3 microrrelatos de Arturo Prado Lima

Estos tres relatos cortos hacen parte del libro “La rubia de Hamburgo y otros relatos elementales” publicado por Alicia Rosell – Ediciones. Los tres hacen parte de una serie que trata, de una u otra manera, sobre los inmigrantes en la Alemania después de la Revolución de las Bananas (Caída del Muro).

La sombra de Cortázar

Hernán fue uno de los que logró huir de la cacería pinochetista de los años setenta. Era un cineasta en ciernes por entonces. Se afincó en la Alemania Oriental.

Una tarde, pasada ya la euforia de la caída del Muro, pasando el puente Humboldthafen Brucke, sobre el río Spree, se encontró de frente con la sombra de Julio Cortázar. Pasó de largo la sombra, larga, barbada, y algo como un saxofón en los largos brazos. Iba de prisa la sombra, persiguiendo a algún perseguidor de sombras…

Hernán quiso seguir a la sombra, pero se enredó en un mar de confusiones. El dramatismo del acontecimiento lo anonadó. Debió filmar, ya que llevaba una cámara, y de las buenas. Llegó a casa espantado.

Su mujer, una hermosa rubia de 24 años, camarera profesional, era la protagonista unánime de las películas de Hernán. Cuando lo vio llegar, tratando de hallarse a sí mismo y hablando de la sombra de Cortázar en el puente, ella supo que su viejo (Hernán tenía por entonces 75 años) era el loco más maravilloso que había conocido y conocerá jamás.

Entonces, en silencio, ya a la madrugada, ella empezó a dar forma al personaje de la sombra, aunque no pudo comprender muy bien el papel de los perseguidores de sombras. Lo abrazó entre la noche y el día, expectante, dulce, húmeda: si te mueres antes de hacer esta película, le dijo, te mato.


Hay un lugar en el mundo donde no existe el mundo

En la primera estación del Metro, después del aeropuerto Tegel de Berlín, una mujer rubia, de ojos irreales, muslos imposibles y piel de alguna divinidad extraviada en la memoria de la humanidad, se prende a los labios de su hombre. Lo ciñe por el cuello. Él resbala sus manos por las pendientes y llanuras verticales de la piel, atiza los volcanes lácteos con silenciosas plegarias de fuego. Las manos descienden a la cintura, a las caderas del tiempo, al origen de la humanidad y, con la velocidad de la nostalgia en ciernes, le sube la minifalda azul a la cintura.

Ella suelta un lamento feliz que se da de bruces contra los anteojos, los avisos publicitarios y los rieles del tren, y se pierde por la oscura profundidad de los túneles del Metro… Hay un sitio en el mundo donde existe el mundo.

Dos turcas, con atuendos turcos, escandalizadas y creyéndola víctima de una dicha ciega, intentan llamar a la policía para que vengue a la mujer de aquella súbita misericordia de la carne.

Mi amigo, el pintor colombo-brasileño que me acompaña, les arranca el teléfono móvil de las manos y pide apoyo a los curiosos para expulsar a las turcas de la estación del tren: «no se puede permitir que a estas alturas de la vida las turcas aún le tengan miedo a la desnudez», grita.

Fuera de la estación, en la calle, llueve a mares, pero los viajeros, y nosotros, preferimos cargar sus maletas y escoltar a las turcas hasta la próxima estación.


Danza y antirracismo en Berlín

La fiesta está en su fulgor en los patios del Theaterhaus Mitte am Koppenplatz, donde hemos leído poemas, bailado y cantado con motivo del Festival Mundial de la Cultura de Berlín. Hay vino y cerveza para todos. Él trata de tomar la mano de la mujer que se sienta a su lado y parece ser su esposa. Quiere imaginar su antigua ternura. Es una mujer rubia, del porte de ella misma, de espaldas anónimas y cintura de alambre. En sus manos antes vivía una manada de cisnes.

Un negro argelino la invita a bailar y ella se muestra diestra en una cumbia colombiana que sale por las ventanas y se riega por las calles del viejo Berlín. El esposo, rubicundo y alto, interrumpe a la pareja que baila a toda prueba, para ofrecerle a su esposa un cubo de queso parmesano ensartado en un palillo. Ella lo rechaza con ojos, boca, nariz y cuerpo completo, sin decir nada.

En seguida es el esposo quien la invita a bailar. Ella no puede negarse, la sorprendió con la guardia baja. Entonces el negro argelino toma otro cubito de queso parmesano e interrumpe el baile de la pareja para ofrecérselo a ella. Se lo acerca a sus labios carnosos, suculentos. Ella recibe el queso entre sus dientes, esquivando los labios para no despintarse el rojo ciruela, lo degusta hasta el límite, y le agradece a gritos, para que todo el mundo la oiga.

En un silencio entre dos canciones, el esposo le pide una explicación a la que parece ser su esposa.

“Es muy simple”, dice ella, “las alemanas no somos racistas”.

Arturo Prado Lima

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