y siente, solo la felicidad de vivir y sentir cada instante de vida. Aunque el tiempo, tu tiempo se agote, pero los instantes vividos se van hilvanando en una gran cadena de vivencias, tropezones quizá, pero hay más amaneceres luminosos: “Sigo en la busca y captura de momentos felices, apreciando la belleza de las cosas sencillas, hablando con los muertos igual que con los vivos, metiéndome en berenjenales y en estudios diversos. Voy encontrando un montón de libros, un montón de estanterías, una biblioteca entera, mil bibliotecas sin fin. El tiempo se desliza entre hojas, renglones y textos maravillosos que forman los capítulos de la vida. Escribir y leer son los milagros. / Escribe lo que quieras pero lee, lee siempre, lee, lee.”

La autora solo firma con su apellido Berbel, y es una persona agradecida con esos pequeños, grandes momentos que nos recuerda el paso por la vida, tejida o zurcida de hebras diversas, pueden ser multicolores y darle mayor vistosidad al tejido final. Lo importantes es darle color y simpatía: “Ay, los abrazos y los besos cada día están más caros, pero yo soy muy derrochona y generosa con toda esta humanidad, me gusta ser generosa y colmarme de honores y virus, como una tonta cualquiera. No leí ningún periódico porque sé que, los muy puñeteros, me iban a pintar un panorama poco recomendable.

Hay momentos en que nada parece llamarnos la atención, ni siquiera fingir que estamos bien. Solamente se anhela el bienestar que, bien puede ser en la propia soledad o la propia compañía, estorba la voz de alguien, estorba la bulla escuchada lejos.

Momentos en que se anhela la soledad amigable: “¡Ni se te ocurra disertar y atragantarme las neuronas con toda clase de argumentos imposibles sobre el bien y el mal, de lo que se debe o no se debe hacer! / ¡¡¡Por favor, déjame suicidarme en paz!!!”.

El saberse agradecidos con los seres queridos que, casi nunca se menciona, y es tan importante porque una sola palabra hará que, aquellas personas se sientan importantes y útiles en la vida. Tantos años vividos y soñados y, pasan la vida como seres invisibles e ignorados: “Yo sé que a ustedes les pasará lo mismo, la única diferencia es que yo lo he podido escribir y se lo leo medió cortada, medio rebelde, medio idiota, para oírle decir a esta mujer grande de 96 años, con la fortaleza de un roble, con la sonrisa de un amanecer, con el cariño de siempre: “¡Qué cosas tienes, mi niña!”.”

La vida transcurre y el tiempo gira en sentido contrario a las manecillas del reloj se aceleran para unos y se detienen para otros. Todo cambia, se transforma, dejando siempre una interrogación que llena de sorpresa y de duda, pero el cariño no cambia, el amor sublime jamás se deteriora: “Distinta, sí, una nieta distinta al río, a la selva, a las gacelas, al atardecer, a los árboles, a los animales salvajes. Distinta a todo, pero aquí, aquí cerca, en el centro del corazón de mi vida.

La comprensión de dos seres, se pueden dar en la mirada, en la actitud, en el amor que resume en el atisbo esquivo o profundo, pero no se produce entre golpes, gritos o quejidos, porque la buena comunicación es el amor que fluye de ambas partes: “A nadie, a nadie podría haber mirado que no fuera a mí. Él debía saber que en mí podía contar con toda la confianza del planeta, con toda la dedicación exclusiva del mundo, con toda la atención del universo que necesitaba que… ¡qué lástima que solo hablara en Inglés y que yo no tuviera la intención de aprenderlo nunca!”

La incomprensión de los hijos , la feroz lucha que se implanta entre dos seres que , una vez estuvieron unidas por el cordón umbilical y, sin saber cómo, ni porqué, ese vínculo se rompe, no hay comunicación posible, pese a seguir esa pequeña, como intrascendente palabra ¡Mamá!, que no parece significar nada, sin embargo es una palabra que encierra ternura, unidad, amor: “Me dice: “¡Mamá!” y se me caen todos los techos del mundo, se me secan los océanos, se me inundan los desiertos y me pierdo en los abismos de mis emociones solo con una palabra suya, que nunca bastará para sanarme. Me dice: “¡Mamá!” y desearía vivir mil años para seguir viéndola en mis ojos y sentir cuánto la quiero. / Sí, es mi hija y es pelirroja como la que más.”

Hay voces inconfundibles, no solo por la sonoridad o el ritmo que es contagiante, sino el embrujo de algunas voces que llegan, de manera milagrosa, al corazón, al alma y dejan la sublimidad sobrenatural. No importa el tiempo, la edad, el lugar, pero son voces inmortales, no para todos, pero sí, para ciertos corazones dispuestos para ritmos especiales: “La vida está llena de cosas extrañas y otras extraordinarias. “Y el eco adormecido de este lamento, hace que esté presente en mi soñar”, estos amores mágicos que nos llenan el corazón de ansiedad y el alma “del eco de la pena de estar sin tí” son del cielo, como nosotros mismos. /Oyendo las canciones de Nat, me vienen los recuerdos antiguos y todos los amores del planeta desfilan ante mi imaginación cantando estribillos gloriosos: “Ansiedad, ansiedad…”

Cuidar la naturaleza que solo observa nuestros pasos que avanzan avasalladoramente, sin mirar que cada brizna de vida se asoma por entre el cemento duro, por entre la pared que aprisiona, solo se inclina avergonzada y se resigna cuando una mano perversa la sacude y la extirpa de su hogar, la tierra: “Dibujadas formas verdes nos observan desde el suelo, calladamente se inclinan ante nuestros pasos estúpidos y torpes e hipócritamente miran para otro lado. Están preparándose, como todo hijo de vecino, para la guerra nuclear que ya no tiene remedio. / Los indicios de vida saben de nuestras miserias y se atreven a beber cada gota de agua de lluvia para dejarnos a esta humanidad cretina totalmente seca y moribunda.”

Cuántas veces no apreciamos la forma del cuerpo que permite la movilización, menos cada una de las que conforman el organismo humano, aquellas que se usan a diario y jamás se advierte la necesidad y la urgencia de cada una de ellas. Sin pensar que, si no estuvieran seríamos indefensos, inútiles, anormales: “Las manos de mi madre para tirar por ellas y ayudarlas hoy a sentirse seguras al lado mío, (…), que las caricias son gratuitas, que plancharles los puños de las camisas a mi padre, ya pasaron a mejor vida, que ni un buen bastón le bastan para sentirse tan altivas como antes. /Ay, estas manos que son, en el fondo de todos los fondos, de la conciencia, del respeto, de la gratitud. Estas manos que son más mías que de mi propia madre y más hechas a mi medida que a la suya.”

El agradecimiento a la vida debe ser constante y oportuna, La teoría y enseñanza del escritor y conferencista indio, Deepak Chopra, de temática Nueva Era, nos dice: La gratitud abre la puerta al poder, a la sabiduría y a la creatividad del universo. Tú abres la puerta a través de la gratitud”.

Equipo de Redacción

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